Relatos con música

Contra la opresión española

Grabado anónimo (1572). El Duque de Alba está representado comiendo a un niño con una mano, mientras con la otra sostiene bolsas de dinero; a sus pies, los cadáveres decapitados del conde de Egmont y el conde de Horn.

Gustaba mucho en el siglo XVII rendir culto a los héroes a través de la música y el teatro. Y si esos héroes luchaban, e incluso entregaban su vida en el altar de la libertad, de la liberación de los pueblos, de la propia idiosincrasia de las naciones, pues mucho mejor. La lectura de obras literarias sólo estaba al alcance de unos pocos. Los demás, los que no leían, se conformaban con ver a sus héroes reflejados en el escenario.


Goethe, pintado por Joseph Karl Stieler (1828)

Goethe escribió en 1788 una tragedia que llevaba por título el nombre del protagonista: Egmont. Se trataba de un conde holandés que vivía bajo la opresión del imperio español, allá por mediados del siglo XVI. Su lucha contra los españoles, cuya cabeza visible era el Duque de Alba, le llevó a prisión. Juzgado por las autoridades españolas, el conde fue condenado a muerte. Su amante intenta por todos los medios liberarlo de las mazmorras. Cuando no lo consigue, opta por el suicidio. Al final, Egmont es decapitado por orden del tercer duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo.

La tragedia iba a tener nueva representación en Viena en 1810. Seis meses antes, en el mes de octubre de 1809, los empresarios teatrales encargaron a Beethoven la música incidental de la obra. La partitura fue entregada en el mes de junio de 1810, unas semanas antes de su estreno. Constaba de diez números: una obertura y nueve canciones, escritas para soprano, voz masculina, orquesta y  narrador.

Beethoven, en retrato de Joseph Karl Stieler (1820)

A Beethoven se lo pusieron en bandeja. Defensor a ultranza de las libertades, de la denuncia de la opresión de los estados que vivían bajo la bota de los grandes imperios europeos, la figura del conde Egmont sedujo al músico desde el principio. Conocía el texto de Goethe, con quien le unía una cierta amistad epistolar desde hacía tiempo. Ese personaje, sus aires de libertad y de independencia de los Países Bajos, su espíritu combativo y su sacrificio final iban a tener una excelente representación musical.

Para empezar, la obertura (la pieza más famosa de toda la obra y que es partitura de repertorio de las mejoras orquestas sinfónicas de todo el mundo) empezaría con una zarabanda. Este ritmo, oriundo de la España del siglo XVI, quiere mostrar lo más triste y ruin de los españoles que han tomado Bélgica y Holanda bajo su dominio. La tristeza de la música es sinónimo de la frustración en la que vive el pueblo sometido a la voluntad española. Pero el conde es un héroe y lucha por la independencia. Eso tiene que estar reflejado en la partitura, para que todo el mundo sepa que la opresión no es gratuita y que hay rebeldes que se levantan contra la tiranía. Entonces hay que buscar un ritmo que manifieste la heroicidad de los combatientes. Y al final, triunfo de la libertad, una música que suscite en el espectador la victoria moral de los oprimidos, aunque, como en el caso del conde Egmont, terminen en el patíbulo.

La obra fue estrenada en Viena el 15 de junio de 1810, cosechando grandes elogios, no sólo por la música en sí, sino por lo que significaba: un himno a la libertad, una denuncia del sufrimiento de un pueblo ante la opresión, ideas éstas que le encantaba plasmar en sus obras al maestro de Bonn. La tragedia de Goethe reunía todos esos elementos, a los que el músico puso lo mejor de su talento. 

Gabriel Sánchez

La Orquesta del Gewandhaus, bajo la batuta del director Kurt Masur, interpreta la obertura de Egmont de Ludwig van Beethoven, en la iglesia de San Nicolás de Leipzig:

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