Semanario Cultural

Olga Tokarczuk viaja a la montaña mágica en ‘Tierra de empusas’

Las novelas de la escritora polaca Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura 2018, han tenido en España en general una buena acogida, especialmente Los errantes (premio Man Booker Internacional) y Los libros de Jacob, cuya traducción llegó a las librerías españolas hace dos años, tras la publicación en su país en 2014. Se ha dicho de esta novela que habría influido de manera determinante en el jurado que le concedió el Nobel. Es una narración deslumbrante basada en la vida de Jacob Frank, un judío que defendía las transgresión y lo orgiástico, proponiéndose como un nuevo Mesías, que posteriormente se convirtió al Islam y, reuniendo a un importante número de seguidores, termina animándoles a abrazar el cristianismo. 

Olga Tokarczuk en la Feria del Libro de Fráncfort 2019 (F: Harald Krichel)

Pero dejemos a Jakob Frank en sus iluminaciones y viajemos a la ceremonia de entrega del premio Nobel, a donde nos lleva la crítica de La Lectura, Marta Rebón, en la reseña de la última novela de la escritora, Tierra de empusas. En esa ceremonia, recuerda Rebón, Tokarczuk habló de su anhelo por crear un nuevo tipo de narrador que denominó “la cuarta persona”, una forma de ver y comprender abarcando “la perspectiva de cada uno de los personajes, además de tener la capacidad de traspasar el horizonte de cada uno de ellos (…) y de poder ignorar el tiempo”. Ese narrador privilegiado que lo observaría todo en todas partes al mismo tiempo, abarcando no solo el presente, sino también el pasado que cae por la pendiente del olvido y todos los posibles futuros. Y se pregunta: ¿Qué supone enfrentarnos a una historia de la mano de un narrador así? “Verlo todo significa reconocer que todas las cosas que existen están mutuamente conectadas en un todo único, aunque no conozcamos sus conexiones”, añadía. Ese narrador, pues, conlleva una ética de la mirada, un “tipo completamente distinto de responsabilidad”, de modo que en el lector “se activa una sensación de conjunto, que pone en marcha su capacidad (…) para descubrir constelaciones enteras en las pequeñas partículas de los acontecimientos”. 

Según la reseñista, esa declaración de intenciones la ha hecho realidad en esta última novela, Tierra de empusas. Y esa “cuarta persona” sería aquí un “nosotras” panteísta que mira a un grupo de hombres en un balneario en el que discuten a menudo y solo se ponen de acuerdo en su misoginia. “No hay mujeres en la historia de la literatura”, concluyen, “como tampoco las hay en la ciencia”. A modo de guía, para ir entendiendo la historia, en una Nota del autor, Tokarczuk explica que las opiniones de los hombres de la pensión donde transcurre la historia han sido parafraseadas de una lista de escritores canónicos, que van desde Ovidio hasta Kerouac.

Dialogando con Thomas Mann

Thomas Mann (Letras Libres)

Cualquier novela centroeuropea sobre un sanatorio entra automáticamente en conversación con La montaña mágica, la epopeya de Thomas Mann sobre el tiempo suspendido, en la que su protagonista, Hans Castorp, visita a su primo tuberculoso, residente en un sanatorio de los Alpes. Y más aún ocurre si quien escribe esa novela tiene a Mann como escritor referencial, y ese es el caso de Tokarczuk. En Tierra de empusas hay un balneario donde un joven va a curarse de la tuberculosis que padece, aunque no se pase tantos años allí como ocurrió con Hans Castorp.

El Cultural reproduce la reseña de la novela que Hari Kunzu realizó para el New York Times, en la que hace el siguiente resumen del argumento: Estamos en 1913, a punto de comenzar la Primera Guerra Mundial. Wojnicz, un estudiante tímido y enfermizo, llega a un balneario en un pueblo de montaña silesio en la actual Polonia para curarse de tuberculosis. Se hospeda en la Pensión para Caballeros, cerca del enorme sanatorio de ladrillo rojo donde será tratado. Los demás huéspedes son de procedencia muy diversa y tienen puntos de vista y opiniones políticas diferentes: un tradicionalista católico, un místico teósofo y un humanista socialista. Al poco tiempo de llegar a la pensión aparece muerta la esposa del dueño, ahorcada. No parece muy afectado el marido, que esa noche se une a sus invitados para la cena, durante la cual la conversación gira sobre el tamaño más reducido del cerebro femenino y la posibilidad de que las mujeres no sean humanas del todo, meras imitadoras de la comunicación inteligente de los hombres. 

En la novela se narra también una historia de terror popular: cada año, alrededor de la primera luna llena de noviembre, despedazan a un hombre, a veces a dos, en el bosque. Se desconoce el motivo, pero, como descubre Wojnicz, el bosque es un vecino extraño e inquietante, una fuerza de oscuridad y sinrazón que oprime el blanco mundo clínico del sanatorio. Wojnicz y el resto de inquilinos de la pensión consumen demasiado Schwärmerei, un misterioso licor que tiene como uno de sus ingredientes setas mágicas recogidas en el bosque, y, “a medida que Wojnicz introduce el bosque en su cuerpo, se acerca cada vez más al horror oculto tras la frágil apariencia de civilización masculina. Se convierte en un miembro de bajo estatus de una manada, empujado a comer manjares locales morbosamente desagradables, como un plato de fideos hecho a base de gusanos, y obligado a escuchar a sus compañeros pontificar sin cesar sobre la superioridad masculina”.  En esta “elegante y genuinamente inquietante novela de Tokarczuk” –así la califica Kunzu– las líneas de batalla son dos. Las posturas políticas de los hombres de la pensión son irrelevantes, pues lo único que cuenta es el conflicto entre el brutal supremacismo masculino y una energía forestal femenina implacable, múltiple, caótica e igual de violenta, concluye. Y esto lo hace, como explica Rebón, desde ese “nosotras” que aparece envuelto de mitología clásica, de folclore popular y leyendas arcanas.

Nota: Hablando del narrador, y a cuento de lo que dijo Tokarczuk en su discurso de Estocolmo, es siempre muy recomendable que actuemos como lectores activos, hacerle preguntas al texto que leemos o acabamos de leer. Por ejemplo, sobre la figura del narrador, cuya voz no debemos confundir con la del escritor, puede sernos útil preguntarnos sobre quién nos está contando la historia, si es un personaje que forma parte de la acción o no (un observador ajeno a ella) o, si forma parte de ella, si es el protagonista o un personaje secundario ese narrador. También sobre cuánto sabe de la historia que cuenta, y si es fiable, pues en no pocas ocasiones encontramos narradores que no lo son, por locos, iluminados o mentirosos, narradores con una visión sesgada o parcial de los hechos que nos trasladan y de los propios personajes.

El fascinante bosque literario de María Fasce

María Fasce (F: Jeosm/Zenda)

Cuenta Karina Sainz Borgo de la escritora argentina María Fasce, a la que entrevista para Abc Cultural, que su primera novela fue publicada antes por la editorial francesa Gallimard que por Planeta en español. A ésa siguieron otras cinco. Ahora, María Fasce es noticia porque la última que ha escrito, El final del bosque, resultó ganadora del Premio Café Gijón 2024, lo que la tiene entretenida en la promoción del libro de su labor de editora. Porque Fasce es, además de escritora y traductora, una de las editoras más importantes en lengua española, como nos recuerda la entrevistadora: “fichó al John Banville que fue Benjamin Black, descubrió a Lucia Berlin, catapultó a Joël Dicker a la fama y compró los derechos de Elena Ferrante”. Trabaja para grupo Penguin Random House al frente de los sellos Lumen, Alfaguara Negra y Reservoir Books. Un oficio al que ha dedicado la vida entera, según sus palabras. Oficio para el que parece venía dotada desde pequeña: “A los tres años ya sabía leer y a los diez había dado cuenta de Sobre héroes y tumbas” (la novela de Sábato). Trabajó para Emecé, la mítica editorial de Borges y Bioy Casares. Traducía, edita profesionalmente y a la par escribe novelas. 

Explica en la entrevista que para escribir una historia necesita que le “parta la cabeza. Que sea urgente escribirla, porque, si no lo hago, se me van a salir las vísceras”. Como le ocurrió con El final del bosque, que surgió de una pesadilla: “tres hermanos están en un bosque, se asoman a la ventana y ven a un hombre muerto en la calle. Saben, intuyen, que uno de los tres lo mató. Fue terrible”. Los del sueño eran sus hermanos y ella misma, por lo que se puso manos a la obra para escribir una historia fiel a la impresión del sueño. Resultado, “una historia de suspense que amplía el mecanismo de la intriga hacia territorios más oscuros y profundos. Lola, una mujer que trabaja como editora en Madrid regresa a Argentina para pasar una temporada junto a sus dos hermanos en una casa rural, en medio de un bosque que se revelará como metáfora y realidad. La locura, la ambigüedad, los afectos familiares y el silencio tejen una tupida malla de sentimientos y silencios”.

Explica Fasce que ella no busca hablar sobre ningún tema, tampoco de la locura, un asunto que atraviesa la novela: “Lo que yo busco es una historia (…) Los temas, eso lo decía Borges, van con uno. ¡Qué novela tan argentina escribiste!, me dicen algunos. Normal. Soy argentina. Ser argentino, ser mujer, hablar del amor, del ser humano es una fatalidad. Todo eso está ahí. Viene dado”.

El trabajar como editora, muy distinto al oficio de escritora, le sirve para conocer y evitar la ansiedad, pues ha visto como libros geniales no han tenido ni la venta, ni la repercusión, ni la crítica que merecían, aunque no siempre ocurre.

De los suplementos que repasamos en este espacio, en dos, El Cultural y La Lectura, se han publicado críticas elogiosas en números anteriores. En el primero, Sanz Villanueva, señalaba que “la riqueza humana de la historia, la narración fluida, enriquecida con generosos apuntes culturalistas y buenas pinceladas de humor, y el estilo de cuidada calidad se conjuntan y dan una novela reflexiva y seria a la vez que emotiva y amena”. En La Lectura, Juan Marqués, concluía que en El final del bosque “son muchas cosas las que sobrevuelan, y todas estimulantes (…) María Fasce sabía muy bien qué tipo de familia, y de relaciones, quería retratar y por qué, pero deja, con razón, mucho espacio para el lector, para las conjeturas y o la deducciones”. 

La cárcel como scriptorium

Daria Galateria (Fuente: RAI)

“Cuando fueron a detenerlo a su casa, Dostoievski venía de ultimar la edición de un periódico subversivo. Su crimen se limitaba a unas reuniones clandestinas y a la edición de esos panfletos, pero el zar Nicolás I, al leer un informe sobre la célula a la que pertenecía el escritor, dijo que, `aunque se limitasen a parlotear´, aquello constituía un crimen. Así que los condenaron a muerte. Mientras esperaba la ejecución en una celda de seis por tres, Dostoievski, según le escribió a su hermano, ideó tres historias cortas y dos novelas”. Con esas palabras, dignas del comienzo de una novela de ficción sobre un escritor en la Rusia zarista comienza una larga reseña de Alberto Gordo en El Cultural del libro de la ensayista italiana Daria Galateria Condenados a escribir. Escritores entre rejas. El libro recoge las transcripciones de unas lecturas que la profesora italiana, experta en memorias de escritores, hizo para un programa radiofónico de la RAI, en las que cuenta el paso por la cárcel de Dostoievski y otros cuarenta y dos escritores convictos que hacen buena la siguiente premisa: “En realidad, la vida entre rejas se parece bastante a la vida ante un escritorio”.

El autor de Crimen y castigo se libró de la ejecución en el último momento, pero ese instante ante el batallón de fusilamiento y el posterior exilio siberiano atraviesan su obra y “ambas vivencias pueden rastrearse en libros como Memorias de la casa muerta, crónica de sus ocho años en Siberia, o en Los hermanos Karamázov, que parte de un error judicial que le contaron en las letrinas. 

En la lista de escritores entre rejas aparecen unos que soportaron indudables injusticias, como las sufridas por Solzhenitsyn, Semprún o Wilde, y otros cuyas faltas sí fueron sancionadas por la historia, como es el caso de los colaboracionistas Céline o Brasillach”, a los que hay que añadir al poeta Ezra Pound, que terminó en un manicomio. Había sido denunciado por traición tras las furibundas arengas antisemitas en la radio durante la Segunda Guerra Mundial. Él se consideraba un buen americano y no entendía por qué la justicia y compatriotas como Hemingway la habían tomado con él, pues solo era contrario “a Roosevelt y a los judíos que lo apoyan”. 

De lo escrito por Galateria se deduce que algunos escritores encontraron en prisión un sitio tranquilo donde mejorar su productividad: “La cárcel es una escuela formidable”, escribió Curzio Malaparte, mientras, que el escritor alemán Heinrich von Kleist “que en los 34 años que vivió tuvo tiempo de convertirse en un clásico”, escribe Alberto Gordo, se topó con “la escenografía de La marquesa de O en la fortaleza militar donde estuvo recluido”. De Jean Genet cuenta que el aburrimiento en prisión fue el impulso necesario para empezar a escribir, y de Norman Mailer destaca su manía de pelearse con la policía a principios de los sesenta, cuando intentaba postularse para la alcaldía de Nueva York convencido de que, si le votaban las prostitutas y los mendigos, tradicionalmente abstencionistas, ganaría sin problemas. No salieron los planes como esperaba, pues un día, un agente, al intentar reducirlo para llevarlo al calabozo, le abrió la cabeza con una porra y, pocos días después, al término de la fiesta en que Mailer anunciaba su participación en la carrera electoral, hirió a su mujer con un cortaplumas, lo que le costó solo un día de cárcel. En 1967 fue de nuevo encerrado por participar en una marcha pacífica contra la guerra de Vietnam.

 
E. Huilson

Un comentario en «Olga Tokarczuk viaja a la montaña mágica en ‘Tierra de empusas’»

  • Mucho bosque polaco y argentino. Tremendos.
    El escritor… el narrador y sus puntos de vista… salud!

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