Tiempo de saetas

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
(Antonio Machado, Baeza, 1914)
Decía Machado que la saeta es un cantar del pueblo andaluz, Y no es del todo cierto, aunque sus ancestros hay que buscarlos en las tierras del sur. Para los historiadores, el canto procede de la llamada a la oración de los almuédanos de las mezquitas, cuando Andalucía vivía bajo la hegemonía árabe. De hecho, el nombre de saeta no tiene su etimología en el término que la RAE define como flecha o aguja de reloj. El origen hay que buscarlo en el término sawt, que en árabe significa algarabía.
Los judíos tomaron este rito como suyo y también comenzaron a difundir sus particulares “algarabías” en las salmodias sefarditas que se rezaban en las sinagogas.
Parece ser que el canto popular o la cancioncilla traspasó los muros de los recintos religiosos y comenzó a escucharse en las calles de las ciudades y pueblos, no sólo de Andalucía, sino también de otras regiones españolas. ¿Quiénes fueron los causantes de esta popularización del canto? Pues los frailes franciscanos. En los siglos XVI y XVII la orden predicante salía por las calles advirtiendo de los peligros del pecado y llamando a la oración. Eran las saetas penetrables, que se cantaban en las procesiones de penitencia, que no tenían que estar vinculadas a la Semana Santa ni a las imágenes de la pasión. Se exhortaba a los pecadores a que limpiaran su alma y se dispusieran al último viaje de la manera más pura, arrepintiéndose de sus pecados.
Hay quienes hacían saetas como churros. Por ejemplo, Fray Diego de Cádiz, conocido como el Apóstol de Andalucía, de quien se dice que en los albores del siglo XIX, compuso cientos de coplillas asaeteadas. Junto a Fray Francisco de Castro, comenzó a cantarlas por los pueblos de Andalucía con tanta devoción que, enseguida, los vecinos comenzaron a imitarles. En 1794, los cofrades de la hermandad de Jesús Nazareno, de la localidad de Marchena, en Sevilla, enviaron un escrito al Consejo de Castilla, pidiendo que los frailes cerraran la boca y que “ninguna persona cante saetas ni coplas, pues siendo muchos de los que cantan gentes rústicas, quitan la devoción». O sea que, lejos de provocar un efecto de arrepentimiento y penitencia, el pueblo llano se tomaba las salmodias a cachondeo y perjudicaban la devoción de los verdaderos pasionarios.

Había otros que admitían de muy buen grado estas jaculatorias que reprendían la actitud de los pecadores. Tanto es así que otras órdenes religiosas comenzaron a utilizarlas también. Una mezcla de amenaza y redención. Los jesuitas fueron grandes predicadores a base de saetas. Y cuando fueron expulsados de España, el relevo lo tomó la orden dominica, que utilizó este sistema para intentar redimir al pecador.
¿Y cómo se le redimía? Pues con algo de arte. Del canto popular, la letrilla improvisada, llamando al arrepentimiento, se pasó a la composición de versos octosílabos asonantes, que no necesitan de acompañamiento musical para ser interpretados. Para el poeta andaluz Francisco Bejarano, la saeta es “la expresión fiel de una liturgia espontánea y popular”. La fe de mis mayores, que decía Machado. Y no le faltaba razón. Su padre, Antonio Machado Álvarez, recopilador del arte y el folclore popular andaluz, definió la saeta como “»cancioncilla que tiene por principal objeto traer a la memoria del pueblo, especialmente en los días del Jueves y Viernes Santos, algunos pasajes de la pasión y muerte de Jesucristo”. Así pues, de los cantos procesionales de arrepentimiento y penitencia, la saeta ha pasado a ser una manifestación religiosa sólo interpretada en la época en la que se conmemora la pasión y muerte de Jesucristo. Y sus letras, esos versos octosílabos a los que hacíamos alusión, se enmarcan en el reconocimiento y valoración de los personajes que participan en el rito de la muerte y resurrección. Que así sea. O sea, amén.
Gabriel Sánchez
La Saeta, cantada por Joan Manuel Serrat en 1984:
Y esta es la versión que hizo Serrat con Camarón de la Isla y Tomatito a la guitarra en 1990:

Qué maravilla