La poesía del flamenco

Este título, “La poesía del flamenco”, lleva en su portada el número 238 de la revista Litoral (2019) de la que hemos extraído algunos de los textos que leerán a continuación. Nos pareció una buena guía para recordar algunas letras, cantes y poemas, que, con autor conocido o anónimo (del acervo popular), nos conmueven. Por ejemplo, este poema del escritor José Bergamín:
Cuando escucho en tu guitarra
un cante por soleá
oigo en mi alma un silencio
que es música de verdad.
Música tan de verdad
que las estrellas se callan
para poderla escuchar.
Una música, esa soleá, que en la voz del cantaor, si además le acompaña el duende, puede hasta, metafóricamente, matarnos, como nos dice el poeta Manuel Machado en su poema Cante hondo:
A todos nos han cantado
en una noche de juerga
coplas que nos han matado…
Corazón, calla tu pena;
a todos nos han cantado
en una noche de juerga.
Malagueñas, soleares
y seguiriyas gitanas…
Historias de mis pesares
y de tus horitas malas.
Malagueñas, soleares
y seguiriyas gitanas…
Es el saber popular,
que encierra todo el saber:
que es saber sufrir, amar,
morirse y aborrecer.
Es el saber popular,
que encierra todo el saber.
Citábamos ese gran misterio que es el duende, tan difícil de definir. Federico García Lorca lo intentó en su famosa conferencia y para ilustrarlo convocó como autoridades desde un cantaor del pueblo, Manuel Torres (también le dicen Torre, sin ese) hasta un sublime escritor como Goethe. Escribía Lorca en su Juego y teoría del duende: “Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: ‘Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende’. Y no hay verdad más grande. Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros, dijo el hombre popular de España, y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: “Poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica”. Así pues, el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar (…) Ese poder misterioso que `todos sienten y ningún filósofo explica’ es, en suma, el espíritu de la Tierra, el mismo duende que abrasó el espíritu de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente Rialto o en la música de Bizet, sin encontrarlo y sin saber que el duende que él perseguía había saltado de los misterios griegos a las bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la siguiriya de Silverio”.

O como aquella seguiriya que antes modeló el cantaor conocido como El Planeta, que en una de las letras pedía libertad para un padre:
A la luna le pío, /la del alto cielo, /cómo le pío que me saque a mi pare/ de onde está metío.
O aquella otra letra por seguiriya (el cante con el que se lamentan los gitanos, escribió alguien) que Silverio atacó, doliente de amor, en su café cantante:
Como una cosa propia
te he mirao yo,
pero quererte como yo te quería,
eso se acabó.
Cuando vino el San Antonio
los ojos abrió,
y a mí me dijo: Compañerita de mi alma,
quédate con Dios
Cantes para el desamor. Escribió Manuel Machado:
Cuando te encuentro en la calle, /el corazón, por la boca, /de fatigas se me sale. /Yo pensaba haber cogido/ la naranja y el azahar…/ Con hacer leña del tronco /me tuve que contentar.
Siempre he creído que lo que nos embelesa del cante y el baile flamenco, de su fuerza expresiva, es que parece llegar de un tiempo y un espacio ajeno al nuestro, a donde el artista nos va llevando de la mano. Su misterio puede que esté en la fragua donde se forjó durante siglos este arte que nos adentra por esos recovecos del alma donde la pasión y la tragedia, el amor y la desesperanza, el grito por la injusticia y el duelo, aguardan para ser mostrados.
A. S.
