‘Un paraíso de escombros’, Martín Garzo y el amor grecolatino

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Abc Cultural dedica las primeras páginas de su número de esta semana a la vigencia de La Odisea, el gran libro homérico, sobre el que se siguen realizando adaptaciones teatrales y, ahora, ha catapultado el anuncio de la película que ha rodado Christopher Nolan, y su elección para representar a uno de los bardos al rapero negro Travis Scott y para el papel de Helena, la hija de Zeus y reina de Esparta, la mujer rubia y de ojos azules más bella de Grecia, a la actriz, también negra, Lupita Nyong’o, lo que ha provocado no poco ruido en las redes sociales y amenazas de cancelación.

Coincidiendo con el dossier de Abc Cultural sobre la vigencia del héroe, llega a las librerías el último libro de Gustavo Martín Garzo, Un paraíso de escombros, título que es lo único que al crítico de este suplemento, J.M. Pozuelo Yvancos, no le gusta, o no ve a la altura de un libro para el que no ahorra elogios y que considera el mejor del autor de los publicados hasta el momento: ”Ocho reseñas llevo escritas de sus novelas y en todas he tenido ocasión de admirar un estilo singular, originalísimo, que tiene en la delicadeza de las sensaciones y la sutileza de su mirada sus armas más valiosas. Siendo así, creo que en Un paraíso de escombros ha alcanzado su cima literaria y nos entrega el que considero su mejor libro”; y si no le gusta el título (responde a uno de los relatos) es porque no deja “entrever lo que los lectores van a encontrar en su interior. No encontrarán escombros sino directamente un tesoro”.
De hecho, afirma el crítico que, por la temática, bien podría titularse Orígenes del amor, pues son “versiones muy personales de historias del amor femenino, encerradas en los grandes mitos de Grecia y Roma, con la isla de Creta en lugar central”. Hasta catorce protagonistas, que sirven de subtítulo, tales como, Nausicaa, Penélope, Medea, Pasifae o la citada Helena, entre ellas.
Además de destacar “la riqueza del lenguaje” de Martín Garzo, reconoce su valentía enfrentándose al desafío de glosar “las mil y unas metamorfosis sufridas por las criaturas humanas o animales deudoras del hacer de los dioses del Olimpo”, ya glosadas por escritores como Petrarca, Garcilaso, Ronsard, Shakespeare, Góngora o Quevedo.

“¿Se puede ser original contando el amor de Nausicaa por Odiseo, o la historia de Penélope, o más difícil aún la de Helena y Paris?”, se pregunta Pozuelo Yvancos. Y responde que sí, que el desafío Martín Garzo “lo convierte en ganancia, por haber sabido revitalizarlos, es decir, servir aquel vino noble y viejo en odres nuevos. Los odres son las palabras de un castellano rico como pocas veces encontrará el lector en este siglo”.
Y sostiene que para que estas historias funcionen hoy lo primero que hay que ganar es “la libertad de sentir que el amor tiene formas y ha dado lugar a pasiones donde todo puritanismo sería inútil, pues pocas veces como en este libro se retrata tanta pasión desatada entre mujeres y mujeres, entre animales y ellas (esta Pasifae, antes Leda), entre hombres; es decir, encontrará el lector que la mirada que necesitamos obtener queda lejos de las ataduras de la racionalidad, o ese falso privilegio denominado virtud por la cristiandad”.
Concluye la reseña augurando una “fiesta celebrativa” al lector, al que después de leer el libro “nada del Amor le parecerá extraño”.
En Cultura/s, el crítico Masoliver Ródenas abunda en el gran conocimiento que tiene Martin Garzo de la Ilíada, la Odisea y la mitología griega, y hace bueno el axioma de que “el arte de contar es saber hacer real lo inventado”; y así leemos en el libro que “Odiseo había recibido la única llave que permite abrir todas las puertas: el don de la imaginación”, o “qué importaba que fueran mentiras si hacían aparecer a esos otros, y con ellos el milagro de nuestros deseos”. El libro está lleno de historias que alguien cuenta, –explica el reseñista– no importa si reales o inventadas. Y nosotros leemos lo que los personajes escuchan.
Rasputín, el místico lascivo

La última obra publicada por el historiador británico Antony Beevor, que cuenta en su haber con numerosas obras de divulgación histórica, principalmente sobre la Segunda Guerra Mundial y la Revolución Rusa (también ha escrito sobre la Guerra Civil Española), tiene como protagonista al místico ruso Grigori Rasputín, que tuvo gran influencia en los últimos días de la familia imperial rusa, los Románov. El libro llega ahora a España y El Cultural recoge la reseña que publicó Sophie Pinkham en la revista de libros del New York Times, donde destaca el interés que sigue despertando el personaje: “Más de un siglo después de su asesinato, Grigori Rasputín, el lascivo `monje loco´, desaliñado y clarividente, adorado por los últimos monarcas de Rusia, sigue despertando fascinación. Con su cabello enmarañado y su barba desaliñada, en las fotos que se conservan Rasputín se asemeja a una suerte de Jesús pasado por Halloween”. Y a continuación se pregunta cómo es posible que este personaje haya cambiado el curso de la historia rusa, porque, según Beevor, “contribuyó más que ningún otro individuo al colapso de la mayor autocracia del mundo”. El historiador británico sostiene que la caída del zar Nicolás II y la zarina Alejandra estaba predestinada, “su reinado fue una sucesión de desastres, desde la fatal estampida tras la coronación de Nicolás, que causó la muerte de más de mil personas, hasta su decisión de seguir jugando al dominó cuando estalló la revolución en febrero de 1917”.
Un poco de historia
La princesa Alejandra y el futuro zar, joven, ingenuo e inseguro, estaban perdidamente enamorados. Ella, rígida, puritana, carente de carisma, y contraria a cualquier idea de monarquía constitucional. Él, el zar Nicolás, carente de talento para la política, era apático y fatalista, y fácilmente convencible para optar por una vía autocrática. “La pareja prefería quedarse en casa con su creciente familia, pero la alegría por el nacimiento de su hijo se vio empañada al descubrir que padecía hemofilia”.
En cuanto al Grigori Rasputín, bebedor precoz, “conocido por causar problemas en su aldea siberiana. Casado en su adolescencia, perdió a cuatro hijos siendo muy niños, tragedias que quizás influyeron en su decisión de convertirse en peregrino errante”.

Se cuenta que puso a prueba su fe tumbándose con mujeres desnudas o acompañándolas a los baños públicos, cuenta, y cuando sucumbía a los bajos deseos, convencía a sus parejas de que, por suerte, el verdadero arrepentimiento requería el pecado. “Tenía el carisma de un líder de secta o un maestro de la seducción; de hecho, muchos creían que poseía un magnetismo literal, origen de sus poderes curativos e hipnóticos”, explica Pinkham.
Con dichos poderes sedujo a Nicolás y Alejandra, se ganó su apreció y “pareció salvar la vida de su hijo tras accidentes casi fatales. La íntima amistad entre el turbio adivino y la controvertida zarina pronto se convirtió en tema recurrente de la prensa sensacionalista. Los rumores escandalosos sobre la emperatriz Alejandra, sus cuatro bellas hijas y Rasputín se convirtieron en un medio para desacreditar a la monarquía como institución”.
No todo fue influencia nefasta, pues algunos de los consejos de Rasputín fueron acertados. Leemos en la reseña: “advirtió a Nicolás que no luchara contra el Imperio austrohúngaro tras el asesinato de Francisco Fernando”. Pero Nicolás se negó a escuchar y tomó el mando de las fuerzas armadas, Alejandra quedó en una posición de autoridad alarmante, “un ministro del interior recién nombrado oía voces y hablaba con los muertos; el sistema de transporte dejó de funcionar; los precios de los alimentos se dispararon; los soldados intercambiaban imágenes pornográficas de la emperatriz y de Rasputín”.
Fue entonces cuando se puso en marcha la conspiración para asesinar a Rasputín, al que un sector más reaccionario aún culpaba de todos los males: “el príncipe Félix Yusúpov conspiró con el gran duque Dmitri Pávlovich y el reaccionario miembro de la Duma Vladímir Purishkevich para asesinar al místico. Su torpe crimen –Trotsky lo calificó de “escenario de película diseñado para gente de mal gusto”– fue descubierto casi de inmediato, pero también recibido con gran júbilo”.
Advierte, no obstante, la reseñista que cualquier retrato de Rasputín se complica por el hecho de que prácticamente no dejó escritos y existe principalmente a través de los relatos de otros, quienes a menudo lo idolatraban o lo repelían. Y, aunque resulta difícil encontrar algo nuevo que decir sobre Rasputín, considera que “esta historia de monarcas crédulos y desconectados de la realidad que llevan a su país al desastre nunca pierde su siniestro atractivo”.
Bolaño contado en su voz

Bajo el título Notas para una autobiografía, se acaba de publicar un libro de entrevistas realizadas a Roberto Bolaño por las que van desfilando el escritor joven, combativo, situado en el territorio de la poesía y mostrando un fervor absoluto por la literatura, el narrador, el lector voraz, el escritor que reflexiona sobre el oficio, el estilo, el riesgo, la disciplina y el trabajo diario, para desembocar en el Bolaño que habla ya desde el reconocimiento, pero sin complacencia, el que desconfía de los premios y la posteridad, relativiza el éxito, y vuelve una y otra vez a la literatura como forma de vida, según se detalla en la sinopsis del libro, donde “Bolaño nos da claves para entender su obra y nos ofrece la experiencia rara y privilegiada de acompañarlo mientras piensa su propia literatura y su lugar en el mundo”.

Reseña el libro en Abril Jaime Priede, donde sostiene que “estamos ante un Bolaño más que completo cuando reflexiona sobre su experiencia literaria, alguien que ha vivido la literatura veinticuatro horas al día mientras hacía todo tipo de trabajos para sobrevivir, `todos menos los que no me permitía el decoro y la vergüenza´: desde vigilar un camping a descargar barcos en Francia”. Terminó asentándose en Blanes, donde regentó una tienda de ropa y cachivaches para turistas… y escribía, eso era para él lo más importante.
A través de las entrevistas publicadas en suplementos culturales, las más extensas, y otras más breves mediante cuestionario, además de conversaciones con Piglia y Rodrigo Fresán, se completa un perfil, “que seguramente nunca estará del todo completo”.
E. Huilson
