Woody Allen nos lleva a la ópera

Una de las cualidades –que son muchas- del cine de Woody Allen es la capacidad que tiene para envolver sus argumentos con bandas sonoras que atraen la atención del público, casi tanto como las escenas que se proyectan en la pantalla. Personajes, ambientes, paisajes, diálogos están vinculados a la música, y ésta protagoniza, de alguna manera, la escena con toda la carga y simbolismo que representa. Se comprende mejor el argumento, a los personajes, las escenas, los planos o las secuencias si la música que los acompaña es la adecuada. Y siempre es la adecuada. Para eso, Allen es un lince.
Como estamos acostumbrados a que la vida de los personajes de las películas del cineasta norteamericano transcurran en su Nueva York natal (en noviembre cumplirá 90 años), el jazz, el blues o el swing acompañan a los protagonistas como si de familiares próximos o amigos íntimos se tratara y de los que no puedes ni debes desprenderte, porque tu personalidad depende de ellos.
En el año 2005, Allen hace las maletas y se traslada a Londres para rodar Match Point. Y, como no podía ser menos, en su baúl viaja la música adecuada.
La película gira en torno a un triángulo amoroso que termina en tragedia. Los personajes no son los neoyorquinos a los que Allen nos tiene acostumbrados: forman parte de una élite burguesa, nuevos ricos europeos que presumen de este estatus con manifestaciones culturales superficiales. Y una de ellas, tal vez la más proclive al postureo, es la ópera. El director lo sabe y, a partir de ahí, construye una banda sonora llena de simbolismo y de mensajes encriptados, sólo para espectadores muy versados. Pero la historia le sale tan bien que disfrutan de ella todos, aunque se desconozca de qué va el juego.
En Match Point, la ópera es el alma mater de la narración. Los personajes asisten a las representaciones, nada menos que en el Covent Garden londinense, una de las salas consideradas el olimpo de música culta de todo el mundo. Pero las arias que se escuchan a lo largo de la cinta no sólo se representan en el escenario del emblemático recinto, sino que jalonan escenas, formando parte imprescindible de la trama.
Todas las óperas elegidas por Woody Allen para la película tienen como trama principal la tragedia y la muerte. Lo mismo que la película. Todas, a excepción de una, son óperas italianas. Nada de Wagner o Richard Strauss, mucho más difíciles de digerir para ese público aficionado, muy corrientito en cuanto a gustos operísticos, como son los personajes que protagonizan Match Point. Van a la ópera porque siendo británico y rico, hay que ir, aunque no te enteres de nada. Y para eso, el catálogo de óperas italianas es mucho más digerible.
Y cada aria que se escucha tiene su simbología. Allen no las ha escogido al buen tuntún. Una simbología que engarza perfectamente con la trama que nos está narrando.

Se escucha Una furtiva lagrima, de L’ Elisir de Amore, de Gaetano Donizetti. En ella, Nemorino, un campesino paleto y poco menos que analfabeto, consigue que Adina, una rica hacendada, también procedente del mundo rural, se fije en él. Derrama lágrimas de alegría. En el film, Nola, sin futuro, sin dinero, consigue el amor de Chris, un emergente y próspero asesor de inversiones que tiene un magnífico futuro empresarial, de la mano de su suegro.
También escuchamos Un di, felice, etérea, aria de La Traviata, de Verdi. La escena recoge a Alfredo, el protagonista, confesándole su amor (amor prohibido) a Violeta. La ama desde el día en que la vio, hace un año, dice. Nola y Chris se confiesan amor a escondidas. Y a escondidas se aman, como los personajes de Dumas.
También escuchamos Guatier Maldè, de Rigoletto, otra ópera verdiniana. En el aria, Gilda, la hija del bufón Rigoletto, se rinde a los amores del malvado y donjuanesco Duque de Mantua. No sabe Nola lo que le espera con semejante donjuán.
O figli, o figli mei, aria de Macbeth, también de Verdi, recoge el vaticinio de las brujas: Macbeth no morirá a manos de hombres. Chris, tampoco. Pero en el bosque, Macduff, otro de los personajes de la tragedia, conoce la muerte de sus hijos, provocada por Macbeth. Nos está dando pistas sobre el final de la tragedia.
Hay una ópera que no es italiana. Se escucha la Romanza de Nadir, de Los pescadores de perlas, de George Bizet. Y ¿por qué esta inclusión? Porque la trama que ideó el músico francés trata de un triángulo amoroso que se desarrolla en el oriental escenario de Brahma. Hay triángulo, dos hombres y una mujer. En Match Point, también, pero los géneros invertidos: dos mujeres y un hombre. Hay muerte, la de Zurga, uno de los lados del triángulo. Aquí, la hipotenusa que paga el pato es Nola.
Y dos personajes que representan el valor de la ópera bufa, para que no quede ningún resquicio de discriminación: los dos policías de Scotland Yard que no se enteran de nada.
Gabriel Sánchez
Enrico Caruso canta Mi par d’udir ancora de la ópera Los pescadores de perlas, de Bizet:
Una futiva lágrima, de L’ Elisir de Amore de Gaetano Donizetti con imágenes de la icónica película de Woody Allen:
