¿Una romanza aquí? No, no y no

Alessandro Lanari se había quedado, como se dice vulgarmente, compuesto y sin novio. O también, con la brocha en la mano y alguien le había quitado la escalera. Lanari, empresario operístico del Teatro della Canobbiana de Milán, tenía en cartel una ópera para estrenar en pocas semanas. Pero el autor no daba señales de vida, el público esperaba impaciente un nuevo estreno y el empresario veía comprometido su prestigio presente y futuro. Como siempre ocurre en estos casos, hay que recurrir a los mejores para que te saquen del apuro. Y el empresario llamó a Gaetano Donizetti. Tenía que componer una ópera en dos semanas. Aquel reto supuso para Donizerti y su libretista, Felice Romani, una verdadera convulsión.

¿Qué hacer? Versionar una ópera francesa, estrenada en 1830 en París y que llevaba por título Le philtre. La letra era de Eugène Scribe y la música la había compuesto Daniel François Aubert. La trama era bien sencilla: un charlatán se dedica a engañar a los pobres campesinos analfabetos, vendiéndoles una pócima, capaz de engendrar amor donde solo hay indiferencia. Ellos o ellas despertarán su apetito amoroso ingiriendo el brebaje.
Músico y libretista se pusieron manos a la obra sin un minuto que perder. Cada uno con una misión concreta. La ópera se llamaría L’ elisir d’ amore. Todo marchaba según el calendario previsto, cuando Romani recibió un encargo de Donizetti: al final del segundo acto (la obra sólo tenía dos), concretamente en la octava escena, cuando todo se resuelve y la alegría anida en los corazones de los protagonistas, Nemoreno, el joven campesino que, desde el principio, ha sido despechado por la rica hacendada Adina, se da cuenta de que el elixir ha surtido efecto y que ella le ama de verdad. La materialización de ese amor es una furtiva lágrima que se desliza por las mejillas de ella. Es un amor tan puro y verdadero que la hace llorar de alegría. Y para ese momento, aquí te envío una romanza para que le pongas letra, le dijo Donizetti a Romani.

¿Una romanza a estas alturas de la obra? ¿Una melodía triste para un momento de dicha? De eso nada. No, no y no. Aquí tiene que ir un aria divertida, amable, triunfante, con mucho metal y notas agudas. Ésta fue la respuesta del letrista, que se negó, en principio, a participar en semejante bodrio.
La romanza descansaba desde hacía tiempo en uno de los cajones del escritorio donde Donizetti daba rienda suelta a su imaginación musical. Y decidió que el momento de la alegría de Nemorino al verse amado por Adina era el propicio para cantar la romanza. Es cierto que toda la partitura podía considerarse como una ópera bufa, una obra giocosa y que una romanza al final de la historia podría convertir la alegría en drama. Pero era su decisión y no se hable más.
Las romanza se introdujo en el libreto, la ópera se estrenó el 12 de mayo de 1832 y la romanza Una furtiva lacrima se ha convertido en una canción de culto, versionada por todo tenor que se precie. Es, seguramente, el referente más importante y popular de toda la historia de la ópera italiana.

Dos acotaciones a propósito: las dos últimas notas que interpreta el tenor, no estaban en la partitura original de Donizetti. Enrico Caruso, cuando interpretó por primera vez la obra, introdujo esta variación porque pensó que así quedaba mejor. Gustó tanto la iniciativa del tenor italiano, que todos siguieron su estela y copiaron el final. Y así se sigue interpretando a día de hoy.
Y la segunda. El 20 de septiembre de 1869, Julián Gayarre, el legendario tenor navarro, cantaba L’elisir d’amore en Varese; era su debut en Italia. Poco antes de salir a cantar Una furtiva lagrima recibió un telegrama en el que se le comunicaba la muerte de su madre. Cuentan las crónicas que cantó con más dulzura y emoción que nunca.
Gabriel Sánchez
El tenor operístico neozelandés Pene Pati (Samoa, 1987) interpreta Una furtiva lacrima. Con la Orquesta Nacional de Burdeos Aquitania bajo la batuta del director de orquesta francés Emmanuel Villaume:

Preciosa