Escritos mestizos: ‘El sueño del jaguar’ y ‘Me llevo el fuego’

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
“Con ecos de García Márquez y Mutis, junto a la sensualidad colorista de un Jorge Amado, pero con el mestizaje de fabulosas lecturas, un estilo propio y soberbio, un lenguaje de vigoroso y febril ritmo épico…”. Una definición así te lleva enseguida a pensar en una historia que transcurre en algún país de América del sur, contada con el tono de algún incierto realismo mágico, donde todo es posible que ocurra. Y, sí, en efecto, como escribe Mercedes Monmany en Abc Cultural en la reseña del libro, en El sueño del jaguar todo puede ocurrir, desde que “un pingüino recalara en las costas de Maracaibo”, hasta que “los espíritus de las familias `descendieran desde alturas mesiánicas´ para seguir aconsejando a sus herederos”, o que “en las mazmorras del Castillo de San Carlos de Isla Margarita donde el pirata Morgan había negociado un rescate a cambio de dieciséis cañones se siguiera torturando tres siglos después a opositores de las distintas e interminables dictaduras venezolanas”, y todo ello con el comienzo en el que “un niño abandonado en las escaleras de una Iglesia más tarde diera nombre a aquella misma calle”. Todo esto pasa en la novela con la que el escritor francés Miguel Bonnefoy, de padre chileno y madre venezolana, ganó el premio de la Academia Francesa. Una historia donde narra sus orígenes entre América y Europa.

Bonnefoy, que también es noticia para el suplemento Abril esta semana, entrevistado por Inés Martín Rodrigo, explica que el objetivo de su novela era el de narrar una saga familiar, la suya, pero traduciendo esa memoria “en un sistema de metáforas, de alegorías, de imágenes, una especie de música un poco más universal, menos singular, algo que tenga ecos en el corazón de otros lectores”, pues de no hacerlo su historia no tendría mucho interés para nadie.
Para escribirla volvió la vista hacia sus orígenes para contarlos envueltos en un aire entre mágico y fantástico e históricamente muy realista, inspirándose tanto en leyendas familiares como en personajes existidos, con seres visionarios de una tenacidad ciega y locuras tan intensas que un día fundaban universidades y pequeños hospitales en la costa caribeña y otro luchaban ardientemente por amores difíciles, explica Monmany.
Cuenta en la entrevista el propio Bonnefoy que realizó tantas búsquedas sobre la historia del siglo XX venezolano con el fin de que todo encajara y “darle lo que Gustave Flaubert llamaba el efecto real”, que llegó un momento en que se sintió un poco inundado por tantas cifras, nombres, tratados y momentos, y la guerra aquí y allá, que temió estar haciendo una especie de geografía de la historia política venezolana que no pensaba que tuviera mucho interés a nivel novelesco: “Mi trabajo –explica– fue el de peinar lo más posible esa melena para conseguir los elementos que verdaderamente estaban al servicio de la novela, y no solamente para yo dármelas del que sabe de la historia venezolana”.
El valor de lo mestizo
Hijo de un exiliado de la dictadura de Pinochet en Chile, el autor francés no se considera a sí mismo como tal: “Soy un mestizo, he tenido el pie en los dos continentes toda mi vida, así que me siento más bien como un equilibrista que está en su cuerda tratando de no caerse y al mismo tiempo siendo alimentado por los dos. Mi padre fue un refugiado político de la dictadura y yo crecí con un hombre que hablaba de Chile como Ulises hablaba de Ítaca, pensando en un retorno heroico e imaginando un Chile que ya no existía, embellecido por la distancia y por el tiempo”.
Hoy, el hijo de aquel exiliado que soñaba con volver a su país, el escritor francés reconocido dice sentirse orgulloso de no tener un solo hogar: “Por un lado, me siento profundamente venezolano, es mi país, es mi lengua, es el lugar donde crecí, donde tuve mis primeras emociones, pero soy también chileno, siento una gran conexión con ese país, conozco bien su historia. Obviamente, me siento francés… “; y además lleva casi 13 años viviendo con una danesa y sus hijas son danesas.
Este mestizaje lo ha hecho como escritor, un “escritor errante” como se autodenomina en la entrevista: “Muchos otros escritores tienen varias nacionalidades, varias lenguas que circulan de tradición en tradición, de cultura en cultura y nos termina enriqueciendo eso. Y pienso, además, que el mestizaje es uno de los caminos positivos que debe tomar la humanidad para mejorarse”.
Me llevaré el fuego. Leila Slimani

Como escritora errante podríamos definir también a la franco-marroquí Leila Slimani, nacida en Rabat y residente en París desde los 18 años. Acaba de publicarse en España su última novela, Me llevaré el fuego, tercera entrega de El país de los otros, su trilogía de rasgos autobiográficos que une a una historia colectiva. El núcleo argumental, que transcurre en el Marruecos de los últimos ochenta años, se centra en la evolución, las ambiciones, triunfos y caídas de la saga Belhach, explica en la reseña del libro Lourdes Ventura, en El Cultural, con el que Slimani confirma, “una admirable madurez creadora”. Recordemos que la escritora franco-marroquí fue Premio Goncourt en 2016 con su novela Canción dulce.
Volviendo sobre su trilogía, en la primera entrega, Guerra, guerra, guerra, conocíamos la historia del patriarca de la saga, un militar del ejército francés durante la II Guerra Mundial y su esposa, una alsaciana, luchando para cultivar sus tierras en tiempos de los levantamientos anticoloniales marroquíes. Sus hijos, Aicha y Selim, en los años 60 y 70, representarán el cambio producido en un Marruecos ya más cosmopolita, pero con miserias ignoradas por las clases más altas. En el segundo libro, Miradnos bailar, ambos jóvenes ponen rostro a la nueva y más moderna sociedad marroquí con su propias contradicciones: avances sociales por un lado y la represión política de los llamados “años de plomo” por otro, tras un intento de asesinato del rey en 1971.
En esta entrega que cierra la serie, Me llevo el fuego, los personajes centrales serán las nietas, hijas de Aicha, nacidas en los 80, y educadas en colegios franceses y que apenas entienden el árabe clásico. A estos personajes principales los acompañan otros que ya conocimos en las novelas anteriores, conformando de este modo, según la reseñista “la polifonía de voces que la escritora franco-marroquí crea con matices y verdad. Las dos hermanas buscan su identidad en la nueva era de la globalización, viajando a París y a Londres, como su descentrado tío Selim hizo al instalarse en Nueva York. Desarraigadas de sus orígenes, Mia, con una brillante carrera en las finanzas, reivindica fuera de Marruecos su homosexualidad e Inés estudia medicina, pero trata de aclarar su vida sexual”. Ambas se sienten entre dos mundos, marcadas por la huida de un Marruecos que no avanza lo suficiente con la amenaza fundamentalista, y la necesidad de pertenencia: “Slimani dibuja sin paños calientes el panorama sociopolítico del Marruecos de las últimas décadas, los silencios y sobrentendidos en las familias, el camuflaje de la verdad”, escribe Ventura, que considera que esta última entrega, además de ser un final magistral, es la “más fluida y arriesgada en la forma”, en la que “ratifica la vivacidad de su potencia narrativa y la sutileza y verdad de sus construcciones psicológicas”.
Insomnio literatio

En su última novela, Las buenas noches, Isaac Rosa incide en su gusto “por sacarle punta a las convenciones”. Lo hizo con la primera, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! Lo confirmó con El país del miedo, y con “ la revulsiva mirada al ámbito laboral de su obra más cuajada, La mano invisible. Algo semejante hace en Las buenas noches, donde adjudica al insomnio una inédita amplitud de sentido”. Es la tesis que expone Santos Sanz Villanueva en la reseña que ha escrito de la novela de Isaac Rosa para El Cultural.
En Las buenas noches se habla de quienes tienen dificultades para dormir utilizando una trama “imaginativa, original y arriesgada por llevar la anécdota al límite de la verosimilitud”. La historia cuenta la historia de dos insomnes, un hombre y una mujer que se encuentran en el vestíbulo de un hotel, ambos desvelados, que se van a dar un paseo. De vuelta, deciden compartir cama y logran dormirse. Tal remedio los llevará a seguir haciéndolo, lo de compartir cama, para combatir el insomnio, y ya no solo por la noche, sino como recurso a cualquier hora y en diversos lugares. “Siempre sin mediación de estímulo erótico alguno. Siempre buscando, y consiguiendo, solo dormir”, para aclaración del lector.
A partir de ahí, surge “una historia de amor blanco que llega a alcanzar notable intensidad emocional”, pues “la sensación de soledad que comparten los castos durmientes y su angustia al temer el fin de la experiencia provocan la confesión general de ambos. Así emerge su vida privada, familiar y profesional”, explica Sanz Villanueva.
Los personajes van contando más de su vida privada, enquistadas desavenencias conyugales, detalles de sus actividades profesionales… Así, el autor “retuerce el cuello al insomnio y lo utiliza como expediente para plasmar un panorama de diversos aspectos de la vida contemporánea. La falsedad que sostiene el matrimonio ocupa un lugar destacado. La situación de la cultura y la lectura, también. Las condiciones laborales y el azote de la precariedad encuentran un buen espacio”, nos cuenta el reseñista. Y todo ello se encaja en un discurso severo y de énfasis retórico al que las ironías sobre pintorescas terapias para curar la dolencia ponen un contrapunto divertido, a la vez que es una especie de crónica de actualidad sobre una vida moderna no satisfactoria y un descontento con el modo de estar en el mundo. “La ansiedad es un estado colectivo, que, en la mirada política de Isaac Rosa, se debe a condicionantes sociales”, concluye el crítico. Esa ansiedad que a tantas personas les impide conciliar el sueño.
E. Huilson
