Mathias Enard regresa a Oriente Próximo para DESERTAR

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Escribe en El Cultural Antonio G. Maldonado: “La lógica comercial propia de nuestros tiempos, que premia libros entretenidos y adictivos, pero de escaso vuelo, hace cada vez más difícil identificar autores de profunda ambición literaria y estilística que tengan, a su vez, cierto reconocimiento del público, e incluso algo de popularidad mediática y social en algunos casos”. Dado que estos días se está promocionando la última novela de Arturo Pérez-Reverte podría algún lector pensar que estábamos ante otra reseña de su La isla de la mujer dormida (¡no cesan los elogios!), pero no es el caso, como observará de inmediato el lector, pues Maldonado continúa la reseña dando algunos nombres de escritores que a su parecer suman, al reconocimiento de los lectores, la ambición literaria: “en nuestro país el añorado Javier Marías (de cuya muerte se cumplieron dos años hace escasos días), el también fallecido hace pocos meses Cormac McCarthy, o los franceses Michel Houellebecq y Emmanuel Carrère entre otros.

La reseña citada está dedicada a Desertar, la última novela de Mathias Enard. El escritor francés ya obtuvo cierto reconocimiento en España con Remontando el Orinoco, luego llevada al cine, pero sobre todo lo fue con Brújula, premio Goncourt en 2015, su libro más aplaudido hasta el momento. En esa novela el autor mostraba un gran conocimiento “no solo de la técnica literaria, sino de Oriente Próximo, de su actualidad dramática y de su historia reciente”. Enard, informa Maldonado, es traductor del árabe y el persa, residió algunos años en Barcelona e impartió clases en la Universidad Autónoma.
Desertar llega a España también con su correspondiente premio, en esta ocasión el Marcel Camus de 2022, novela en la que se mantienen, según el crítico, “las virtudes de ambos fundamentos de la literatura de su autor: la innegociable y ambiciosa voluntad de estilo y su no menos importante intención política”. Comienza narrando las vicisitudes de un soldado que deserta y que se pone en marcha en busca de un lugar en el que refugiarse, “aquél en el que fue feliz en una juventud inocente cuyo recuerdo aparece como vía de escape ante el horror de la guerra”. No se especifica de qué guerra está huyendo ni el país al que se dirige “pero la atmosfera sugiere que no estamos lejos del convulso Oriente Próximo que volvemos a ver presa de la guerra, el sufrimiento y la muerte”. Pero además hay un relato alterno que se inicia el 11 de septiembre de 2001, justo antes de que llegaran las imágenes de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Aquellas imágenes son recordadas en el presente por la hija de un reputado matemático de la antigua República Democrática de Alemania que, en aquella fecha, el 11-S, impartía clases en un barco y aún no se conocía la noticia de los atentados. El matemático se mantenía fiel al credo comunista a pesar de la caída de la URSS. Todo ello lo recuerda Irina, la hija del matemático, en el presente, cuando Europa de nuevo está sufriendo una guerra a gran escala en su territorio tras la invasión rusa de Ucrania.
Incide también en calidad literaria de Desertar Valèria Gaillard, que firma la crítica de la novela en Abril, haciendo hincapié en el tema de fondo, la guerra: “Diversos conflictos armados recorren esta doble historia, algunos todavía en activo, como la invasión de Ucrania, y que parecen responder a una constante que se repite, ya sea la Segunda Guerra Mundial, la de los Balcanes, el terrorismo islamista o la guerra ucraniana, un impulso que se pierde en el tiempo y enraíza en la historia con episodios trágicos como la destrucción total de Bagdad en 1258”. Y recuerda que, como en Brújula, el amor juega un papel clave”. Es una novela compleja a nivel narrativo y de lectura intrigante, “un libro agridulce. Da la vuelta al sentido negativo de la palabra desertar para convertirla en un rechazo a la violencia, en un canto a la paz, pero sin maniqueísmos ni fórmulas fáciles…”
Un Nobel (como es habitual) inesperado

La actualidad literaria pasa estos día por la concesión del Premio Nobel a la escritora surcoreana Han Kang, nacida en Gwangju en 1970, un dato a tener en cuenta por lo poco habitual. Como la noticia se conoció en jueves, los suplementos literarios no llegaron a hacerse eco del fallo pero sí las páginas culturales de los diarios. Mientras aparecen en dichos suplementos semblanzas y reseñas de sus novelas, lo que ocurrirá para la próxima entrega, adelantamos aquí un breve resumen de lo publicado: Es la autora más joven en la lista de premiados de los últimos 37 años y la primera asiática en obtener el galardón, que según el jurado es merecido por su “intensa prosa poética que afronta traumas históricos y expone la fragilidad de la vida humana”.
Hay cuatro novelas suyas traducidas al español: La vegetariana, en la que la protagonista decide dejar de comer carne con importantes consecuencias en su ámbito familiar. La clase de griego, donde se da cuenta de una mujer que pierde la capacidad de hablar e intenta recuperarla asistiendo a clases de griego antiguo. Blanco, sobre el duelo que debe enfrentar una mujer por la muerte de su hermana; y Actos humanos, de la que se ha escrito que es su novela más política: recrea la matanza de Gwangju, en 1980, durante la dictadura del general Chun Doo-hwan, cuando el ejército aplastó con fuerza las protestas en la ciudad natal de la autora.
Nada más conocerse el nombre de la ganadora, su novela La vegetariana se agotó en las librerías. El Nobel vende muchos libros y los editores, que previamente han hecho una apuesta por un autor sin aventurar que les caería el premio, lo reciben como una lotería. Pere Sureda, con larga experiencia como editor, en su columna de Abril recuerda a los que tienen los derechos de la escritora surcoreana que “a no ser que sea un premio Nobel que ya vendía bien antes de la concesión, mi experiencia me dice que es un fenómeno comercial que dura hasta fin de año. Luego, las ventas disminuyen sensiblemente”.
A Han Kang la descubrió para España la editora Iolanda Batallé, que fue la primera en publicarla en catalán y en castellano en su sello Rata, hoy desaparecido. Leemos en El Periódico que Batallé facilitó que La Magrana y Penguin adquirieran los derechos de Kang porque, tras la disolución de Rata, no era posible encontrar en las librerías los libros de la escritora surcoreana. Y, por cierto, que no es la primera vez que Batallé “acierta” un Nobel, ya ocurrió con Olga Tokarczuk en 2018.
Padura en la Habana

El cubano Leonardo Padura conversa con Andrés Seoane en La Lectura y se lamenta: “En Cuba falta comida y electricidad, pero sobre todo esperanza”. A pesar de todo, lleva casi 70 años viviendo en La Habana, que solo abandona para sus viajes promocionales, por lo que, afirma, “es imposible desligar el desarrollo de mi vida, el hombre y el escritor que soy, del hecho de haber vivido en La Habana”. Publica ahora Ir a la Habana, un libro que es “un viaje a la semilla, a mis orígenes mantilleros (referido al barrio de la Mantilla) y a mi conocimiento paulatino de la ciudad, y también un reflejo de que sigo viviendo en la misma casa donde nací, de que tengo todavía ahí a mi madre, a quien con sus casi 97 años sigo consultando constantemente cosas que no tengo muy claras”. En su recorrido por la ciudad, Padura combina historias de la época colonial con recuerdos de los años 50 y las décadas posteriores bajo la férrea bota del comunismo.
Padura comenzó con una labor periodística que luego sería el sustrato del escritor actual. “Siempre andaba en el filo de la navaja, pues mi periódico estaba controlado por la oficina de Prensa del Partido”, le cuenta por teléfono en la entrevista a Seoane. Y prosigue: “Teníamos unos murales donde se ponían cada semana moralejas buenas y malas, y recuerdo que un artículo que escribí sobre el barrio de El Calvario estuvo en ambos lados. En el bueno, por su calidad literaria, y en el malo porque decía que era un pueblo olvidado. `La Revolución no se olvida de ningún pueblo´, me dijeron”.
Padura es consciente de que su éxito internacional le permite narrar con libertad, pero pagando un precio: “Estoy sufriendo un pertinaz proceso de invisibilización del régimen: no salgo en los periódicos ni en la televisión, apenas me entrevistan (…) mis tres últimas novelas no se han publicado por editoriales cubanas (…) Es doloroso saber que en las librerías de cualquier país de lengua española puedes encontrar mis libros menos en el mío”. Aunque siempre están las redes e internet, y también “una práctica en la que los cubanos estamos entrenados desde el siglo XVI: la piratería”.
Álex, la chica escort de Cline

Hasta cuatro suplementos publican reseñas de La invitada, la segunda novela de Emma Cline, que se dio a conocer con Las chicas, aquella historia sobre una joven que entra a formar parte de la Familia Manson. En esta nueva novela, escribe Laura Fernández, en Babelia, Cline vuelve a manejar de manera sabia “a la clase de monstruo y, a la vez, deidad que contiene toda chica, toda mujer joven (…) Cline describe, fascinante y temerariamente, un yo femenino compartido, común, y lo hace afilada y delicadamente, sin complejos, y por tanto, aquello que cuenta se vuelve, es, más real, potentísimo”. La protagonista de la novela es una joven de 22 años, Alex, que está saliendo con Simon, de 50, un tipo adinerado y poderoso, con asistenta, mansión y piscina, que tiene una hija de la edad de Alex y ninguna empatía. Alex, una especie de escort, “conoce sus límites, y los controla, hasta que una noche, en una fiesta, se topa con alguien como ella, un chico de 30 años recién casado con una mujer parecida a Simon —en estatus social, y edad—, la anfitriona de la fiesta, y acaba con él en la piscina. El mundo vuelve por un momento a su lugar —se están sintiendo atraídos de verdad—, y el sueño, el bote salvavidas, se esfuma”. Fernández apunta que la precariedad sería el ruido de fondo de esta novela que retrata, como pocas, “hasta qué punto el presente multiforme, el presente de mundo como pequeñas burbujas ajenas a todo lo que no sean ellas, no tiene más asidero que la impostura”. Y termina su reseña sobre La invitada con una invitación a no dejarla pasar: “Una no aparentemente revolucionaria novela que, sin embargo, lo es, desde una apatía cheeveriana, o la piscina como ese lugar controlado en el que, sin embargo, puedes ahogarte, y desaparecer. Léanla”.
También Rodrigo Fresán, en ABC Cultural, menciona los ecos de Cheever en La invitada, a los que añade los de Highsmith, Didion, DeLillo y Easton Ellis sobre el tema del impostor (el outsider/insider, dice Fresán), pero “Cline lo revive y recuenta con talento y nobleza de quien sabe a quién y a lo que está invocando y homenajeando a la vez que insiste en lo que ya puede ser considerado Su Tema: la explotación femenina a cargo de machos entre feroces y más bien idiotas o idiotizantes”.
En El Cultural, José Antonio Gurpegui señala cómo la autora pone al lector frente a una disyuntiva de compleja resolución: “La caracterización de la protagonista no es precisamente la de una persona modélica. Más allá de su cuestionable manera de ganarse la vida tiene escasos escrúpulos ante cualquier oportunidad de mejorar su situación y vive en un continuo flirteo con estupefacientes y alcohol. Sin embargo, todos sus intentos por `ser como los demás´ fracasan sin que podamos responsabilizarla por ello. Su vida parece estar regida por una suerte de fatalismo”. Y de Abril, de la reseña de Marta Marne, nos quedamos con este apunte sobre el estilo que prima en La invitada: “Los diálogos reflejan la forma de hablar de la juventud de hoy en día de forma brillante y las descripciones, en oraciones sin verbo, son una constante a lo largo de toda la novela. Con todo esto, la autora construye un universo propio, un estilo, una forma de contar que atrapa al lector hasta un final abierto que seguramente no satisfará a todos (…) Con su primera obra, Las chicas, entró por la puerta grande de la literatura respaldada por público y crítica. Este libro se ha hecho esperar, pero ha merecido la pena”.
Final crítico
Escribe Ignacio Echevarría (destacado crítico literario en su día) en el artículo semanal para El Cultural que “no sólo los escritores experimentan la antipatía contra el crítico. También lo hacen no pocos lectores que cultivan asimismo una curiosa susceptibilidad como tales. Lectores que tienden a consumir las reseñas en términos de revalidación o no de sus propios gustos, prejuicios y adhesiones, y que se ofenden cuando los sienten contrariados”. Una reflexión que le viene muy bien a estos resúmenes en los que nos hacemos eco de reseñas, de la calidad o no de ciertas novelas y escritores…

La reflexión de Echevarría tiene que ver, no obstante, con el resentimiento de algunos escritores por críticas recibidas que, en algún caso ni lo fueron malas, o se adjudicaron a un crítico equivocado o se vieron errores donde no existían. Contesta en el artículo a Marta Sanz, que, tal como recogíamos aquí hace un par de semanas, se lamentaba de que Echevarría, cuando reseñó su primera novela, hasta le cambió el nombre. Resulta que no fue así, o no del todo: “Según Sanz, yo, en mi reseña, confundía su nombre con el de Ana Santos, acaso con malicia. Pero me cuesta creer que ni ella ni nadie pueda pensar algo así. Yo mandé mi reseña al diario, como siempre, con la ficha del libro bien detallada. Tanto en la ficha como en el texto de mi reseña el nombre de Marta Sanz estaba escrito correctamente, hasta cuatro veces. Es cierto que en el sumario de la reseña el nombre aparecía equivocado. Pero nadie que sepa cómo se compone un periódico ignora que los sumarios son tarea y responsabilidad de la redacción del diario (…) Mi reseña de El frio ocupaba buena parte de la página 3 del suplemento, una posición muy destacada para una primera novela. Era una reseña atenta, respetuosa y alentadora. Pero Marta Sanz –que tiende a verse a sí misma como la Cenicienta de las letras españolas– sólo recuerda de ella el sumario que yo no escribí́ y un error que la propia reseña, por otra parte, desmentía inequívocamente”.
Y como tal, una aclaración, aquí queda recogida.
E. Huilson

De Padura siempre recordaré «El hombre que amaba a los perros». Una excelente reflexión que viene muy al hilo de lo que dice en esa entrevista.
Luis Cantó