¡Que bailen los muertos!

Hay un dicho popular por la zona donde se encuentra ubicado este Patio que dice que todos los santos tienen novena. Si los que fueron elevados a los altares por sus logros en vida hay que darles esta oportunidad, a los que, ya desde el principio, son santos difuntos, así, a secas, y que celebran su onomástica el día 1 de noviembre, anteayer, como quien dice, también tienen derecho a la prórroga.
En la Edad Media era costumbre honrar a la muerte con danzas. Ya que irremediablemente iba a llegar, y a todos incumbía su inevitable presencia, mejor darle la bienvenida con bailes y otras manifestaciones festivas. Además, las danzas invitaban a todos a participar en los actos lúdicos: desde los reyes hasta los campesinos, pues la guadaña rebanaba con la misma saña a ricos y pobres.

En 1872, el poeta Henri Cazalis puso letra a una de las danzas típicas que se bailaban en la época medieval, basándose en el famoso Dies Irae, un himno gregoriano de la Edad Media, atribuido a Tomás de Celano, un religioso amigo y biógrafo de San Francisco de Asís.
Aquella originalidad gustó al músico Camille Saint Saëns, quien decidió aportar algo de su propia cosecha, Y así, en 1874 nació la Danza Macabra, una de las obras más conocidas del compositor francés.
Para hacernos una idea, el día de Todos los Santos, los muertos salen de sus tumbas y bailan alrededor de una lápida en el cementerio. Mientras el diablo toca el violín, los difuntos acometen una danza para celebrar su festividad, pues, aunque sean difuntos, también tienen derecho a la celebración.

La Danza macabra es el opus 40 de Saint Saëns. Fue estrenada en París en enero de 1875. Al principio, como sucede con algunas obras que han pasado a la posteridad, la partitura no tuvo buena acogida entre el público y la crítica. Los primeros la consideraron irreverente, como si se mofara de una fecha señalada en el calendario para la reflexión, el perdón de los pecados ante lo que se nos podía venir encima y la redención. Bailar para celebrar la muerte no entraba en los cánones de la buena sociedad de la época. Los entendidos, más allá de los prejuicios populares, vieron en la obra una mala copia deformada del Dies Irae medieval, pero sin gracia con un horrible añadido extemporáneo de violín. Eso decían los críticos.
La danza empieza con el sonido de 12 notas en re del arpa. Esas doce notas son las doce campanadas del día 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos. A partir de ese momento, el violín se hace presente durante la primera parte de la obra. Es el violín protagonista, porque Saint Saëns sustituye la voz humana, que debería interpretar el poema de Cazalis , por las notas de este instrumento de cuerda.
Y otra novedad, la irrupción del xilófono. En aquella época, este instrumento estaba postergado en las grandes obras. Sólo se utilizaba en músicas folklóricas o populares. No tenía altura para formar parte de una gran partitura. Sin embargo, el compositor francés lo utiliza para representar el ruido de los huesos de los esqueletos al chocar unos con otros durante la celebración de la danza.
Macabra o no, la danza ha pasado a la posteridad, gracias, entre otros méritos, a la transcripción que sobre esta partitura hizo Franz Listz, lo que provocó que otros músicos se animaran a probar fortuna con nuevas versiones de la idea original de Saint Saëns, entre las que destacan las versiones para órgano, del piano a cuatro manos, distintas orquestaciones…
Al final hay que decir eso de que nos quiten lo bailao. Aunque estemos muertos.
Gabriel Sánchez
La Orquesta Filarmónica de Radio Francia interpreta la Danza Macabra de Saint Saëns:
