Barquinero envía a ‘La chica más lista…’ a la Universidad

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
En estos resúmenes de críticas de libros (generalmente ficción) que vamos seleccionando de los suplementos culturales de cada semana y ofrecemos los lunes, resúmenes que reflejan sólo la visión particular de quien los hace, solemos tratar principalmente sobre novedades que, o bien quedan avaladas por buenas críticas y recomendaciones, o hay cierta expectativa entre el público lector por la promoción editorial, o han obtenido algún premio famoso quedando al escrutinio de la crítica, o por la posición que ocupa el/la autor/a en el mundo literario: consagrado, novel, generacional, comercial, de culto, etc.
Viene esto a cuento porque la novela con la que empezamos esta entrega tiene algunas de estas características: promoción editorial y críticas benévolas en las que se señalan tanto sus deficiencias como se ensalza la valentía y ambición de la autora en la apuesta literaria. Y también tiene algo de generacional.

Hablamos de La chica más lista que conozco, segunda novela de Sara Barquinero, que ya alcanzó cierto reconocimiento hace un par de años. Fue “un verdadero fenómeno literario” -escribe Santos Sanz Villanueva en El Cultural– con “la amazónica Los Escorpiones (que) se jaleó como una novela originalísima, innovadora y poco menos que revolucionaria. Es un libro meritorio, sin duda, aunque desigual”.
Sobre la nueva novela, La chica más lista que conozco, considera el crítico que Barquinero “ha querido poner remedio a su punto más débil, la dispersión argumental y su carácter de muñeca rusa narrativa. Ello no supone una ruptura con el espíritu del título anterior, con el que el nuevo guarda bastante relación. La chica más lista… es toda ella una novela de campus”, tema que ya abordaba en Tarde para nada, considerado como el mejor de los relatos de Los Escorpiones.
En su nueva obra, Barquinero pugna por conseguir “dar profundidad a una experiencia común y universal, nada menos que el amor, con el caso de Alicia, una chica universitaria de Valladolid que viene a la Complutense a estudiar Filosofía”, escribe en su reseña para Abc Cultural José María Pozuelo Yvancos, aunque a su juicio la novela termina siendo una lucha entre dos posibles. Primero, la intelectual, “desde la que compone una serie de citas (…) donde comparecen Platón, Sartre, Lévinas, Simone Weil, el Roland Barthes de los Fragmentos de un discurso amoroso, Bataille, Deleuze, Heiddeger o María Zambrano”, aunque ese discurso intelectual paralelo “penetra poco en la novela, queda en la superficie de ella”, lo que se debería, según el crítico, “a un afán de autenticidad, pues ese mundo ideal se ve trufado, engañado por ese otro mundo de menudencias a los que la novela se entrega”.
Una mirada poco convencional

Esa segunda opción la componen esas menudencias que más tiempo y espacio ocupan: el “pandilleo” de jóvenes con ligues, celos, avatares de aproximaciones y distancias de unas y de otros, y las luchas internas en los departamentos universitarios, “donde se refleja el modo actual de las relaciones de poder de profesores con becarios, de catedráticas con doctorandos y viejos maestros con nuevas aspirantes a ser sus elegidas”. Sobre este particular agradece el reseñista a la autora que no haya sido convencional en este terreno, pues lanza pullas notables a un sistema muy corrupto, como también lo es con “los supuestos feminismos y con una izquierda académica reproductora de los mismos vicios de siempre en los ámbitos del poder universitario”. Porque el caso que centra su atención es la relación erótica secreta de Alicia, la protagonista, con su profesor Juan Comala, que le dobla en edad. “Nada de Me too hay, antes bien la valentía de no hacer pasar por la ideología lo que es una necesidad de ser amada por parte de Alicia y las mil formas de fragilidad que el discurso amoroso impone, más allá de convenciones e ideologías, cuando además se mezcla con la valoración intelectual”, escribe Pozuelo Yvancos, y señala que lo que él denomina menudencias “favorece el tono de verdad y posiblemente el reconocimiento realista de tantas chicas y chicos, pero habría precisado de una combinación más sabia o mejor establecida narrativamente entre las capas de profundidad reflexiva y la pobreza que terminan siendo las tramas de asambleas, juntas de departamento, proyectos, tutorías, celos académicos y personales”.
Un novela de ideas, por un lado, y a la vez la historia de la fragilidad de una joven en el inicio de su amor que termina dejando a Zambrano, Barthes, Sartre… y demás “en la epidermis de una novela tan ambiciosa y noble como narrativamente mal resuelta al no casar bien las dos capas”.
En definitiva, como resume el crítico de El Cultural, Barquinero ha construido una novela “de ideas en la que el debate y la reflexión acerca de motivos intelectuales sustituyen al puro relato. La consabida novela de aprendizaje emprende, pues, vuelo hacia las altas cumbres del pensamiento teorético”, pero señala como deficiencias un exceso de “intríngulis académicos y también se marea mucho la perdiz de lo amores juveniles”, pero a la vez celebra su determinación “de hacer una obra personal y de arriesgarse a escribir fuera de los registros literarios y comerciales corrientes”.
Habla la autora: “Los ricos sienten pudor, los pobres sentimos vergüenza”
En La Lectura, en una entrevista que firma Andrés Seoane, Barquinero da algunas claves del proceso de creación de su novela, que surgió, dice, de “una incomodidad persistente” que sintió mientras hacía el doctorado. Esa incomodidad partió de una intuición sobre cómo se manifiestan jerarquías invisibles: “No se trata exactamente de dinero ni de talento, sino de algo más escurridizo: una seguridad heredada, una naturalidad para ocupar ciertos espacios. Ese capital cultural no siempre se aprende en los libros”. Opina que “quienes sí han crecido en esos entornos favorecidos muchas veces tienen el gusto, una relación con el arte, con el dinero, que gente como yo hemos aprendido a imitar”. Alicia, la protagonista, “observa ese mundo con mezcla de fascinación y ansiedad. Quiere integrarse, pero también teme ser descubierta como una impostora”.
En todo hay una grieta y por ella entra la luz

Así, con este largo título, “un argumento” en sí mismo, llega a las librerías la nueva novela de Patricio Pron. No decimos lo de que el título es un argumento por decir, que otras novelas anteriores del mismo autor no se quedaban atrás: El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia o aquel que reza La naturaleza secreta de las cosas de este mundo. Hace mención a ello de pasada Ascensión Rivas en El Cultural en la reseña de En todo hay una grieta… de la que dice le recuerda a la Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mallo, porque, a pesar de sus “notables diferencias”, comparten “una misma escritura hipnótica; una estructura caleidoscópica –y fractal–; la búsqueda de una obra total que no se agota en las palabras ni en las imágenes; la preocupación por el hombre y la naturaleza; la mezcla de tiempos; y una idea de Nueva York que se refleja en sus habitantes, en su paisaje provocador, en sus museos y en la indolencia que la tiraniza, encarnada para Pron en la estampa de un río insomne –tomada de un verso de Hart Crane– que se desliza bajo los arcos de un puente”.

En una Nueva York oscura, todavía conmocionada por la pandemia y bajo el espectro del nuevo autoritarismo de Trump, un escritor recibe el encargo de emprender la biografía de Benjamin Fondane, poeta y cineasta francés de origen rumano, testigo del surrealismo parisino, autor de una película maldita en Buenos Aires y asesinado en Auschwitz, leemos en la sinopsis del libro difundida por la editorial. Un proyecto de biografía que se interrumpe, y una novela en la que una enfermedad, un duelo y un acontecimiento devastador abren una grieta por la que se cuelan el pasado familiar, la desaparición de un paisaje, las ruinas del siglo y el recuerdo de un zorro cuya mirada reveló un don extraordinario a su abuelo inmigrante en Argentina.
Sostiene Rivas en su crítica que desde la perspectiva argumental esta novela “se configura como una historia de historias, una de las cuales se vertebra sobre la posibilidad de componer la semblanza de Fondane, leitmotiv de la narración”. De hecho, parece un trabajo confuso y desordenado, “pero nada más lejos de la verdad y de la clarividencia de su autor. En él encontramos el relato de una relación amorosa que lo cohesiona y que, como tantas que nos resultan familiares, desaparecen para volver a aparecer”. Y también se reflexiona sobre “el deterioro de la naturaleza, la crisis de las democracias occidentales en la actualidad y el papel del hombre en un mundo que avanza ciego y loco ¿hacia su autodestrucción?” Y concluye elogiando su “hibridez genérica, la intertextualidad y la profundidad”, componentes de una obra que “satisfará a lectores que no se conforman con lo obvio”. ¡Atentos!
Pasear con Robert Walser

Patricio Pron, que además de escritor es reseñista, firma la crítica en Babelia de un libro de otro escritor que también ejercía como crítico, Carl Seelig, el compañero de paseos de Robert Walser por Herisau durante los últimos veinte años de la vida del escritor suizo. Práctica, por cierto, a los que una irónica casualidad puso su sello, pues impidió que el último lo diera Walser acompañado. Seelig, cuenta Pron, tenía un perro, Ayax, que ese 25 de diciembre de 1956 estaba enfermo, por lo que decidió no acudir al paseo con Walser. “Al atardecer, Seelig recibió una llamada informándolo de que su amigo había muerto ese mediodía mientras hacía el paseo prometido, solo”.
Walser vivía desde 1929 en un hospital psiquiátrico, adonde había llegado porque escuchaba voces y allí entró en contacto epistolar con Seelig, interesado en la obra del escritor. Para hacernos una idea de cómo fue esa amistad y del carácter de Walser escribe Pron: “De los sentimientos de su protagonista hacia Seelig —inevitablemente— sabemos incluso menos después de leer este Paseos con Robert Walser, que regresa por fin a las librerías españolas. Walser solía cerrarse en banda, podía ser brutalmente hosco y —por lo general— no tenía ninguna intención de hablar de sus libros, que no quería siquiera que le mencionasen; rechazaba cualquier tipo de ayuda, durante la guerra estuvo seis meses sin responder las cartas de su amigo y se negó a visitar a su hermana en el lecho de muerte”. De hecho, le dijo a Seelig, cuando este seguramente le expresaría su extrañeza por esa ausencia, que su sentido de la familia rozaba “casi con lo enfermizo, con lo inmaduro”,

Durante el vagar diario por Herisau, Pron aventura que Seelig sería quien corriera con los gastos de “los desayunos y los espléndidos almuerzos y las cervezas y los vinos con los que se premiaban durante sus paseos, los que a menudo los llevaban a recorrer extensiones desconcertantes, monomaniacas”. Señala que posiblemente Seelig haya sido su único amigo, una amistad hecha en los largos paseos: “el silencio fue la estrecha senda por la que fuimos al encuentro el uno del otro”, dejó escrito Seelig.
Los paseos con Walser son la historia de cómo transcurrió esa amistad entre dos personas extraordinarias y nos adentra en “las opiniones y el carácter de uno de los escritores germanohablantes más importantes y singulares de la primera mitad del siglo XX, admirado por Franz Kafka y por muchos otros”.
Entre los testimonios que se recogen están las razones que llevaron a Walser a escribir y cuál fue el motivo de su fracaso: “Tenía muy poco instinto social (…) viví mi propia vida (…). Nunca me lo perdonaron”, por lo que decidió un día dejar de escribir argumentando que “el genio es incómodo; y el pueblo ama la comodidad”.
Apreciaba Walser en sus paseos hasta el lago Constanza observar sus alrededores, y de esa mirada partió una de las frases que recoge Seelig en su libro: “No somos más que una chapuza comparados con la naturaleza”.
E. Huilson

Habrá que volver a la Universidad con Sara Barquinero…, o mejor pasear con Walser, el escritor que oía voces…, o buscar la grieta por donde entra la luz de Patricio Pron, gran portada.
Gracias Huilson por tenernos al día de la voragine literaria inabarcable.
Salud!