El fracaso de mi éxito: la literatura como negocio

La última novela del uruguayo Gervasio Posadas, El fracaso de mi éxito, tiene como protagonista a un escritor, de nombre Gonzalo Montenegro, que asiste impotente al declive de la popularidad que un día consiguió entre los lectores con su primer libro. El personaje, según resume en la reseña de la novela Elena Costa (El Cultural), después de años de aquel éxito y ya abandonada toda esperanza de triunfar en las letras con un libro de calidad, necesitado además de dinero, acepta una propuesta un tanto humillante: “ser el negro de una joven estrella del fútbol casi ágrafa, Jesús, y escribir su autobiografía a cambio de unos miles de euros que necesita con desesperación”. Paralelamente, Montenegro, divorciado, trata de acercarse a su hija, que nunca ha leído un libro de su padre y pasa el día pegada al móvil, para lo que se abre una cuenta en Instagram haciéndose pasar por un joven poeta, @gatopardo93 (aclarar que este escritor fracasado se identifica con el protagonista de El Gatopardo).

A partir de ahí, se suceden numerosos enredos de todo tipo, ocasionados por la avaricia del padre del futbolista y la vida sentimental de su hija… y, mira por dónde, el triunfo lo alcanza en las redes con su cuenta falsa ¡que se hace viral! La historia, en la que no faltan desde un taxista futbolero a un librero perseguido por Hacienda, “ofrece un retrato berlanguiano del mundillo literario con un personaje tan parecido al Príncipe de Salina que va `de derrota en derrota hasta alcanzar la gloria de las redes”. La novela es divertida y agria al mismo tiempo, según Costa: “Se trata de una apuesta cierta, entre bromas y certezas, por la literatura que no solo busca entretener sino remover conciencias, consciente de que, como dice uno de los personajes del libro, ni el talento verdadero se mide por las ventas, ni el éxito es igual al mérito”.
Éxito y/o calidad: el mercado manda

En su columna de esta semana, el crítico y editor Ignacio Echevarría aborda un tema espinoso del que se viene hablando en los últimos años y que tiene que ver con el predominio de voces femeninas en la ficción literaria en detrimento de obras de “hombres jóvenes blancos”. Esta expresión literal la recoge Echevarría de un artículo de opinión publicado a finales del pasado año en The New York Times en el que se hacía mención a su vez a un tuit de la novelista Joyce Carol Oates en el que contaba que un agente literario amigo suyo se lamentaba porque no conseguía que los editores leyeran “las primeras novelas de jóvenes escritores blancos, por muy buenas que sean”. Esto ocurría, venía a decir, porque en las últimas dos décadas, la ficción literaria se ha convertido en una actividad mayoritariamente femenina. Cada vez más, las novelas son escritas y leídas por mujeres. Y el negocio editorial lo sabe. Se ofrecen otros datos estadísticos de los que se deriva la exclusión del arquetipo de escritor del que hablamos, por ejemplo, en los premios literarios o en las listas de los libros más vendidos, o en la selección de las mejores obras del año. (Volveremos la próxima semana sobre ello pues el artículo de Echevarría tendrá una segunda entrega ahondando en las causas y consecuencias de este fenómeno).
Pero hemos querido traerlo a colación porque el artículo nos ha recordado algo de lo que hablan en su ensayo El fetiche y la pluma, sobre literatura y edición, las profesoras Hélène Ling e Inès Sol Salas: el anuncio de la prestigiosa editorial Gallimard de no aceptar nuevos manuscritos, y el lamento desde otra puntera editorial, Grasset, por recibir demasiados manuscritos por correo, por lo que era inabarcable su lectura y valoración. Es cierto que esto ocurrió coincidiendo con la pandemia, pero las autoras argumentan que ésta no hizo sino acelerar la superproducción de libros, aceptada desde hacía mucho tiempo por todos como una exigencia inevitable del mercado (de ello habla el ensayo, que tiene como subtítulo Literatura y edición en el capitalismo tardío). De las manifestaciones de ambas editoriales, lo que vienen a criticar es que están admitiendo “que ya no podían seguir haciendo lo que constituía la esencia de su trabajo: seleccionar y facilitar la aparición de voces nuevas en la escena pública”.

Una de las preguntas que se hacen en este ensayo es ¿en qué se convierte el escritor en este gran mercado literario? Y en la respuesta sentencian que, al igual que los editores, los críticos y los premios literarios, “los escritores están sometidos a las leyes del mercado, y sus obras también a los filtros del precio y la fábrica de valor. Y eso hace temer que pueda llegar un día que solo se pueda leer “lo que se vende”. Y se plantean una pregunta no baladí una vez que la Red ha irrumpido masivamente en la prescripción literaria: “¿Llegará la escritura al punto de ser una creación de los algoritmos que abra camino a una literatura androide?” Un joven youtuber quizá exclamaría: ¡la perspectiva mola!
Tras el apocalipsis, ¿regresará Don Quijote?
El ensayo aborda un futuro casi apocalíptico que ya estaría aquí, por otra parte, donde la sobreproducción de literatura ha acabado con la lógica evolutiva y discontinua que reorientaba y renovaba constantemente la memoria de las formas, como ocurría hasta mediados del siglo pasado.
No obstante, las autoras, en las conclusiones, no cierran la puerta a un futuro mejor o renovado, a un renacimiento de la literatura, no al modo de una resurrección, de un nuevo comienzo literal, “donde todo sería reescrito por las generaciones futuras, desde la epopeya al verso libre, pasando por el teatro, incluso en la forma del Quijote de Pierre Menard”; no, esa renovación adoptaría la forma de una variación infinita de las obras conocidas y desconocidas… porque, argumentan en un final poético, “el material literario es intemporal solo porque es propenso a la ausencia, a la destrucción, a la negación, y por ello es capaz de reaparecer en el juego de la memoria, de un modo nuevo, sobre un telón de fondo de caos. Entonces existiría una literatura aún insospechada, como la sustancia de épocas inimaginables del pasado, traducidas de lenguas completamente desconocidas y traídas al momento presente por pura casualidad”. ¡A que también mola!
Crítica a la crítica literaria

Más difícil es vislumbrar qué tipo de crítica, reseña o prescripción literaria se hará fuerte en ese incierto renacimiento. Hasta hace unas décadas, y en su definición más aséptica, por reseña de libros entendíamos esa forma breve de crítica literaria destinada a publicarse en medios impresos o digitales, bien generalistas o en sus suplementos semanales o en revistas temáticas. El reseñista ofrece en ocasiones una calificación para indicar su mérito y aproximar a los lectores hacia lo descrito, tras analizar el contenido y el estilo. La reseña a menudo contiene evaluaciones del libro basadas en el gusto individual, algo que parece inevitable ya que no se trata de una ciencia exacta, universal. Georg Lukács dejó escrito que, por lo general, para el escritor una “buena” crítica es aquella que lo elogia a él o censura a sus rivales y una “mala” crítica, es la que le reprocha algo a él o favorece a sus rivales.
Pero, como ya hemos dejado constancia en algunas entregas anteriores, este tipo de crítica tiene cada vez menos “influencia” mientras aumenta la de cientos de influencers que campan por la Red.
En otro tiempo, los críticos tenían gran influencia al destacar las cualidades de un libro e influir así en su aceptación (y ventas) entre el público lector, aunque no siempre el tiempo les diera luego la razón: muchas de sus recomendaciones como “obras maestras” cayeron en el más absoluto olvido, mientras que algunas novelas que fueron descalificadas se siguen hoy leyendo con devoción. Nadie es perfecto.
Reseñas para recordar
De estas últimas hay algunos ejemplos muy ilustrativos.

Se acababa de publicar Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, de la que se ha señalado que inauguraba el llamado realismo mágico. Pues bien, el crítico del Sunday Telegraph Jonathan Bate despachaba la novela con el siguiente comentario, bastante despectivo: “esperemos que no genere cien años de novelas sobreescritas, demasiado largas y sobrevaloradas como esta”.
O aquella otra sobre el Ulises de Joyce, de la que un crítico llegó a decir que descartaba todas las decencias elementales de la vida “y se recrea en cosas de las que se burlan los colegiales. Hay capítulos enteros sin ningún tipo de puntuación u otra guía que te indique a dónde quiere llegar el escritor. Dos tercios de ella son incoherentes, y los pasajes que están escritos de manera clara carecen de ingenio”.
Hay, en este retablo de errores “críticos”, de todos los tipos y de todos los medios, incluidos los más prestigiosos, como The New York Times, en cuyo suplemento dejó escrito la reseñista Judith Shulevitz sobre El Señor de los anillos, de Tolkien, “que era basura para adolescentes”, mientras en The Nation se podía leer: “Tolkien confía demasiado sobre la importancia de su misión como conservacionista literario, tanto que resulta ser la muerte para la literatura misma”.
Como paradigma del prestigio de una revista literaria se suele citar The New Yorker; pues bien, como muestra de que nadie está libre de echar un borrón, lean lo que se escribió de Matadero 5, de Kurt Vonnegut, novela que con el tiempo el New York Times incluiría entre los 100 libros mejores libros en inglés publicados desde 1923: “Las oraciones cortas y planas de las que se compone esta novela transmiten más conmoción y desesperación que la serie de hechos que narra. Aun así, la simplicidad deliberada es tan peligrosa como poseer un gran estilo, y Vonnegut ocasionalmente se desliza hacia lo fatuo”.
Y en este carrusel de despropósitos hemos dejado una perla para el final, ahora que se cumplen 100 años de su publicación. Hablamos de El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, de la que se pudo leer en la prensa norteamericana valoraciones como esta: “La nueva novela de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, no es más que una anécdota glorificada, y. encima, tampoco demasiado creíble …Es una historia sin importancia. Lo que le aflige, fundamentalmente, es el hecho de que es simplemente una historia en la que Fitzgerald parece estar mucho más interesado en mantener el suspense que en meterse debajo de la piel de sus personajes”. Sin comentarios.
O sí, un último comentario: esta semana, este resumen, que nunca es del todo un resumen, ha sido menos resumen por razones domésticas de desplazamientos programados, como ya ha ocurrido en alguna otra ocasión. Sirvan estas ocasiones para aprovechar a detenernos en el objeto final de estos resúmenes y que no es otro que observar de cerca a la crítica literaria haciendo su labor prescriptora.
E. Huilson
