¡Vivan los novios!

Todo ceremonial tiene su propio himno. Sirve para identificar el acto, hacerle más pomposo, darle una pátina culta –ahí tenemos por ejemplo los acontecimientos deportivos- y, por qué no, para introducirlo dentro del mercado particular de cada evento como si de una estrategia de marketing se tratara. Coronaciones reales, actos académicos, convocatorias olímpicas, reivindicaciones sociales y políticas que se realizan a través de  grandes convocatorias y cuyos asistentes tienen en mente ese himno, esa canción que une a todos los participantes bajo una misma bandera musical. Es tal la moda que hasta los partidos políticos tienen su propio himno que hacen sonar con profusión en actos electorales, mítines y otras reuniones masivas.

Las bodas también. Identificamos la ceremonia, ya sea civil o religiosa con los dos himnos más populares que todo el mundo tararea. Incluso uno de ellos sirvió como jingle para el anuncio de un detergente, con letra hortera y todo;  una idea chabacana donde las haya, propia de publicistas con muy escaso sentido de la estética, no sé si decir también de la ética.

Los dos himnos nupciales más famosos en todo el mundo son el Bridal Chorus, que se interpreta en la ópera Lohengrin de Richard Wagner y la marcha nupcial que Felix Mendelssohn compuso para su obra El sueño de una noche de verano.

Wagner comenzó a componer la ópera en 1848 y la terminó en 1850. En el acto tercero, los protagonistas, Lohengrin y Elsa se casan después de una serie de avatares en los que no faltan recursos fantásticos, animales convertidos en personas, suplantación de personalidades… En fin, cosas propias de las óperas wagnerianas. El coro celebra el enlace matrimonial interpretando “Aquí viene la novia”, la canción con la que los amigos y vecinos de Elsa celebran su encuentro con el héroe que había superado no pocas adversidades.

Felix Mendelssohn llevaba 16 años dándole vueltas a la idea de poner música a la comedia de Shakespeare El sueño de una noche de verano. Por fin terminó la obra en 1842, a la edad de 33 años, en plena madurez del compositor. Se trata de un ballet en los que los protagonistas principales, Teseo e Hipólita, Demetrio y Helena hacen las paces, se reencuentran después de no pocas situaciones en las que no se sabe con certeza quién es quién, intento de cambio de parejas, amenazas de ruptura y otros cuantos enrevesamientos que terminan con final feliz. En boda, claro. 

Mendelssohn introduce la marcha nupcial en el intermedio de la obra, entre el cuarto y el quinto acto y la repite en el epílogo, cuando se materializa la boda de las dos parejas.

El 25 de enero de 1858 se produjo un gran acontecimiento en la familia real británica. La princesa Victoria de Sajonia, hija de la Reina Victoria contraía matrimonio con el Gran Duque Federico III de Alemania y Prusia. La ceremonia se celebró en el palacio de Saint James en Westminster. Familias de todas las casas reales europeas, emperadores, nobles y toda la alta sociedad británica fueron testigos fieles del acontecimiento que protagonizaba la primogénita de la Reina Victoria y el futuro y breve emperador de Alemania. Sólo estuvo en el trono tres meses, pues murió de un cáncer de laringe a los 99 días de ser coronado.

Para el enlace matrimonial, madre e hija se pusieron de acuerdo: a la entrada a la iglesia sonaría la marcha nupcial de Mendelssohn, compositor que la Reina admiraba y con quien le unía una buena amistad. De hecho Mendelssohn había estado varias veces en palacio tocando el piano para Victoria. Para la salida de la ceremonia, una vez contraído el matrimonio, sonaría el coro de Wagner. 

A partir de ese momento, todas las parejas de la nobleza británica que contraían matrimonio querían emular la boda real y pedían a los músicos estas dos piezas para la entrada y salida de los contrayentes del templo. Y así, poco a poco, la costumbre traspasó fronteras, se hizo popular y todo el mundo, noble o plebeyo, quería que Mendelssohn y Wagner asistieran en espíritu al acontecimiento más importante en la vida de una pareja. Bueno, hay excepciones. Debido a la relación que el nazismo tuvo con Wagner, jamás se interpretará el coro del compositor alemán en una ceremonia judía. Tampoco los luteranos tienen a Wagner como autor para  ceremonias matrimoniales por los mismos motivos.

Excepciones aparte, como se diría hoy, las dos marchas se han hecho virales y se siguen escuchando en las uniones  matrimoniales en todo el mundo. Pero se recomienda también que se escuchen sin pasar por la vicaría. Y, si es posible, que se escuchen completas, no los cuatro acordes a que nos tienen acostumbrados los novios y los invitados, que están deseando que acabe la ceremonia, sea donde sea, para acudir a eso que se ha puesto tan de moda y que se llama barra libre.

GABRIEL SÁNCHEZ

Wagner y Bridal Chorus de la ópera Lohengrin

Marcha nupcial, de Félix Mendelssohn:

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