Despedida

Hoy queremos decir adiós desde este Patio a quien ha sido su, digámosle, guardián, dada su condición canina y ser ese un oficio habitual entre los suyos, aunque más que vigilar el Patio lo que hacía era observar con callada actitud cómo se iban elaborando sus virtuales páginas, y esperar, resignado, a que llegara el correspondiente momento del cierre para ser acompañado en sus regulares paseos. Tenía por nombre Zweig, muy apropiado para un Patio literario, y era conocido y apreciado por toda la vecindad (alguna vecina, en la confianza, hasta le decía Stefan cuando se lo encontraba).
La enfermedad, y la edad, que no era poca, se lo llevaron y hoy el Patio está un tanto desangelado. Pasará mucho tiempo hasta que su imagen paciente, divertida tantas veces, se borre de nuestras páginas.
Hoy le recordamos con algunos versos que don Miguel de Unamuno dedicó a la muerte del suyo:
La quietud sujetó con recia mano
al pobre perro inquieto,
y para siempre
fiel se acostó en su madre
piadosa tierra.
Sus ojos mansos
no clavará en los míos
con la tristeza de faltarle el habla;
no lamerá mi mano
ni en mi regazo su cabeza fina
reposará.
Esos “ojos mansos” que a Guillermo, poeta del Patio, le lleva al borde del silencioso abismo:
Cuando mi perro me mira,
me enfrento con el abismo
intransitable y feroz
de poder sentir lo mismo
pero no escuchar su voz
Lord Byron, que acompañó a su perro enfermo de rabia hasta que ya no hubo esperanza, le escribió un epitafio que bien se le puede aplicar a nuestro Zweig, pues, como el del poeta,
poseía Belleza sin Vanidad,
Fuerza sin Insolencia,
valor sin ferocidad,
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
Por eso merece, como pedía Neruda para el suyo, aunque no creía en el que esperaba a los humano, tener su propio cielo:
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.
Confiemos nosotros en este trance en haber cumplido al menos con el mandato que nos impusimos cuando llegó a nuestro lado: ¡Seamos los mejores amigos del perro!
Patio sin Red
