Los ilusionistas: la familia como material novelístico

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
En Los ilusionistas, su autor, Marcos Giralt Torrente, en un breve preámbulo, nos advierte a los lectores de que trata de su familia, en la que sobresalen (no precisamente por sus comportamientos familiares) dos personajes destacados del mundo literario: su abuelo, Gonzalo Torrente Ballester, y su tío, segundo hijo del primero, Gonzalo Torrente Malvido. Del primero sólo basta citar obras como La saga/fuga de JB o Los gozos y las sombras para recordar la altura literaria de quién estamos hablando. El segundo escribió también varias novelas, además de cuentos, con las que obtuvo premios destacados como el Sésamo o el Café Gijón y llegó a quedar finalista en el Premio Nadal. El del Café Gijón no pudo recogerlo personalmente: estaba en la cárcel, donde ingresó por un delito común de estafa continuada.



En la reseña del libro que firma en El Cultural Santos Sanz Villanueva, sobre la referencia a Torrente Ballester, leemos: “Solo por la cruda estampa del autor de La saga/fuga de JB merece la pena esta evocación del nieto, que aporta relevantes materiales biográficos inéditos acerca del Torrente senior y retrata a un personaje de extraordinaria complejidad, epítome de la lujuria y del egoísmo, siempre en fuga de los suyos y capaz de convertir en una sombra a la mujer. Amén de haber tenido una indigna conducta con la primera familia cuando casó por segunda vez. Aunque algo de ello se sabía, el nieto no esconde miserias que proyectan nueva luz sobre el escritor consagrado”.
No menos interesante resulta la recreación de su tío escritor, Gonzalo Torrente Malvido, al que señala Sanz Villanueva como “el oculto destinatario” de la dedicatoria de Los gozos y las sombras, que rezaba: “A quien más dolor me causa”. Del mismo modo que señala que Torrente Malvido, fue un escritor “notable, aunque olvidado”, aparece en la memoria de su sobrino como “un sablista legendario y obstinado que estafó a parientes y amigos y saldó sus fechorías con años de cárcel. El sobrino alcanza en esta semblanza una estampa insuperable por cómo mezcla fascinación, cariño y reproche”.
Pero la mirada de Marcos Giralt también se demora en los padres, sobre los que ya había escrito anteriormente, y en sus tres tíos, y tiene mucho de retrato generacional, de las vicisitudes que marcaron a la promoción de los años 70, su desconcierto juvenil, su izquierdismo, los aires rupturistas y el ansia de libertad que aportó a un país que pugnaba por modernizarse y del precio no bajo que pagó por ello, resume Sanz Villanueva, que destaca cómo la autobiografía está en la raíz de la obra de Marcos Giralt. Autobiografía que, en este caso, también mira hacia el futuro y tiene que ver con su figura como padre, preocupado en no convertirse en otro ilusionista más.
Los comienzos: Gospodínov y Visniec

“La memoria es nuestra única forma de inmortalidad”, afirma el escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov en la entrevista que publica La Lectura, realizada por Andrés Seoane. Después de ganar el Premio Booker Internacional con su novela Las tempestálidas, se publica ahora en España El jardinero y la muerte, en el que evoca los últimos días de vida de su padre y reflexiona sobre el duelo, la muerte y la memoria. Ganar el premio Booker hizo felices a sus padres, cuenta el escritor, a quienes los periodistas búlgaros localizaron y visitaron para conocer más del novelista premiado. “Vivían en un pueblo muy pequeñito y mi padre se dedicó a pasear a todos esos periodistas por su jardín enseñándoles qué flores eran mis favoritas. Así que todo el mundo pudo ver ese jardín y a mi padre unos meses antes de que falleciera”, cuenta Gospodínov, que empieza el relato de los últimos días de su padre con la siguiente frase: “Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”.

Un comienzo que cumple con lo que se le pide a una buena primera frase de un relato, no sólo introducir la historia, sino desencadenarla. Porque “la primera frase de una novela debe contener algo de la energía de un grito inconsciente que provoca una avalancha”. Así lo afirma Matei Visniec en El hombre que vendía comienzos de novela, que reseña Marta Rebón en La Lectura. La historia trata de un tal Guy Courtois que forma parte de una “estirpe secreta de facilitadores de gloria literaria” y que provee de primeras frases mágicas a medida para sus clientes, echando mano de Kafka, Melville, Mann, etc. Courtois se le aparece a un escritor en crisis en la gala de unos premios y le ofrece sus servicios. El escritor termina cediendo pues le es difícil competir con “esos malditos softwares que escriben novelas combinatorias”. Courtois, desde algún histórico café literario –cuenta Rebón– le escribe al autor en crisis animándole a despedirse del mundo de ayer, el de las novelas artesanales.
En esta “ficción caleidoscópica”, Visniec “muestra sus cartas como juego metaliterario”, aunando crítica literaria, memoria, distopía, fabulación tecno futurista y sátira, ilustrando con ironía y autocrítica las obsesiones del oficio de escritor.
Este imbécil va a escribir una novela

Por la frase de este encabezamiento podríamos pensar que el imbécil es el anterior escritor, el que compra comienzos de novela, pero no. Ni tampoco es Juan José Millás, aunque suyo es el título, el que le ha puesto a su “nouvelle” (150 páginas) en la que cuenta cómo la redactora jefe del periódico en el que colabora un personaje que se llama Juanjo Millás encarga a éste “lo peor que te pueden decir: que escribas sobre lo que quieras”. Lo reseña para La Lectura Juan Marqués: “A partir de ahí lo que leemos es la búsqueda, un tanto “sobreangustiada”, de este tema, propio o ajeno, autobiográfico o de investigación… sobre el que poder escribir algo”. Así, el personaje va preguntándose sobre diversos asuntos sobre los que escribir un reportaje, muchos de ellos ligados a su experiencia vital… hasta conseguir, a juicio de Marqués, “una novela (…) bien armada, entretenida y hábil”. Después de repasar la trayectoria, con altibajos, de Millás como novelista, el crítico nos revela que el protagonista no acaba de decidirse por un tema para su reportaje, aunque sí “llega a enviar uno sobre prácticas geriátricas en España, que rehúsa publicar a tiempo”. Magro resultado después de haberle “dado mil vueltas a esos flecos pendientes de su vida que podrían dar para una crónica significativa”, como son la desconfianza ante el lenguaje, la arbitrariedad de la conciencia o cierta obsesión por la herencia genética.
Una lección sobre la novela

El escritor, y también crítico literario, José María Guelbenzu, ha escrito una novela Una gota de afecto, que, a juicio de Domingo Ródenas de Moya (Babelia), “tiene algo de punto de fuga y culminación, sin que ello impida apreciar lo que tiene de homenaje al género como artefacto capaz de representar insustituiblemente nuestra complejidad”.
Un género, el de la novela, que en su pasado más cercano fraguó en “el prodigioso siglo XIX” como un género espejo de la vida colectiva y de la intimidad moral, y que ya en el XX “se legitimó como una continuidad depurada y ungida de simbolismo de ese modelo (Conrad, Proust, Pirandello, Mann…) o como una réplica que lo recusaba (Kafka, Joyce, Woolf, Faulkner, Broch…)”, según relata el profesor Ródenas de Moya en su reseña. Pues bien, este mirar a la propia historia del género novela “para reivindicar una de sus ramas o impugnarla”, es también un modo de acometer su renovación formal y conceptual.
Todo esto viene a cuento porque en la novela de Guelbenzu la historia del género, sobre todo en su meseta decimonónica, está presente por doquier, “tanto en los componentes de la trama como en el estilo, en los mecanismos y en el andamiaje narrativos”. Guelbenzu tiene una larga trayectoria como novelista, 26 novelas, entre ellas las de la serie policial con la jueza Mariana de Marco de protagonista.
Además, desde su mirada como crítico conoce bien la novela de los clásicos del XIX, cuyas semillas “están disueltas en el texto, y algunas son explícitas, como La Regenta o Guerra y paz, pero sobre todo fructifican en los motivos que se entrelazan en la urdimbre de la novela: el de la casa como símbolo de arraigo y pertenencia, el del regreso perturbador y el huésped inquietante, el del pasado dañino que refluye o el largo rencor incubado contra la saga familiar”.
La novela refleja la historia de una saga familiar situada en la costa cantábrica: “Acierta Guelbenzu en focalizar el entorno cántabro, la naturaleza es descrita con acusada sensorialidad”, leemos en la reseña. Y concluye, tras describir algunos de los sucesos que vive la familia y que cuenta su protagonista, Jaime, que recorre los eslabones de ese linaje para contar la infidelidad a sí mismo —es lo que él se dice—, que la novela “no se limita a ser un relato de rencores familiares, sino que habla de algunas otras cosas esenciales: de nuestra responsabilidad activa sobre la infelicidad de los demás, de la ceguera ante la fuerza compulsiva de nuestros fantasmas, de la destrucción programada que produce indefectiblemente el abandono afectivo”. Y no duda el crítico en afirmar que estamos ante una de las mejores novelas de Guelbenzu.
El mejor novelista nunca escribió una
Juan José Saer, el novelista más importante que dio Argentina en la segunda mitad del siglo XX, dejó escrito en un ensayo que si Borges no había escrito novelas era porque pensaba, y lo demostró, que “la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista consiste en no escribir novelas”. Palabra de Saer, que escribió doce novelas, además de cuentos y ensayos, y al que Beatriz Sarlo o Ricardo Piglia consideraban el mejor escritor argentino después de Borges. Saer consideraba que la novela se terminó con Flaubert, de modo que sus propias novelas no eran novelas, “sino un género sin nombre que lo mantenía a distancia y a la vez lo adscribía a la negativa de Borges a escribir textos que superaran las 10 o 12 páginas”.



De todo ello se habla en la reseña del libro Borges por Piglia, firmada por Edgardo Dobri. Habla de cómo lo que representa Borges para los escritores argentinos (estímulo y problema) se viene manifestando en una extensa serie de libros: una “especie de compulsión hermenéutica”, como la denomina Julio Premat en su reciente Borges, la reinvención de la literatura. Y señala a los escritores nacidos entre los años treinta y cuarenta, como Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Ricardo Piglia, “quienes pensaron, localizaron, interpretaron a Borges como escritor universal y argentino”. De ellos, posiblemente sea Piglia el más borgeano de todos, al que homenajeó en una de sus novelas más celebradas, Respiración artificial. En ella, Piglia hizo decir a su alter ego, Emilio Renzi, que Borges fue “el mejor escritor argentino del siglo XIX”. Era un modo de ceñir su sombra, de acotar su espacio y su peso, escribe Dobri.
En el libro del que hablamos, Borges por Piglia, se recogen las clases que este dio sobre Borges y su obra. Son cuatro: ¿Qué es un buen escritor?, La memoria, La biblioteca y Política y literatura. Además, se citan algunos de sus encuentros con el autor de El Aleph, de hecho, el libro “se cierra con una entrevista inédita a Borges encontrada entre los papeles de Piglia, depositados en la Universidad de Princeton, de la que fue profesor”, informa Dobri.
Piglia ubica a Borges bajo la influencia de sus dos genealogías. Por una lado, la paterna “de la que deriva la vocación de saber (la biblioteca, emblema borgeano por excelencia) y su anglofilia, que lo apartó del tradicional afrancesamiento hispánico”. Por el otro, la materna lo cita a verse como un aristócrata empobrecido descendiente de militares y padres de la patria. De esta segunda rama puede que proceda su atracción por los géneros populares, como la gauchesca, según Piglia, porque no parecía previsible que un escritor tan exquisito se sintiera atraído por ella, así como por “el tango, las películas de Hitchcock y no las de Dreyer o Bergman, y los escritores menores (H. G. Wells, Chesterton, Stevenson, Kipling) a pesar de su muy temprano reconocimiento de la importancia de Joyce, de cuyo Ulises tradujo algunas páginas en 1925”.
¡Ah, el Ulises!… otra novela que terminó con la novela como la conocíamos, y así hasta la próxima revolución del género.
E. Huilson
Posdata
Por no sobrepasar la extensión de estos resúmenes no podemos cumplir con la intención inicial de reseñar el elogioso artículo que Luis María Anson dedica al libro que ha escrito Pablo Iglesias, Enemigos íntimos, del que textualmente afirma: “es un libro muy bien y claramente escrito”. Debe ser por ello que se lamenta de que Pablo Iglesias aborrezca las creencias religiosas, “es agnóstico, es revolucionario, es republicano, es de ultraizquierda… Pobrecillo… con lo inteligente que es, lo buena persona que es, lo culto que es, lo razonador que es”. Anson es así de generoso, puede ver en Pablo Iglesias un Orlando Figes como en su momento a Isabel San Sebastian como una Marguerite Yourcenar de Pozuelo de Alarcón.
