‘Casos reales’, una visión del alma humana

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Para construir este muestrario de comportamientos poco ejemplares que es Casos reales, la dramaturga y escritora Jasmina Reza recorrió durante 15 años tribunales de justicia de distintos lugares de Francia asistiendo a procesos donde se juzgaba a asesinos, violadores o abusadores de ancianos, por poner algunos ejemplos, casos que permiten descubrir otros rostros de la naturaleza humana. Varios suplementos publican reseñas de este libro singular.
Veamos alguno de los casos, como este de un tal Hubert que resume Alberto Gordo en su crítica para El Cultural. Hubert fue condenado por el asesinato de cuatro personas y el descuartizamiento de los cadáveres. Era el menor de cuatro hermanos; su madre, alcohólica y violenta, pegaba a su marido y a sus hijos, de la mañana a la noche. Su adolescencia no fue feliz, sin éxito con las chicas, hasta que conoce a Lydie y los dos se mudan a una granja. Lydie también padeció una infancia de abusos y maltrato. Hubert empieza a desarrollar un trastorno mental. Oye voces, pierde el trabajo. La pareja se obsesiona con que la familia de ella les oculta una fortuna inexistente, que solo está en su cabeza. Obsesionado, Hubert acude una noche a casa de su cuñado y lo mata; a continuación hace lo mismo con su mujer y sus dos hijos.

“El problema de los bofetones, dijo Hubert frente al tribunal que le juzgó, no era la cantidad, sino que eran traicioneros, imprevisibles”. Un detalle en el que fijó su atención Reza durante el juicio y le lleva a la siguiente reflexión: “El hombre ha sido absorbido por un sistema cerrado que convierte cada interrogante en certeza y que no deja pasar los matices de la realidad. Todo lo agrede, todo conspira para hostigarlo”.
La lista de casos es sorprendente. Patricio Pron, en Babelia, los enumera: Inmigrantes racistas. Un presentador de talk shows que exigía fotografías íntimas a sus fans menores de edad. Camellos. Un peluquero a domicilio que tiende una trampa al amante de su mujer cinco años después de que ésta se ahorcara. Un desempleado que envenenó a su casera… y cuidadoras de ancianos que tal vez hayan abusado de ellos, una auxiliar de enfermería que asesinó a su marido con una escopeta, mujeres a las que alguien humilló alguna vez por haber estado gordas y porque les gustaban las otras mujeres. Un expresidente francés (Sarkozy) acorralado por la justicia.
Casos contra personas que, según Pron, “la autora observa desde el fondo de la sala, sentada en los bancos que suelen destinarse a los curiosos y a los que no tienen nada que hacer. Un poco a la manera del Emmanuel Carrère de El adversario y de V13, pero sin el narcisismo de su colega francés y de muchos de sus imitadores, Reza asiste a los juicios como quien va al teatro, y esto a pesar de que sabe que en ellos `todo es signo´ y que —como en el teatro, en ocasiones— hay mucho en juego, prácticamente todo”.
Y mientras narra estos Casos reales aprovecha para intercalar “miniaturas acerca del paso del tiempo, la amistad, las familias, la Navidad, el cabreo expresivo de los italianos, las muertes imprevistas y los duelos que les dedicamos”. Y también para recordar a algunos de sus amigos que ya fallecieron: Imre Kertész, Roberto Calasso, Bruno Ganz, o Kundera.
Palabras desde el temor que se pierden

Un libro “ligero y entretenido”, concluye Pron, que podría pasarse por alto, pero “dice cosas importantes y funciona como una carga de profundidad, sobre todo cuando el lector vuelve, días después de la lectura, sobre lo que su autora insinuó en él y no dijo, sobre lo que mostró pero no juzgó (…) un libro necesario en tiempos en los que nada es más necesario que ver en el del otro nuestro propio rostro”.
Casos reales, escribe Mercedes Monmany en Abc Cultural, “encapsulaba al microscopio, con una sabiduría deslumbrante, detalles, gestos, enigmas y palabras que jamás se pronunciarían y que escaparían a la comprensión tanto de un tribunal profesional como a la de un público y familiares de los acusados, muchas veces sobrepasados”. Son historias ordenadas y cronológicas que hacen comprensibles “palabras camufladas en momentos de parálisis atemorizada ante fiscales, jueces, abogados no pocas veces estupefactos ante brotes de violencia inexplicable o bien delitos perfectamente calculados ya sea de envenenamiento, de venganza mafiosa, de latrocinio o de tráfico de influencias en el mundo turbulento de la política”.
En definitiva, Jasmina Reza (autora de obras teatrales como Arte o Un dios salvaje) transforma la crónica judicial, como ya hizo con la crónica política en un libro sobre la financiación libia de la campaña de Sarkozy, en material literario de primer orden –observa Gordo– “pero sin elevarla ni ennoblecerla”.
Distancia de fuga, una novela al estilo Ronney

La escritora española Cristina Araújo Gámir, que obtuvo en 2022 el premio Tusquets con Mira esa chica, una historia que tenía como trasfondo el “caso de la manada”, acaba de publicar su segunda novela, Distancia de fuga, de temática muy distinta, una exploración de la “intensidad emocional de la juventud”. Así la define Andrés Seoane, en la entrevista que publica en La Lectura con la autora, afincada en Alemania desde 2011. Cuenta Araújo que la novela comenzó a escribirla a los 19 años, pero la abandonó. Era una historia de dos hermanos peleados a partir de una experiencia traumática. Al retomarla, explica, la cambió para convertirla en una historia de amor. La novela narra “el intenso enamoramiento de Theo, un joven introvertido y sensible, siente por Frances, la hermana de su amigo Robin, en un idílico verano en una villa italiana”. El problema para la escritora era cómo convertir una historia normal en una histórica épica al estilo de las novelas clásicas, cuenta. Pues complicándoles la vida, pues a estas alturas del siglo una pareja de veintitantos años no tiene obstáculos para vivir su amor. Y la complicación vino haciendo a la chica una actriz famosa (con guiños a Juego de tronos) y al muchacho concentrado en un doctorado en Filosofía. De este modo introduce a Heidegger, Kierkegaard o Hegel mediante las reflexiones del joven Theo para explicar lo que le ocurre.
En Babelia, Jordi Gracia observa en esta novela de Araújo una “sintonía narrativa” con Sally Rooney a través de esas “investigaciones inmersivas en los pliegues íntimos, las indecisiones, los errores garrafales y la impotencia de ser de otro modo, saberlo y no saber salir del enredo”. Y confiesa el crítico, a modo de elogio, “haber vivido como entre paréntesis mientras leía, con la confianza ganada y la demorada curiosidad por ver evolucionar a ese muchacho con poca resolución, algo de ironía y fantasías de escritor en ciernes, y a esa mujer triunfal, egoísta y desgraciada incapaz de salir de un laberinto del que apenas ha podido controlar nada real (o casi, porque la realización de un documental sobre su madre y la eutanasia llevan dentro una forma de redención quizá efectiva). Yo me los he creído, me he quedado ahí metido, entre los murmullos de sus conciencias y los apuntes distanciadores de una narradora singularísima”.

Una escritora más que solvente
Por su parte, en Cultura/s, Mey Zamora explica que la novela también homenajea a esos relatos que han sido tan bien plasmados cinematográficamente, como Retorno a Brideshead: “Sus ecos resuenan en la creación de ambientes, la Villa, la residencia universitaria, los viajes, las fiestas… a lo Scott Fitzgerald (…) En estas páginas se aborda el trastorno alimenticio, las adicciones, los problemas de salud mental, el suicidio asistido, el precio del dinero fácil, la mercantilización de la cultura o la exposición mediática”. Temas que funcionan bien en la novela, que compara con una orquesta bien dirigida “donde la narradora alza con autoridad la batuta. Araújo es una directora que maneja muy bien los tiempos –son ocho años de hechos y recuerdos–, que se permite apartes (`no perdamos el hilo´, `desvelémoslo ya´, `no hagamos dramas…) y reflexiones con humor que establecen un clima de gran complicidad con quien lee y, casi, escucha esta historia”.
Editores/escritores
Hemos citado últimamente en estas páginas al editor Enrique Murillo a cuento de su interesante libro Personaje secundario en el que cuenta vivencias profesionales en el mundo editorial. Ahora, otro destacado (y respetado) editor, Constantino Bértolo, publica el suyo propio: El arte de rechazar manuscritos, que lleva como subtítulo ¡Miénteme! Dime que me publicas. Lo reseña en Abril Tino Pertierra, que empieza diciendo del autor que “no se entendería la historia de la literatura española de las últimas décadas sin la figura de Constantino Bértolo, crítico de los que dejan huella y editor que marcó una época de audacia, rigor y devoción por la alta calidad y por el descubrimiento de voces nuevas”. Bértolo reflexiona en su ensayo, “tan breve como bravo, sobre un oficio de tinieblas y luces al que el autor se dedicó con pasión concienzuda y visionaria”.

Al editor, que dirigió Debate entre 1990 y 2003, lo entrevista en El Cultural Nuria Azancot con motivo de la publicación del libro. En las respuestas expone Bértolo algunas ideas sobre el oficio. Resumimos algunas de estas reflexiones:
(Sobre el auge de la edición digital) Hoy ya hay muchísimos más textos “editados” en la red que en la edición tradicional. Y sin duda la mera expansión cuantitativa acabará por producir transformaciones en el concepto de cualidad que, al fin y al cabo, siempre ha mantenido fuertes relaciones con la escasez como productora de valor. Sin embargo, y paradójicamente, la explosión digital ha venido a reforzar y acrecentar el “aura” de la edición en papel al amplificar su distinción, su “diferencia”.
(Principales cambios en la edición en lo que va de siglo) Tres, diría, fundamentalmente relacionados con el tema de la rentabilidad. El primero tuvo lugar a principio de la década de los noventa del siglo pasado: hasta ese momento, en la valorización de una empresa editorial, los libros en almacén se consideraban un activo. Con la llegada, vía inversiones extranjeras, de una contabilidad más severa, lo que hasta entonces era cuantificado como activo paso a ser pasivo. El segundo fue el surgimiento de la llamada “preventa”, un sistema que permite, a través de la red comercial, anticipar la demanda de los títulos programados. Esto facilitó que la función marketing interviniese cada vez con mayor peso en la configuración del catálogo, poniendo en cuestión la competencia más propia del editor: la selección de textos. La distribución, los pies del negocio editorial, se convierte así en su cabeza. Finalmente, la expansión de las redes y del espacio digital está propiciando transformaciones tan radicales como la aparición de la Editorial-Nube y del Autor-No propietario.

(desatención a la formación de los lectores) Los libros, todos, y los literarios muy especialmente, siempre forman y deforman a los lectores y lectoras. Algunas editoriales, pocas, desde la responsabilidad de quien debe velar por la salud semántica de la sociedad, mantienen esa pretensión. Pero me temo que hoy ese propósito sería descalificado como adoctrinamiento. La buena literatura enseña a esperar. La mala literatura tiene prisa. Un buen libro nos entrega el placer de la paciencia, que viene a ser, a su modo, el erotismo intelectual de la lectura. Ese tempo en el que el placer brota y se hace calma.
(saturación editorial) Lo malo no sería el todo vale sino el todo vale lo mismo. Al respecto, y como hemos abordado, la edición tradicional, en papel, mantiene todavía su capacidad de otorgar diferencia y prestigio, como ese Salón del Gourmet, dentro de un Gran Hipermercado. El mercado del libro literario es un mercado bastante singular porque no es el precio, el PVP, el que jerarquiza su valor sino “el aprecio” y, en la construcción de esa distinción, el sistema editorial tradicional, con sus diferentes jerarquías, sigue siendo un elemento decisivo.
(recomendaciones a un escritor que le rechazan un manuscrito) Le recomendaría perseverancia, que cambie de título y acaso de nombre y vuelva a mandar otra vez su manuscrito a las mismas editoriales. El azar también forma parte del destino.
(vigencia de la literatura como lugar de trazos religiosos) Hoy la nueva religión es la lista de libros más vendidos: el Papa, supongo que David Uclés o Javier Cercas; la curia, la crítica en su conjunto; los monaguillos, los influencers. El diablo ya no existe. Según leo en los suplementos culturales, cada fin de semana aparecen media docena por lo menos de obras maestras. La banalidad del bien es el mal de nuestro tiempo.
¡Palabra de Bértolo!
E. Huilson
