Jöel Dicker y la lectura en papel

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Aquellos lectores más concienzudos y constantes, dueños de un gusto literario algo más depurado que el de la media a base de escogidas lecturas y reflexión sobre lo leído, suelen desdeñar demasiado pronto las obras y las opiniones de los escritores de libros superventas, los llamados “bestsellers”, un término que igual vale para denominar a los libros que a los que los escriben. Hacen mal, a mi juicio. Primero, porque, como decía Roberto Bolaño, de las malas novelas también se aprende. Segundo, porque hay escritores con cientos de miles de lectores que tienen una visión lúcida, y conocimiento, de la escritura y de la literatura, y expresan sus ideas con profundidad y sencillez. No abundan, pero los hay. Una muestra de ello nos ha parecido el escritor suizo Jöel Dicker, a quién entrevista para Abril Elena Pita aprovechando su paso por España para promocionar la última novela, La muy catastrófica visita al zoo.
La carrera como escritor de Dicker no fue fácil pero sí es larga, pues empezó a hacerlo con siete años. Hijo de una bibliotecaria y un profesor de literatura, el ambiente familiar le fue propicio para leer desde niño: “Mis padres jamás pusieron límites a mi lectura, no había libros aptos y otros inadecuados para mi edad. No, yo intentaba leer todo y decidía si era o no demasiado complicado. El hecho de que me permitieran decidir por mí mismo fue muy importante en mi percepción de la literatura: los libros eran para mí el mundo de la libertad; elegía lo que leía, pero no así la hora en que tenía que acostarme”.
No fue un alumno brillante en la escuela. En la universidad se decantó por estudiar Derecho y a los 20 años se puso a escribir novelas y, una tras otra, hasta cinco, fueron rechazadas por las editoriales. Con la sexta llegó la publicación, pero no el éxito: un editor cree en él, le publica y el libro vende apenas 200 copias. “Pero algo había visto aquel editor en el joven y se anima con la séptima La verdad sobre el caso Harry Quebert, que en un par de meses se convierte en un best seller en lengua francesa y, en un solo año, 2012, es traducida a 40 idiomas”, y que dio lugar a una miniserie televisiva.

Pero vayamos con las reflexiones del autor suizo en torno a la lectura, que es lo que nos ha llamado la atención. Parte de que la lectura es una actividad muy positiva para el cerebro, sobre todo leer libros en papel, “porque activa las áreas del cerebro que nos dan las herramientas para socializar, tener empatía y construir nuestro futuro, nuestra propia vida. Leer nos ayuda a tomar decisiones más responsables. Necesitamos conseguir que la gente vuelva a leer, y sacar a los jóvenes de su soledad, lo que es realmente aterrador porque están viviendo la era de compartir. Habría que llevar el arte a las calles, crear movimientos para que dejen de estar juntos sentados en un banco y sólo interactúen a través de sus pantallas artificiales”.
La entrevistadora le informa que según una reciente encuesta realizada en España el 74% de los lectores en este país están entre los 14 y los 24 años, un número que ha crecido un 12% en los últimos 10 años. Y el espeta: “¿Cómo se queda, no es alucinante?”. Pero Dicker se muestra escéptico: “Me resulta difícil creerlo, pero si las estadísticas lo dicen… Habría que chequear los datos en diferentes fuentes. En principio me parece una noticia buenísima, pero tan asombrosa que me cuesta creerla”.
Curiosamente, en su artículo semanal en El Cultural, el crítico y editor Ignacio Echevarría escribe que “de un tiempo a esta parte, editores y libreros constatan con euforia el aumento de las ventas. Pero lo hacen desde el convencimiento de que los índices de lectura están en alza, cosa sobre la que albergo muchas dudas, al menos en lo que respecta a la lectura de libros”. Es una impresión, dice, a partir de la observación de que la mayoría de la gente con la que se relaciona lee pocos libros, “muy pocos, cada vez menos, y entretanto proliferan los pequeños sellos editoriales, se inauguran librerías de todo tipo, y las grandes multinacionales del libro no cesan de ampliar su mercado (…) Se compran, se hojean, se habla de ellos, pero apenas se leen unos pocos, casi siempre los mismos”.
Leer no es solo entretenerse
Y en Abc Cultural encontramos una tercera opinión discordante sobre los hábitos de lectura de los jóvenes. Es la de Paulo Cosín, al que se cita en el artículo que Carlos Aganzo dedica al centenario de Ediciones Morata que aquél dirige. Considera que algo está cambiando, “que la gente (de todas las edades) lee más, y empieza a estar menos tiempo esclava de las pantallas. O como que leer no parece necesariamente una cosa de tontos”.

Pero a la vez muestra preocupación porque “la lectura se separa cada día un poco más de la escuela, lo que está fomentando la falta de un diálogo profesional entre los niños y las personas adultas, algo imprescindible para que los lectores avancen y no se queden únicamente compartiendo sus lecturas con la gente de su edad”. Y aboga por este objetivo en la educación: “que todos los alumnos salieran de la ESO leyendo por placer: en los últimos años el abandono de la lectura, evidente en los institutos, se extiende a los últimos cursos de primaria”; y pide enmendar otro error muy común: “nos estamos equivocando al decirle a los niños que la lectura es entretenimiento. Primero, porque a la hora de buscar puro entretenimiento acabarán encontrando otras cosas que les gusten más. Y segundo, porque les ocultamos la verdadera razón de la lectura, que es mucho más que evadirse o entretenerse: leer es crecer y transformarse uno mismo, para luego transformar el mundo”.
Y en este punto volvemos a las reflexiones de Dicker con las que empezábamos este resumen. El cree que la desigualdad en el futuro estará entre los que leen y los que no, porque leer da poder para “elegir y ambicionar, y te proporciona herramientas como la empatía o la comprensión de lo que está en juego, como un voto o una situación difícil: Da la capacidad de ver y diferenciar las noticias falsas, y por tanto te hace menos vulnerable a la manipulación y más independiente”. Y cita un estudio de la profesora de la UCLA Maryanne Wolf en el que esta cuenta como en EEUU se utilizan las pruebas de lectura de los niños de primaria para ¡planificar el espacio que necesitarán tener las cárceles del futuro!: “porque se considera que los niños con falta de comprensión lectora probablemente no podrán encontrar un trabajo ni construir una vida digna, y de ahí se deduce qué porcentaje de la población acabará cometiendo delitos para buscarse la vida y, por tanto, engrosando la población carcelaria” (sic).
(No leas) No tengas miedo, de Stephen King

La última novela de King no le ha gustado demasiado a Rodrigo Fresán, que la reseña en Abc Cultural. Pero como Fresán es un crítico muy apreciado en este Patio, reproducimos el comienzo de la crítica para que comprendamos sus reservas: “Alguna vez John Updike acusó a J. D. Salinger de amar más a sus personajes (a los componentes de la genial y disfuncional familia Glass) más de lo que los amaba Dios. El paso de los años aligeró un tanto la condena de semejante pronunciamiento, pero, sí, algo de eso había. Salvando las enormes distancias, me veo en la obligación de señalar aquí –con la autoridad de ‘lector constante’ que ha disfrutado de lo suyo desde la aparición de la debutante Carrie hace más de medio siglo– que Stephen King ama demasiado a la disfuncional y genial Holly Gibney”.
La tal Holly, que protagoniza algunas novelas anteriores de King, regresa en No tengas miedo, una novela, dice Fresan, que es “una rareza en la abultada bibliografía de su autor. Es decir: es una novela casi mala. Y que – luego de la muy decepcionante recopilación de relatos del 2024 Si te gusta la oscuridad– es motivo de preocupación”.
Y es que “ya son varios años extrañando una buena y voluminosa y descriptivamente densa ficción terrorífica de King”, se lamenta el reseñista. Porque con su última novela “este King no da ni miedo”.
Miedo y elogio a la Inteligencia artificial
La Inteligencia Artificial (IA) protagoniza un debate público continuado sobre el impacto que tendrá (o ya tiene) en nuestras vidas a todos los niveles, debate del que “es difícil rehuir la tentación de simplificar en bandos de apocalípticos e integrados para hacernos una composición de lugar que nos sitúe en el mapa”, confiesa de entrada Antonio G. Maldonado en su reseña del ensayo Una teoría crítica de la inteligencia artificial, del que es autor Daniel Innerarity. El filósofo vasco advierte de que esa dicotomía empobrece el debate. Hay un enfoque “histérico”, denominación utilizada por el autor, respecto a los potenciales peligros que dicha tecnología podría conllevar, hasta el punto de que algunos de sus principales impulsores llegaran a pedir una moratoria en su desarrollo, lo que conllevaría la renuncia a los progresos evidentes que la IA aporta en campos como la medicina, la logística o la biotecnología; otros ponen el acento no en la tecnología en sí, sino en la falta de una ética que la sustente. Pero este enfoque moralizante tampoco le sirve a Innerarity, “que eleva el tiro y la ambición y describe lo que denomina una `teoría crítica´ no tanto de la IA como de las condiciones estructurales en las que se desarrolla y funciona”, según el reseñista.

“El problema no es que la inteligencia artificial sea demasiado inteligente, sino que lo será demasiado poco mientras no hayamos resuelto su integración equilibrada y justa en el mundo humano y en el entorno natural”, escribe Innerarity, pues “antes que normativo, el desafío al que nos enfrentamos es un problema conceptual”.
A lo largo del libro, que divide en tres partes, el autor considera que la IA no podrá ser nunca comparable a la inteligencia humana pues carece de comprensión y sentido, aquello que nos distingue como humanos. Sólo desde una visión muy estrecha de lo que significa inteligencia se puede llegar a concebir que las máquinas puedan un día igualar e incluso superar a la inteligencia humana. La segunda parte se centra en describir y analizar esa razón algorítmica y de cómo sus designios condicionan y moldean nuestras sociedades a través de modos de pensar y mirar la realidad; y, por último, la tercera parte se centra en el impacto de la IA en la gobernanza política y en los retos que plantea para nuestras democracias.
Potencial benéfico o destructor de la IA
El definitiva, viene a concluir, el potencial benéfico o destructor de la IA dependerá de nuestra capacidad de entender bien el fenómeno y sus implicaciones, así como en nuestra capacidad colectiva de actuar “para aprovechar en nuestro beneficio una tecnología que deberíamos mirar y adoptar sin los determinismos proféticos con los que muchas veces se nos anuncia. La IA, lejos de simplificar el mundo, profundiza en su complejidad y, por tanto, en la necesidad de pensar y reflexionar”. Esto es precisamente lo que no pueden hacer las máquinas y sí los humanos.
Leamos, y leamos bien, pues nos dará las herramientas para el buen uso de la tecnología, pues no olvidemos que fueron escritores quienes avanzaron lo que ahora vivimos. Por citar un solo ejemplo: Roald Dahl en su cuento de ciencia ficción El gran gramatizador automático, de 1958, adelanta con asombrosa precisión la existencia de herramientas como ChatGPT. El cuento narra la historia del ingeniero Adolph Knipe, que sueña con ser escritor. Knipe tiene la idea de construir una máquina que escriba cuentos y novelas automáticamente, siguiendo reglas gramaticales, y lo consigue: desarrolla una máquina con la que empiezan, él y su jefe, a producir relatos en serie con tal eficiencia que son aceptados por revistas y editoriales, dando lugar a un gran negocio literario.
Estemos atentos.
E. Huilson

Terror e IA, buen lunes