Semanario Cultural

‘La sala’, una delirante novela francesa de Aira

Regresa César Aira a las librerías y lo hace desde París con una historia en la que hay un cine en el que solo ponen imágenes de cementerios y tumbas y un electricista desocupado que observa que en ese cine entran y salen constantemente jóvenes coreanos, lo que le lleva a preguntarse qué puede ocurrir allí dentro. La curiosidad terminará dejándolo atrapado en un negocio turbio de bandas juveniles y tráfico de drogas.

César Aira en 2024 (F: Cine y Literatura)

La sala. Una novela francesa, que ese es el título de la novela, fue originalmente escrita por Aira en francés, en 1996, según informa la editorial, y ahora traducida por el autor recuperando, “entre la nostalgia y la parodia, la atmósfera de las breves novelas que publicaba en esos años Éditions Minuit, entre ellas las de Marguerite Duras, que aquí hace más de una aparición espectral”.

La obra de Aira es prolífica y cuenta ya con un centenar largo de libros, pero no es sólo fecunda, “sino que cada uno de los libros –escribe Juan Marqués en La Lectura– de apariencia ligera muchas veces, comprimen un montón de información, carnaval y talento, aparte de un humor singularísimo volcado en historias disparatadas que pudieron ser reales o en historias muy cotidianas que pueden resultar delirantes”. 

Y la historia de La sala… no se queda atrás a la hora de presentar situaciones imaginativas, pues, como explica Sanz Villanueva en El Cultural, “remite más a la invención y al absurdo que a una copia realista, algo siempre esperable en Aira. El tono fantaseador se corrobora en otros sucesos incongruentes que el electricista va contando a partir de su adicción a aquel lugar dominado por imágenes sombrías y por el silencio”. Así, desfilan por la novela desde los jóvenes coreanos a un profesor de instituto ansioso de hacer carrera universitaria, que resulta un falsario que le encarga al electricista un trabajo sobre “Cine y vida”, y que revive en el operario en paro una vocación originaria de escritor. Para ello “deserta” de la clase obrera a la que pertenece, y en la nueva situación, “la febril imaginería de César Aira”, como la define el crítico, “va acumulando las anécdotas: la historia de su mujer (solo interesada en sacarle la pasta) e hijos, una aventura amorosa y relaciones con varios vecinos. Todo forma un conjunto disparatado de sucesos que se remata con su ocupación en la torre Eiffel para iluminarla en Año Nuevo”.

A través de esta extravagante historia, Aira va dejando “apuntes sobre la emigración, la raza, las clases sociales, el sexo, el matrimonio y la familia, el trabajo y el ocio, el tiempo y el cine. Además, la novela tiene una vertiente metaliteraria que divaga sobre el realismo y sobre la propia escritura narrativa”.

Es conocido, y elogiado, el espíritu transgresor, rupturista con la narración convencional de César Aira. Se aprecia también en La sala, todo un modelo de pura creatividad, “relato descoyuntado libre de los requisitos de la verosimilitud”. 

Ahora bien, este modelo literario le lleva al crítico a hacer la advertencia de que las obras literarias piden un destinatario concorde con su planteamiento formal, pues no es lo mismo el lector de un relato de siempre que el de un texto vanguardista; y de ahí deduce que esta novela “no es para todo el mundo. Solo quien comparta las premisas de César Aira, esos `lectores de lujo´, como los ha llamado, disfrutará con esta nouvelle lúdica y descabellada”. 

Aunque tratándose de Aira, y parafraseando aquel lúcido (y lúdico) artículo de Vila-Matas titulado “Aunque no entendamos nada” dedicado al Ulises de Joyce, animamos al lector del Patio a seguir las aventuras de este electricista francés en paro… aunque no lo entendamos del todo.

Duelo por Auster… y Siri

Siri Hustvedt (F: Storytel)

La escritora Siri Hustvedt compartió con el escritor Paul Auster cuarenta y tres años de matrimonio, le asistió durante su enfermedad, un cáncer de pulmón, y lo enterró la mañana del 3 de mayo de 2024. Esa misma noche, sola en su dormitorio, sintió una presencia entrando en la habitación: “en ese breve intervalo de éxtasis, supe exactamente donde estaba él”. Así lo ha escrito en Historias de fantasmas, una especie de memoria de su convivencia que se acaba de publicar en España y que reseña, para La Lectura, Alberto Gordo, reseña que inicia con esa declaración de Hustvedt. Ella cuenta que Auster le había expresado días antes su deseo de regresar del más allá y ver cómo se las arreglaba sola, y así lo anotó en su diario, él le había dicho querer “volver como fantasma”. 

Esta idea tan literaria del propio Auster alimenta “este memoir hondo y conmovedor que le dedica quien fuera su mujer (…) Si hay una idea que permea todo el ensayo es esa: cualquier autor permanece en sus libros, que son sus verdaderos `restos mortales´; una idea obvia, pero que se vuelve poderosa al incidir en ella”, escribe Gordo.

Auster estuvo casado antes con la escritora Lydia Davis, con la tuvo un hijo, Daniel, que murió a los 44 años estando en libertad condicional, pues fue acusado de la muerte accidental de su hija Ruby, un bebé de diez meses, a causa de una sobredosis de heroína y fentanilo. Hustvedt relata que “esta fue la gran tragedia en la vida de su marido y llega a sugerir que pudo contribuir a desencadenar su enfermedad. Recordar cuanto sufrió y denunciar el indecente tratamiento mediático del suceso le sirve también para homenajearlo”.

Escribe sobre Historias de fantasmas en La Lectura Marta Rebón poniendo el acento en la experiencia del duelo, “cuando el cuerpo todavía no ha aprendido que ya no está acompañado y repite rutinas ya sin sentido (…) El duelo no es solo por el que se va, sino por un `nosotros que ya no existe´ y por una parte del yo que `yace enterrada´en él”. 

En Abc Cultural, Carolina Ontivero escribe que Historias de fantasmas “es también la historia de amor de un matrimonio que encarnó durante décadas el ideal de la pareja literaria. Brillantes, exitosos y sumamente atractivos, parecían personificar además el encuentro de dos almas gemelas”. Apunta también que, aunque ella habla de “una conexión erótico-intelectual mantenida hasta el final con Auster (…) no todo fue armonía entre el hombre testarudo (Bartleby) y la mujer susceptible (la princesa del guisante), pero Hustvedt muestra cómo supieron reírse de sus diferencias y extender esa mirada cómica a su entorno. La misma voluntad de ligereza que marcó su relación se traslada al libro y marca el tono hasta en los momentos más difíciles” (en referencia a la muerte del hijo). Y concluye destacando el calado que el libro tiene “en la trayectoria de una gran autora. Debe leerse como la despedida ‘in bellezza’ a un escritor que deseaba que sus últimas palabras fueran un chiste”. Que pretendía regresar convertido en un fantasma.

Arca, una distopía cercana

Ricardo Menéndez Salmón en una imagen de 2012 (F: Hans Blumenberg/Wikipedia)

Hablábamos antes, en referencia a la última novela de Aira, de lectores exigentes y mira por donde la última que ha publicado Ricardo Menéndez Salmón, Arca, parece exigir también lectores que “no se arredren ante los desafíos notables que contiene, tanto de imaginación como de lenguaje”, escribe en su reseña del libro Pozuelo Yvancos para Abc Cultural. Como en otras novelas suyas, y esta, por cierto, le parece la mejor al crítico, hay un fondo filosófico: “En esta ocasión, desemboca en una glosa a la página que en Port Bou escribió Walter Benjamin sobre el Ángel de la Historia, poco antes de suicidarse cuando iba a ser apresado (por los nazis). A su ambición literaria y fondo filosófico suma ser una novela política, puesto que toda su reflexión y su edifico metafórico se edifica como distopía en el momento justo en que Venecia, epítome más noble de la civilización occidental, vendrá a caer, como cayeron antes Babilonia, Nínive o Jericó”. 

Los hechos que se cuentan, la distopía que describe, ocurren en un futuro muy cercano, en 2030, “si bien aparecen ya androides robotizados, tan herméticos como hermosos y un elenco de personajes variados, alguno muy original como el humanista lector Claudio Zaggia, tan agudo como enigmático; la pintora hebrea de origen húngaro Boglárka Réti, que será clave en el desarrollo final de la intriga, o la hermosa doctora Nora Visenti, psiquiatra del sanatorio donde está recluida la pintora judía”. 

En las conversaciones que transcurren en dicho sanatorio entre el protagonista y narrador con la doctora deberá encontrar el lector reminiscencias de aquellas que escribió en la Montaña mágica Thomas Mann en el ya mítico sanatorio de Davos entre Hans Castorp y Ludovico Settembrini: “Entre ellas, el tiempo y la muerte. También resultan soberbias las reflexiones sobre la imagen: `Toda imagen alberga una utopía alojada en el pasado´, ya que entre el instante capturado y el momento de su visión media un hiato de tiempo insalvable”.

De los espacios venecianos que se muestran en la novela, el principal es “un palazzo en la Giudecca, propiedad de un fondo de inversión holandés que contrata al protagonista para que dilucide la extraña desaparición de su último morador”. Y es importante, porque, como se dice en la reseña, “sirve al narrador como caja de resonancia de sus visiones, ya que el protagonista está dotado de la extraña cualidad de visitar el tiempo pasado”. 

Y es aquí donde se advierte al lector, pues “ha de entrar en un juego muy sofisticado, por momentos críptico, de capas visionarias donde toda racionalidad queda suspendida, y donde la función principal es la metonímica del dibujo, las pinturas y los objetos”.

Como apuntábamos, hay reflexiones sobre el Tiempo, la Historia, el Arte, así como sobre “el sentido mismo de la literatura que nos retrotraen a Kafka, también ‘El Aleph’ borgiano, y en política de la anticipación a un Orwell lúcidamente redivivo”. 

Y concluye Pozuelo Yvancos su crítica a modo de confesión: “Pocas novelas he leído en que haya sentido la necesidad de releer (y subrayar) párrafos enteros, maravillado ante su profunda agudeza discernidora de quiénes hemos sido, quiénes somos, también quizá quienes seremos en el cierre de toda esperanza, como anunció el can dantesco. Venecia, hermosa cumbre de nuestra civilización, merecía un epitafio como éste”. Advertencia que a la vez sirve para el lector que se tenga por “exigente”.

50 años de El País, (35 de Babelia)

Anda celebrando estos días El País su 50 aniversario, y este fin de semana pasado lo hace desde su suplemento de libros y artes, Babelia, título que se puso a dicho suplemento en 1991. Lo celebran con 50 entradas dedicadas a diferentes temas con el objetivo de “leer el último medio siglo” y ver “cómo hemos cambiado”. 

La primera de las entradas la dedican a la edición del libro sobre El Quijote del filólogo Francisco Rico, del que escriben que “era impensable, imposible que un producto filológico pudiera alcanzar semejante fama. Pero no fue una casualidad. Esa edición del Quijote reunió a los mejores cervantistas de tres generaciones: todas las voces, todos los saberes están armónicamente alojados y representados en notas, comentarios y apéndices. Aquello fue un Quijote para el futuro o para la eternidad (…) Tal empresa estaba guardada para Francisco Rico. la edición de la Biblioteca Clásica ha quedado en la cultura popular como “el Quijote de Rico”. Y que sea por muchos años.

En otra de estas breves entradas se habla de la novela de Roberto Bolaño Los detectives salvajes, cuya “lectura resulta inacabable e incontrolable porque la escritura se organiza como una forma de resistencia”. Recuerdan la entrada del diario que abre la novela de Roberto Bolaño, que dice: “He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral”. 

Y no podía faltar un recordatorio de Borges, en concreto de su muerte, “que ocurrió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la ciudad que tanto amó en su lejana adolescencia. Un mes antes de morir, habló por teléfono con su amigo Adolfo Bioy Casares y sus últimas palabras fueron: `No voy a volver nunca más´. En su diario, Bioy anota que Borges, quien de joven había escrito “yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”, lloraba”.

Atentos a la traducción

Sello de la ACE Traductores

Cerramos hoy este repaso particular a los suplementos haciéndonos eco de la noticia que el editor y traductor Enrique Murillo cuenta en su artículo en Abril: La asociación ACE Traductores ha creado un sello con el que distinguir la traducción hecha por un ser humano de aquellas que se ayudan de la IA, cada vez más frecuentes. Es una iniciativa dirigida a los editores y Murillo propone que pudiera “ampliarse esto a las librerías, donde cabría reservar una mesa de novedades a las traducciones que lleven ese sello: traducción humana, es decir, la que está hecha sin ninguna clase de ayudas de la IA”.

Después de hacer un repaso sobre la situación de precariedad de los traductores, sugiere que “los editores serios (quedan muchísimos en España, aunque en su mayoría sean pequeños) utilicen el distintivo ideado por esa asociación de traductores, y que las demás asociaciones españolas de escritores y traductores apoyen la idea, y que también lo hagan instituciones como CEDRO, donde se agrupan también los traductores, aunque no manden nada ahí dentro. O eso, o la narrativa y el ensayo traducidos acabarán siendo un trabalenguas”, advierte.

¡Nos adherimos!

E. Huilson

Un comentario en «‘La sala’, una delirante novela francesa de Aira»

  • De acuerdo con lo de los traductores. Aira,desde luego. Siri tambien y Menendez Salmón no se si atreverme…seguramente.
    Coño Doctore en menudo lio nos metemos.
    Ahora tova Mick Herron con las horas secretas…en traducción de Antonio Padillla.
    Salud, Mikel.

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