Semanario Cultural

‘El banquete’ de Muriel Spark: elegante (y siniestra) prosa

Después de tantas semanas resumiendo reseñas de novelas en esta particular lectura de suplementos culturales, uno va, sin quererlo, poniendo interés más en unos críticos que en otros, aunque solo sea por cierta afinidad literaria. En ese muy reducido grupo de críticos de los que uno espera con interés su última recomendación se encuentra el escritor Rodrigo Fresán, que reseña para el Abc Cultural novedades principalmente de escritores/as anglosajones. Esta semana lo hace de una novela de Muriel Spark, El banquete, publicada en 1990 y que ahora reedita en España Blackie Books. Trata de la celebración, en una elegante casa londinense, de un refinado banquete al que asisten ocho invitados que hablan de arte, de política y de viajes. Se podría decir que la velada es impecable, si no fuera por la ausencia de una invitada, Hilda Damien, que se retrasa más de lo previsto y que nunca llegará a la cita, porque mientras ellos brindan con champán, ella está siendo asesinada. Leemos en la sinopsis del libro: “Viudas adineradas, matrimonios abiertos, un gurú que viste como una estrella de la psicodelia, robos, muertes y monjas comunistas. El banquete desmonta los modales de la alta sociedad londinense para revelar lo que se oculta bajo el mantel. Pero ¿quién querría estropear una cena perfecta?”

Muriel Spark (F: Escaramuza)

Sitúa Fresán a la escritora de Edimburgo en ese grupo de “normales-raras británicas (como Iris Murdoch, Penelope Fitzgerald o Elizabeth Taylor), que parecen escribir sentadas a la mesa de una tradición por el sólo placer de experimentar pateando el tablero de lo establecido cuando menos se lo espera. Lo de Spark –como bien lo definió Time– es el fino arte de la ‘elegancia siniestra’ y la práctica de la comedia-satírica más perturbadora con, en ocasiones, un dejo de la Patricia Highsmith más graciosa”.

Los personajes –escribe Fresán–, son todos muy desagradables, no se fían de nadie, pero, a la vez, son “imposibles de ignorar y de disfrutar desde afuera por el lector, quien, a su manera, es un invitado más. Y todos conversan entre ellos para así poder practicar lo que más les apasiona: el monólogo”. Todos hablan, pero casi nadie escucha porque están muy concentrados en lo que dirán. Se dijo en su día de Spark que no había escritor vivo que manejase mejor “la tensión entre la formalidad de lo que se expresa y lo subversivo de lo que se piensa con mayor elegancia”. Y, sí, Spark es eso, exactamente esto, viene a corroborar el crítico.

El misterio en la novela lo pone un asesinato cometido lejos de allí y la víctima es alguien a quien se esperaba más tarde y quien ya no llegará, “pero –y esto es lo magistral– este es un misterio que se investiga como escrito por una Agatha Christie bajo la influencia del opio”. Un thriller, finalmente, donde no importan tanto los sospechosos como lo insospechado de sus dichos y comportamientos que son observados a través de una sucesión de declarativos ‘flashbacks’. Y así, asistimos a la revelación de oscuros secretos susurrados alrededor de la teoría y práctica de las leyes fuera de la ley del matrimonio y del divorcio y de la herencia. 

Islandia, el matrimonio roto de Manuel Vilas

Manuel Vilas (Nines Mínguez/Instituto Cervantes)

No tan divertida (¿o quise escribir “atractiva”?) parece la última novela de Manuel Vilas. Vilas “consiguió” en 2019 ser finalista del Premio Planeta con su novela Alegría que no tuvo sin embargo mucho éxito de crítica. “Monótona”, “da la impresión de ya leída”, fueron algunas de las opiniones que la crítica le dedicó. Vilas había alcanzado cierto éxito un año antes con Ordesa, lo que sin duda animó al grupo Planeta a premiarle como finalista junto al flamante ganador de ese año, Javier Cercas (con Terra Alta). De Alegría se dijo que tenía momentos de “buena factura literaria”, aunque venía a constatar la irregularidad de un escritor que lo es no sólo entre distintas novelas sino en cada una de ellas. Algo así se repite ahora con su recién publicada Islandia, crónica de una separación matrimonial (la suya propia) llevada con dolor, contada por un narrador que aparece como un hombre desesperado. Su esposa le ha dicho que ya no está enamorada de él. Su matrimonio se ha roto. A partir de ahí llega el lamento, la narración.

En la reseña de la novela que firma Nadal Suau en Babelia el reseñista sostiene que el “estilo es plano y reiterativo (no en vano, el narrador declara que ni el estilo literario ni una guerra mundial le importan al hombre que ha perdido a su mujer), la mitad de las anécdotas que desflora, banales, y sus caídas en el ridículo, abundantes, con esos pasajes de escritor español obsesionado con los premios y el éxito y ser famoso, con esas pullas seguidas de cabriolas auto-conmiserativas”. Y por todo ello, argumenta Suau, “a Islandia no la podemos eximir de caer en el ridículo”, lo que no impide que al mismo tiempo se señale el buen ritmo de la novela: “es lo que queda de literario. No es mucho. El ritmo arrastra y rescata lo ridículo, si es que lo rescata. Logra, si es que lo logra, que las nimiedades tediosas no parezcan tediosas, aunque te sigas preguntando qué demonios haces leyéndolas”. Estamos, según el crítico, ante “un libro un poco loco, entre desvergonzado y desnudo, cursi de morirse y manipulador, pero escrito desde una fe incuestionable en la escritura, y quizá lo más parecido al sentimentalismo post-postmoderno reivindicado por David Foster Wallace que cabe esperar de España, o al menos de una generación de tristes, tristes hombres españoles”.

Indiscreciones literarias

Esa irregularidad de Vilas como escritor de novelas también la señala en su reseña para La Lectura Juan Marqués. Vilas, escribe, “anda componiendo una de las obras literarias más personales, genuinas, liberadas y reconocibles de estos últimos años, aunque también una de las más espectacularmente irregulares. A veces un gran rey, a veces un bufón”. Irregularidad que se aprecia tanto entre unas obras y otras, como dentro de cada una: “El justamente celebradísimo Ordesa contenía, por ejemplo, unas pocas páginas sonrojantes sobre santa Teresa de Jesús, y eso es algo que sucede también en Islandia: considerar a Freud ‘el filósofo más importante de todos los siglos’ puede ser una humorada justificada por el contexto, pero creo que desbarra en otras páginas de revelaciones, ajustes de cuentas o reproducción de wasaps privados”. Y sobre esto último, ofrece a continuación el crítico una reflexión que nos deja un poco con la mosca tras la oreja. “Porque, aunque la literatura no ha de ser moral –escribe Marqués–, la literatura ha de ser solo literatura, es fácil entender que hay límites que pasan no solo por los que impone el Código Penal sino por el mandato elemental de no hacer daño a aquellos a quienes queremos. Se pude defender el impudor, pero no la indiscreción (…) Cuidado con lo que se dice de los demás o con lo que se revela de ellos, incluso aunque cuente con su permiso”. Ese permiso sería supuestamente el que le abría otorgado su ex-mujer, la también escritora Ana Merino, al autor de Islandia para expresar todo su dolor por verse abandonado, aunque no quede del todo claro.

Un espía novato de misión en Cádiz

William Boyd (F: University of Oxford / Eamonn McCabe)

La luna de Gabriel es el título de la última novela de William Boyd, en la que se cuenta la historia de un reportero y escritor de viajes al que el MI6 (el servicio de inteligencia exterior británico) le encarga una misión aparentemente sencilla en Cádiz que luego se irá complicando. Como saben sus degustadores, la novela de espías es un género que “permite abordar temas consustanciales al género humano a un tiempo morales y mórbidamente atractivos –¿por qué mentimos o traicionamos?, ¿cuánto podemos llegar a mutar de identidad?, ¿qué estamos dispuestos a sacrificar?, ¿qué es perdonable?, ¿va antes la sangre o la patria?”, y además está hecha de intriga, tensión y acción, “cepos para el lector”. Es un género en el que han destacado escritores británicos de renombre que han realizado inmersiones en la novela de espionaje con la idea de darle una vuelta de tuerca (Graham Greene, Somerset Maugham, Kingsley Amis, Muriel Spark…).

Con esta reflexión sobre el género abre su reseña de la novela Antonio Lozano en Cultura/s. Explica que Boyd, admirador de Ian Fleming, ya había demostrado su competencia en el género en Sin respiro y en cierto modo en el thriller Tormentas cotidianas. Precisamente, según cuenta, “La luna de Gabriel nace de la confluencia de esta querencia por el individuo superado por las circunstancias y el marco del espionaje, aunque, precisando aún más, entraría en la subcategoría del ‘tonto útil’, es decir, las historias centradas en alguien a priori fácilmente manipulable (el que no se entera de nada) por organismos opacos, un peón al que marear y explotar”. Ese “tonto útil” es el papel que juega en la novela Gabriel Dax, el reportero al que el presidente del recién descolonizado Congo belga le cuenta que tratan de asesinarlo varias potencias extranjeras. Dax lo publica y provocará que lo contacte una mujer del MI6 para ofrecerle una misión aparentemente sencilla en Cádiz, trabajo que acepta “empujado por el dinero fácil y la fascinación que le provoca esa misteriosa nueva jefa”.

La misión no será tan sencilla y “lo que arrancó como un juego va escalando en complejidad, turbiedad y amenazas (más destinos y encargos de riesgo creciente, más confusión, el hechizo por la espía, enigmática y misteriosa, quita más horas de sueño…), leemos en la reseña: “¿Cómo su tranquila y anodina existencia había dado aquel brusco giro?”, se pregunta Gabriel en un momento del libro. “¿Cómo saldrá de esta, si consigue hacerlo?”, se pregunta por su parte el lector. 

Para darle una mayor complejidad a su carácter, Boyd reviste al personaje de una preocupación más íntima y existencialista que averiguar el sentido de su temeraria emulación de James Bond: “desentrañar la verdad detrás del incendio del hogar que acabó con la vida de su madre cuando era niño, con cuya culpa carga a la manera de un héroe trágico. Esto permite al autor tendernos en el diván del psicoanalista para hacernos reflexionar sobre la necesidad de eliminar recuerdos falsos de cara a que emerja una liberadora memoria real”, concluye Lozano. 

                                                                                                       E. Huilson

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