Semanario Cultural

El viaje novelado de Javier Cercas con el Papa

En un debate celebrado hace 15 años en la Casa de América, Javier Cercas defendía que el escritor tenía la obligación ineludible de acercar al lector a una problemática de la mejor forma posible y conseguir que se entere de qué sucedió, quiénes lo hicieron y por qué. Y ponía como ejemplo que si un lector en Suecia no lograba enterarse leyendo Anatomía de un instante (publicada 2009) de quién era Adolfo Suárez o el Rey Juan Carlos I, el libro habría fracasado. Y añadió que las historias, al ser contadas, sin diferenciar el género, siempre tendrán una cuota de invención. 

Cercas ha venido siendo fiel a esa obligación en su obra posterior, y por lo que leemos en las reseñas también en su último libro, El loco de Dios en el fin del mundo, donde narra su viaje junto al Papa Francisco a la lejana Mongolia. 

Javier Cercas (Fuente. RTVE)

Escribe en la crítica publicada en Abc Cultural José María Pozuelo Ivancos: “Esta no novela, o novela sin ficción, solo podría haberla escrito Javier Cercas. En primer lugar, por eso, por la lucha respecto del género. Como pasamos tanto tiempo discutiendo si Anatomía de un instante era novela no merece la pena seguir con ello al abordar esta crónica real de un viaje real, en compañía de personajes reales. Que el viaje y la compañía real sean el Papa Francisco (Jorge Bergoglio), que lo sea al fin del mundo (Mongolia) y que haya sido escrito por un ateo que termina trazando la más entusiasta hagiografía que de un Papa podría haber sido escrita por nadie, es lo que convierte este libro en singularmente espléndido”.

A continuación, el crítico explica que mientras leía el libro iba pensando en que parecía algo diferente a la literatura, que poco tenía que ver con el resto de los libros de Cercas, “hasta que, luego de meditarlo, he visto que no. La apariencia dice que no es literatura, y que observar a un Javier Cercas intelectual ateo, y de izquierdas, entregado con entusiasmo casi infantil a un personaje religioso, creyente, argentino (pero modesto) tampoco parecía verosímil. Es más, si me lo cuentan sin haber leído el libro no me lo creo”. Y a esa declarada incredulidad (qué ajustada palabra para un tema como este) añade: “No cometeré la injusticia de emitir un juicio no literario. Solo diré lo que literariamente me parece, que es además lo que corresponde en una crítica de un suplemento cultural”. Y a partir de tal declaración, el reseñista ofrece algunas valoraciones “literarias”, como esta de que en el centro de toda la literatura de Cercas y en el origen de toda novela se halla la pesquisa, “hay una pregunta que mueve una pesquisa para su respuesta. En eso no se diferencia en nada El loco de Dios en el fin del mundo. La pregunta es la que necesita trasladar a su madre, católica acérrima, y cuya respuesta en cierto modo es el origen de todo: ¿hay vida tras la muerte? ¿Tenía razón Martin Heidegger al definir al ser humano como un ser para la muerte, o tenía razón la madre de Javier Cercas quien tenía seguro que en el más allá se iba a reunir con su marido, a quien estuvo unida con un amor radical?” 

Para obtener una respuesta inicia un recorrido que, literariamente, es un ensayo dialógico, “pues casi todo el libro son diálogos, primero con los que llama soldados de Bergoglio, intelectuales, un cardenal, editores, vaticanistas, con los que conversa en la primera parte del libro, que por momentos sufre un pequeño bache narrativo, por resultar algo repetitivo”. En esos diálogos aparecen también “las dudas del loco de Cercas sobre los males de la Iglesia”, y busca respuestas a algunas preguntas incómodas sobre pederastia, la complicidad de la Iglesia con el poder, el celibato, el escaso lugar de la mujer etc.

En su diálogo con algunos misioneros que conoce en Mongolia es, según Pozuelo Yvancos, “cuando Javier Cercas se entrega ya del todo. También en la conversación con Francisco sobre la gran pregunta que esta reseña no debe resolver. Porque no debe contarse el final de una película. De poco sirve discutir sobre este libro fuera de esta estructura de indagación. Como toda buena novela corre al encuentro de personajes que siendo reales parecen de otro mundo. En tal cosa radica el rabioso interés literario de este libro”. 

¿Libro de encargo?

En la crítica que firma Juan Marqués en La Lectura se deja abierta una sospecha cuando dice que “no da igual si este libro es de verdad un encargo del Vaticano (porque, si lo es, alguien tan meticuloso y franco como Cercas olvida aclarar cuánto le pagaron), porque eso condicionaría la lectura. Y el hecho de que la última frase del epílogo esté consagrada (nunca mejor dicho) a agradecer la `verificación de datos´ a Andrea Tornielli, uno de los implicados, ¿implica que el Vaticano tenía que dar su nihil obstat al resultado final?”

Y cree Marqués, tras declarar que ha disfrutado leyendo el libro, que el Vaticano, con el beneplácito o no de Cercas, “se ha servido del escritor para hacer un poco de propaganda a través de un lavado de cara probablemente previsto antes de que decidieran a quién le propondrías acometerlo”. 

En Babelia, Domingo Ródenas de Moya cuenta que en la primavera de 2023 el responsable de la editorial del Vaticano había invitado a Cercas a escribir un libro sobre ese viaje del Papa a Mongolia “y el escritor ateo y anticlerical —como advierte en la nota inicial— vio la ocasión de brindarle a su madre la certeza, avalada por el mismo Papa, de que tras la muerte se reencontraría con su marido”. A partir de ahí, la inmersión mediante diálogos en la Iglesia romana y en la de los pobres, en los principios doctrinales y en la esclerosis institucional hace del libro un reportaje tan dinámico como poliédrico: “Los dos secretos de los que partía el libro obtienen su elucidación, y Cercas remata su magnífico libro friki —él lo califica así— con ayuda de Dios. O por lo menos de su vicario en la Tierra”.

En Abril, Ricardo Baixeras elogia la capacidad literaria de Cercas y su “apoteósico final”, al que augura “que sublevará tanto a la derecha como a la izquierda, demostrando por qué es un escritor indómito, inconveniente e inclasificable. Con toda seguridad”.

Y, por último, de la reseña de Joaquín Luna, en Cultura/s, nos ha gustado el comienzo: “Hay dos estados teocráticos en el planeta: el Vaticano y la República Islámica de Irán. Mientras los ayatolás animan a cortar el pescuezo a los escritores díscolos, aquellos invitan a autores ateos a conocerlos para que escriban libros”. Y confirma, como hacen los demás críticos, la aguda visión del Vaticano a la hora de publicitarse: “La invitación vaticana confirma que no tienen un pelo de tontos porque solo un descreído ilustrado –a la (manera de) Buñuel, ateo por la gracia de Dios– puede acercarse al misterio de la resurrección con curiosidad sana y dándole actualidad”. Pues, amén.

Desfile, otra novela de dudoso género

Rachel Cusk (La Librería de la Estafeta)

La escritora anglocanadiense Rachel Cusk se alzó el pasado año con el premio Goldsmiths, un galardón creado no hace muchos años con el objetivo de fomentar la ruptura de los moldes tradicionales de la novela para ampliarlos. Lo hizo con su novela Desfile en la que el jurado reconoce que la “experimentación, el perspectivismo y la fractura de la narrativa tradicional” la configuran. Si ya en la trilogía A contraluz, Tránsito y Prestigio, según señala Lourdes Ventura en El Cultural, Cusk desintegraba el desarrollo argumental para ofrecer una cascada de voces con relatos individuales, transmitidos por la misma narradora testigo”, sobre Desfile la crítica anglosajona ha dicho que la autora ha eliminado también a los personajes. Aunque sería al contrario, afirma Ventura, porque “ha creado una multiplicidad de protagonistas en torno al mundo del arte, y a cada uno lo ha llamado G. No hay relación espacial ni temporal entre los distintos G., pero se mueven entre la teoría del arte, la violencia, la identidad de las creadoras mujeres y los estereotipos machistas”, explica. Un ejemplo, en uno de ellos se cuenta que un hombre se ha suicidado después de ver la exposición de la artista G., lanzándose desde una galería de un museo. Una misteriosa narradora en primera persona mientras tanto acude a una cena en la ciudad donde ha tenido lugar el suicidio en la que “críticos, comisarios y la directora del Museo” conversan sobre el arte, una vez que se suspendió el debate en torno a dicha autora.  

A raíz de dos obras autoficcionales anteriores, Un trabajo para toda la vida, en la que aborda las penalidades de la maternidad y Despojos, un relato sobre su separación “Cusk se ganó muchos enemigos y también multitud de admiradores”. Ahora, sobre Desfile, se apunta como defecto que hay mucha reflexión artística, quizás demasiada, lo que ha llevado al crítico del New York Time Dwight Garner a afirmar que su discurso sobre el arte “es de plomo”, y que solo hablan así “los que se han criado entre la Tate Gallery y el Whitney”, con lo que la reseñista está en parte de acuerdo: “las preocupaciones intelectuales lastran la lectura; pero el mundo de Cusk abarca la originalidad del estilo y la reelaboración singular de los temas tratados”, por ello, concluye, es imposible no seguir pensando en algunas de sus reflexiones. 

Por su parte, el crítico de Abril Gonzalo Torné aprecia como tema de Desfile “los sabotajes y los autosabotajes de la creación femenina”, y lo describe como un libro que progresa despreocupado, más que indeciso, sobre su adscripción a la novela o la no ficción. “Como de costumbre, si las páginas son buenas, da igual”, escribe. Y a su juicio sí son buenas, por ejemplo, cuando aborda las obras de arte.  A pesar de su gran talento para la descripción, apunta Torné, “no se dedica a retratar con palabras las distintas obras de arte (error corriente de tantos novelistas) desperdiciando así la potencia y la sugestión plástica al confinarlas en unos párrafos átonos. Emplea las descripciones artísticas como disparaderos para el estudio de situaciones anímicas y vitales, con frecuencia violentas, saltándose así la necesidad de dar con un abordaje narrativo que sirva de andamio a sus ideas. Las imágenes nos conducen a las ideas”.

No lo ve así la crítica de La Lectura Aloma Rodríguez, que hace un par semanas despachaba la novela afirmando que “a pesar de las buenas intenciones, ideas interesantes y temas atractivos, Desfile es apresurada en la escritura, sin la finura y el brillo de otros libros anteriores de Cusk (…) El problema real es que no termina de quedar claro cuál es la novela que quería escribir”. Tres críticas, como se puede apreciar, muy diferentes.

Y además…

Enrique Vila-Matas (F: Toni Mateu / Artículo 14)

En Cultura/s el crítico J.A. Masoliver Ródenas repasa “la innovadora trayectoria” de Enrique Vila-Matas con motivo de la publicación de Canon de cámara oscura, novela de la que resalta “las interesantes reflexiones en torno a la creación literaria, en torno a la escritura y a la lectura”, y el escritor Ignacio Martínez de Pisón cuenta como Vila-Matas fue su primer amigo escritor tras conocerse en el cóctel del premio Herralde de Novela de 1985. Y relata como sus trayectos literarios los llevaban de barra en barra de bar: “Aquel Enrique era anticonvencional, afrancesado, irónico, elegante, original, descreído, brillante, algo excéntrico, enemigo de toda solemnidad (…) Si alguna vez había adoptado la pose de dandi como un capricho o una estrategia, ese dandismo lo tenía ya tan interiorizado que era inseparable de su persona y de su literatura.” Y termina Martínez de Pisón su artículo afirmando que, pasados los años y los libros, “el anticonvencional, afrancesado, irónico, etcétera, Enrique Vila-Matas, al que conocí hace cuatro décadas en un hotel que ya no se llama Colón, sigue, de un modo u otro, presente en todos sus libros posteriores, que parecen imaginados por algunos de esos shandys que poblaban las páginas de su Historia abreviada de la literatura portátil”. 

Eduardo Mendicutti (Instituto Cervantes)

En La Lectura entrevistan al escritor Eduardo Mendicutti, que acaba de publicar El fenómeno Minerva, su última novela. Mendicutti, que rompió “todos los techos de cristal como homosexual”, como recuerda su entrevistador, Javier Cid, habla de su vida en Sanlúcar de Barrameda, su añoranza de Madrid, y, siempre divertido, cuenta como le saludan cada día “miles de mujeres. Es una tortura. (…) Hay una señora italiana que me tiene hasta las narices. Un buen día se acercó diciéndome que me había visto en la terraza y que le había parecido un señor muy interesante. Y desde entonces todos los días se sienta conmigo. Cuando pasó lo de Luis Rubiales y Jenny Hermoso empezó a pedirme permiso para besarme en la frente, como si yo fuera una momia”. Más adelante se lamenta de la falta de interlocutores como en Madrid lo fueron sus amigos Boris Izaguirre y su marido, o la fallecida Almudena Grandes. “Saludarme me saluda todo el mundo, pero no tengo a nadie con quien hablar. Solo a la italiana esa de los cojones, que tiene 80 años, la tía. Y además se sienta”.

Y terminamos con un recuerdo: se cumplen 100 años de la publicación de la novela de Fitzgerald El gran Gatsby, un año, aquel 1925, en el que también vieron la luz títulos como Una tragedia americana, de Theodore Dreiser; Ser americanos, de Gertrude Stein y Manhattan Transfer, de John Dos Passos. También en 1925, William Faulkner recibió la noticia de que una editorial neoyorquina había aceptado el manuscrito de su primera novela, La paga de los soldados. De ello se da cuenta en un reportaje de Eduardo Lago publicado en Babelia.

De El gran Gatsby escribe Elena Hevia en Abril las razones por las que está considerada una obra maestra: “Porque es la gran novela americana en miniatura; porque es una novela de amor (o no); porque es la historia de una gran amistad (o no); porque es el retrato de los locos y felices años 20; porque idealiza una masculinidad nada convencional; porque prefigura todas las futuras tristezas de Fitzgerald… Y a partir de cada uno de los enunciados, Hevia va explicando su “porqué…” 

Puede ser el momento para su (re)lectura.

                                                                                                                 E. Huilson

Un comentario en «El viaje novelado de Javier Cercas con el Papa»

  • He leido las críticas del friki sobre Francisco…y se la respuesta a la pregunta de la madre del autor.No sé si comprar el libro…y darme una vuelta por Mongolia…

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