Semanario Cultural

Faciolince en Ucrania: azar y tragedia

El colombiano Héctor Abad Faciolince contó en El olvido que seremos la muerte de su padre a manos de unos narcotraficantes, una magistral novela que lo catapultó como escritor. No quería que el olvido enterrara el recuerdo de su padre y de su propia vida junto a él. Esa lucha contra el injusto olvido la retoma en Ahora y en la hora para relatar cómo el azar le salvó la vida en Ucrania, pero no de la tragedia de ver morir a la escritora Victoria Amélina con la que compartía mesa en una pizzería de Kramatorsk, cerca del frente sur de la guerra. Murió por el impacto de un misil ruso en el local donde se encontraban, que segó la vida de otras doce personas. Faciolince había viajado al país con motivo de la traducción de El olvido que seremos al ucraniano, que por la pandemia primero y la invasión rusa después se había ido retrasando. A pesar de ello, como explica Antonio G. Maldonado en El Cultural, el colombiano no perdió de vista el interés por lo que ocurría en Ucrania, país y causa que siguió defendiendo en columnas y otros foros, especialmente en América Latina. “Algo de especial mérito teniendo en cuenta la actitud tibia, cuando no prorrusa, de muchos dirigentes latinoamericanos”. De hecho, y como cuenta en el libro, ese activismo le distanció de no pocas personas. En 2023, finalmente pudo viajar a Ucrania junto al activista también colombiano Sergio Jaramillo. En la pizzería donde iba a tener lugar la tragedia, compartían mesa con ellos, además de Amélina, la reportera Catalina Gómez y el ucraniano Dima Kovalchuck, chófer y guía del grupo. 

Héctor Abad Faciolince (F: Emanuel Zerbos/Instituto Cervantes)

El azar dispuso que la metralla del misil hiriera a Amélina y no a Faciolince porque un poco antes éste había pedido cambiar de sitio pues con el Covid perdió audición por un oído. Quería escuchar mejor a sus interlocutores por el oído bueno, y fue Victoria Amélina quien se prestó a cambiar de sitio. 

“El azar fue siempre para los griegos uno de los ingredientes de la tragedia” escribe en Abc Cultural J.M. Pozuelo Yvancos, en la reseña de la novela, de la que señala que “no es únicamente la crónica fiel de unos hechos, es también una catarsis, ese fin primordial de toda tragedia, como purga del ánimo y prevención del mal por venir, y por último un ingrediente que le proporciona su dimensión única: la culpa”. Y no duda en calificarla de “obra maestra, su segunda obra de tal dimensión estética-literaria”, en la que los lectores encontrarán “dicho por sus protagonistas víctimas, la denuncia de las mentiras de Putin, y su salvaje dictado del imperialismo de la que él denomina gran Rusia que no se resiste a dejar de ser la Unión Soviética”. Así como referencias a una serie de autores ucranianos, Gogol, Joseph Roth, Conrad o Vasili Grossman, que en Vida y destino dejó testimonio del exterminio del pueblo ucraniano durante el estalinismo.

Dolor por la muerte ajena

Victoria Amélina (Wikipedia)

Otro ingrediente de esta novela, como crónica individual y literaria, tiene que ver, explica Pozuelo Yvancos, con la literatura como necesidad, “pues las historias individuales deben contarse. Lo hicieron exiliadas dos descendientes de ucranianos en América, como Clarice Lispector o Alejandra Pizarnik, pero emocionan igual las dos jóvenes, traductora y editora de El olvido que seremos al ucranio, que con poco más de veinte años emprendieron una pequeña editorial de textos en español”. Hay en esa crónica de la literatura como opción y esperanza una lección emocionante y generosa, y también una reflexión, apoyándose en Epicuro, sobre el dolor de la muerte de los demás. “Una vez más entrega Abad Faciolince un libro que sobrepasará sin duda el tiempo y vencerá al olvido”, concluye el reseñista. 

Es el recuerdo en busca de un modo de inmortalidad. Faciolince, en un momento del libro, recuerda al padre de Victoria Amélina, con quien sigue manteniendo contacto: “La inmortalidad debió inventársela un padre que perdió a su hijo, me digo. Un pobre hombre loco de tristeza, inconsolable, al fin encuentra un poco de paz y de consuelo si se ilusiona con la idea de la supervivencia después de la muerte”.

Indómita Maruja Mallo

Ana Rodríguez Fischer (F: Elena Palacios/Ediciones Siruela)

De la artista Maruja Mallo ya se habló en otras páginas de este Patio (las dedicadas a la pintura, no por ello menos interesantes que éstas) con motivo de la exposición de su obra en la Bienal de Venecia de 2022. Llega ahora a las librerías de la mano de la escritora Ana Rodríguez Fischer Notre Dame de la Alegría, no exactamente “una biografía canónica, sino un recorrido por sus ideas, anhelos y concepción del mundo”, según la define Eva Cosculluela en Abc Cultural, para lo que la autora ha elegido “una voz narrativa desnuda, íntima y feroz, que raspa y deja huella. En una poderosísima primera persona, el relato se convierte en una exploración de la identidad, la creación y el sentido último de la memoria (…) una voz que emparenta la novela con Woolf, pero también con Benet o Marías”, y que se adentra más por los territorios de la conciencia que de la acción.

Se devuelve así, en la voz a Maruja Mallo, a “una artista tan brillante como olvidada durante mucho tiempo”. Recuerda, postrada en la cama de un hospital, “con la mirada crepuscular de quien sabe que su tiempo se acaba”, y explica quién fue, desde la niña que nació en la noche de Reyes y creció fascinada por los olores y colores de los mercados gallegos a la estudiante de Bellas Artes a quien aburren los cánones formales:  “la joven artista que deslumbra a Lorca, Dalí o Buñuel; la amante de la luz, la alegría y las verbenas; la mujer que huye de la barbarie, la que regresa cuando ya no la recuerdan y se niega a ser olvidada; la mujer que supo habitar la vanguardia con una intensidad única”, escribe Cosculluela. 

Maruja Mallo

No se trata de una versión idealizada de la artista, pues Rodríguez Fischer también da cuenta de sus aristas, luces y sombras. Se cuenta cómo escandalizaba con su irreverencia, llegando a ganarles a Alberti y a Buñuel en un concurso de blasfemias, o como una orgullosa que busca la trascendencia: “¡Sigo siendo la gran Maruja Mallo! Para eso trabajé duramente: para ser una de las aventuras más fascinantes del arte español contemporáneo”. 

Un libro bien documentado que permite a la autora reconstruir la época, “sin que la erudición lastre el ritmo de la obra”, así como delinear el retrato de una España fracturada que expulsó y borró a muchos de sus intelectuales, escribe la reseñista. Un libro, en definitiva, que reivindica a una mujer libre y vitalista, una artista rebelde “que hizo mucho más que formar parte de la vanguardia: la vanguardia era ella…”

La obediencia como patología

Sarah Bernstein (F: Alice-Meikle/Editorial Les Hores)

Manual para la obediencia, la última novela de la canadiense Sarah Bernstein, tiene como inspiración la frase de otras pintora, en este caso portuguesa: Paula Rego. En una retrospectiva sobre la pintora, Bernstein vio en una pared de la galería escrita la siguiente frase de la artista: “Puedo cambiar el juego y hacer lo que me plazca. Puedo hacer que las mujeres sean más fuertes. Las puedo hacer obedientes y homicidas al mismo tiempo”. 

La cita la utiliza la canadiense (asentada en Escocia) a modo de epígrafe en su novela, que fue finalista del Booker Internacional, porque le fascinó “la idea de que la obediencia y el asesinato pudieran considerarse al mismo tiempo, incluso equipararse”. De ahí partió su planteamiento: Qué pasaría si la obediencia, que es una cualidad pasiva y suele considerarse una característica femenina, tuviera autonomía, qué sucedería si la obediencia llegara a su extremo más patológico, más extremo”. 

La comunicación no siempre garantiza la comprensión, dice Bernstein, y algo así le ocurre a la narradora en primera persona de la novela, que no entiende la lengua que hablan los habitantes del pueblo donde vive su hermano, generándose una brecha insalvable: “No nos gusta admitirlo, pero las historias que contamos, incluso cuando parecen sencillas, pueden ser malinterpretadas por nuestros interlocutores. No podemos garantizar una comprensión compartida, es un acuerdo muy delicado el que tenemos entre las personas. Esta realidad es muy frágil, muy frágil”, le explica a Inés Martín Rodrigo, en Abril, la canadiense. 

Cuenta que para ella escribir es una herramienta en busca de sentido cuando las cosas, los hechos, las vidas, parecen carecer de él, lo que la lleva a indagar en otras maneras de expresar la experiencia, “porque creo que muchas personas, entre ellas yo, no experimentan la vida de forma lineal, mucha gente tiene una experiencia del presente mucho más fragmentada o circular”.

La novela cuenta la historia de una mujer joven que se muda a un país remoto para ser el ama de casa de su hermano, abandonado por su esposa. Con su llegada coinciden una serie de acontecimientos extraños, como una histeria colectiva bovina, la muerte de una oveja con su cordero a punto de nacer, el embarazo psicológico de una perra, la extraña contención de las aves domésticas y una plaga que arrasa las plantaciones de patatas. Lo lugareños sospechan de ella y se la acusa de algo que desconoce en un idioma que no entiende. La hostilidad va en aumento hasta que los vecinos asedian su casa: “¿Hasta dónde serán capaces de llegar?”.

En El Confidencial ya habíamos leído una crítica elogiosa de la autora y su último libro. Con cierta ironía, habitual en sus artículos, Alberto Olmos escribía: “Bernstein es una autora que, por lo que sea, escribe como Thomas BernhardManual para la obediencia es un libro tan fabuloso que venderá por lo menos trescientos ejemplares. Sus apenas ciento cincuenta páginas se leen como si fueran dos o tres mil; son densas, inteligentes, abrumadoras”. 

Ese imbécil… de Millás

Juan José Millás (F. Flortenciac/Wikipedia)

No a todo el mundo le hace gracia Juan José Millás, y tampoco toda la crítica se muestra rendida a su imaginativa “fabulación de la extrañeza”. Ya nos hicimos eco en estas páginas de algunas críticas más o menos elogiosas de Ese imbécil va a escribir una novela, en la que aborda “por enésima vez los característicos problemas de toda su obra”, según escribe Sanz Villanueva en su reseña para El Cultural

El carácter de pretexto del argumento –la redactora jefe de un periódico encarga a un Millás ficticio un reportaje– “da lugar a un desfile de ocurrencias eslabonadas, de chispazos inventivos, de paradojas entre sorprendentes y provocativas, de muestras de una imaginación poderosa, de ejercicio libérrimo de la fantasía, de brillantes creaciones lingüísticas, en fin, de un discurso tan libre como caprichoso y gratuito”, escribe el crítico en su reseña. 

Pero a la vez, considera que no se logra unificar una trama convertida en un “saco sin fondo de materiales”, por lo que el conjunto de la novela resulta “un puro cultivo de la artificiosidad”. Solo salva Sanz Villanueva las referencias a la vejez, “que sí suenan a comunicación sentida y veraz”. Pero el peso del artificio, imaginativo o verbal, sigue impidiendo que Millás consiga ser el potente “fabulador de la extrañeza” de la que hablara el crítico y profesor Gonzalo Sobejano, ese fabulador que prometía en sus inicios y no acaba de cuajar. Sanz Villanueva dixit.

E. Huilson

2 comentarios en «Faciolince en Ucrania: azar y tragedia»

  • Interesantísimo. Quizás lo de Maruja Mallo escrito por Fischer entre en breve en mi biblioteca.Vamos a ver…
    Salud!

    Respuesta
  • Si ‘Ahora y en la hora’ es tan bello como ‘El olvido que seremos’, para mí es obligatorio tener ese libro de Abad Faciolince.

    Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *