ArtistasMundo del arte

Hammershøi, silencio en blanco

Puertas abiertas (1905)

Una paleta reducida de blancos, grises, marrones y negros. Una modelo, su esposa. Un paisaje, el interior de su casa. Con poco más que estos elementos, el pintor danés Vilhelm Hammershøi (1864-1916) creó una atmósfera única y extraordinaria donde el silencio y la quietud recorre (¿traspasa?) toda su obra. El Museo Thyssen de Madrid recoge estos días, hasta el 31 de mayo, la primera retrospectiva en España de este artista que tuvo un relativo éxito en su -corta- vida, aunque luego fue olvidado y más tarde, a finales de los años 80, recuperado para el público. Hasta hoy.

Retrato doble del pintor Hammershøi y su mujer Ida (1892)

La mujer sin rostro

Nacido en Copenhague, desde niño llamaron la atención sus dotes artísticas. Estudió Bellas Artes y tuvo un temprano reconocimiento. Pintó paisajes y retratos, si bien Hammershøi es hoy conocido por sus lienzos de interiores de habitaciones con ventanas, donde emerge una figura enigmática, muchas veces de espaldas, vestida con un simple traje oscuro que nunca mira hacia el pintor. Lee un libro, toca el piano, pasa por el fondo, melancólica… Es su mujer, Ida Ilsted, posiblemente, como acertó a decir la BBC, “la mujer sin rostro más famosa del arte”.

Interior con mujer (Ida) al piano. Strangade 30 (Copenhague 1901)

Hermana de un antiguo compañero de estudios de Vilhelm, el también pintor Peter Ilsted, Ida fue una mujer tímida e ingenua angustiada por los problemas psiquiátricos de su madre. “La madre de Ida está de nuevo loca”, escribiría el pintor a su madre en junio de 1891. Hammershøi la rescató de aquella situación y se casó con ella ese mismo año. Ida tenía 22 años. Desde ese momento nunca se volvieron a separar: si había que viajar, París, Roma, Londres, lo hacían juntos; si visitar a alguien, acudían juntos; si trabajar, también juntos, ella posando, él pintando. Juntos las 24 horas al día.

El resultado fue más de cien obras de interiores con Ida de perfil, de espaldas, leyendo, enigmática, silenciosa, absorta y siempre melancólica -cuando se intuye su cara- entre las cuatro paredes de su casa de la calle Strangade 30 de Copenhague. Un mínimo decorado, nada vivo salvo, tal vez, un plato con un trozo de mantequilla dispuesto sobre una mesa para un almuerzo.  Se sabe que Hammershøi, poco sociable –“odiaría pintar a desconocidos”, dijo una vez- se pasaba el día frente al caballete, trabajando. Por su 42 cumpleaños, cuenta la BBC, se tomó un día libre y abandonó el lienzo, hecho tan insólito y poco corriente que Ida lo mencionó en una carta enviada a su hermano Peter.

Las motas de polvo

Rayos de sol (1900). Los críticos lo renombraron Danza de motas de polvo al sol, y es uno de los lienzos más conocidos del artista

En ese piso del barrio de Christianshavn, Hammershøi pintó también sus habitaciones vacías, trabajando sus dos pasiones, la luz, que entraba por sus ventanales, y los elementos arquitectónicos que veía: los marcos de la puerta, las monturas del techo, puertas abiertas o entrecerradas, un piano, una mesa… Él mismo confiesa: “siempre he pensado que había mucha belleza en un cuarto así, aunque no hubiese nadie en él, quizás precisamente cuando no había nadie”. Sus habitaciones vacías, especialmente una en la que se puede ver casi “moverse” las motas de polvo reflejadas por los rayos de sol, son de una gran belleza. Más de 65 veces pintó esos interiores con diferentes tonalidades.  ¿Cuántos blancos pueden existir? Cuando un conservador trató uno de sus cuadros, Luz del sol sobre el suelo, para una exposición en 2012, llegó a identificar ¡40 blancos diferentes!

Atemporal

Una granja. Refsnæs (1900) con el humo de la chimenea

La ausencia de la figura humana es también característica de sus obras en exteriores. Plazas donde suelo y cielo se confunden, calles londinenses imposibles de imaginar sin el gentío, granjas que recuerdan que hay vida solo por el leve humo que sale de la chimenea, y campos que parecen líneas en el horizonte. Todo es vacío y, por ello, susceptible de llenarse de silencio y calma. Es atemporal.

Sala de estar. Estudio con sol (1906)

Viendo la quietud, sosiego y luminosidad de sus lienzos en las salas del Museo Thyssen en un comienzo de fin de semana, una siente la inmediata necesidad de introducirse en una de esas habitaciones y huir de las decenas de personas que se agolpan ante los cuadros de Hammershøi, de huir del ruido, el de la calle también.

Ana Amador

Nota: Las fotos han sido tomadas en la exposición del Thyssen

2 comentarios en «Hammershøi, silencio en blanco»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *