Demasiados libros

Librería Shakespeare & Company, París

Los libreros españoles se quejan de que las empresas editoriales no paran de enviarles novedades que luego apenas se venden y les atascan estantes y expositores. Lo dice un estudio presentado con motivo del congreso de libreros que han celebrado a finales de junio en el que se recogen cifras sorprendentes: se editan en España unas 15.000 novedades al año, de las que solo un 0,1%, apenas 15 títulos, venderán más de 3.000 ejemplares. De hecho, según el estudio, el 86% de los títulos que les llegan venden menos de 50 ejemplares al año. 

Sin embargo, el Barómetro de Hábitos de Lectura del Ministerio de Cultura registra en su informe referido a 2021 que un 52,3% de los españoles compraron libros (no de texto) en 2021, 0,6 puntos porcentuales más que en 2020. Una cifra que sigue creciendo, pues en el periodo 2011-2021 el porcentaje se ha incrementado en 10,7 puntos. Y se mantiene la librería tradicional como principal canal para la compra. Pero no todos los datos son tan positivos: el 35,6 por ciento de la población española no lee nunca. Y de los que lo hacen en formato digital (un 29,4% del total), solo el 43% paga por la descarga, el resto piratea que es un gusto.

Sirva este marco estadístico para algunas reflexiones sobre la abundancia de títulos de ficción (principalmente novelas), a la que asistimos cada año, cada mes, cada semana en nuestro país. Es lógico que ante tal avalancha de títulos la calidad escasee, y en ocasiones se escamotee, pero también es comprensible el argumento de muchas editoriales que dicen publicar libros “candidatos a bestseller” para poder hacerlo con obras de escritores con calidad literaria, de los que se sabe de antemano que venderán mucho menos. Compensan. Así se sostiene el negocio editorial, dicen. 

Por otra parte, los datos de más arriba contradicen esa malvada, por irónica, afirmación que pulula por el sector de que “hay en España más escritores que lectores”. No, claro que no es así, aunque los fríos números no despejen del todo esa sensación de que hay un bosque de títulos perversamente animado donde es muy fácil perderse. 

¿Cuáles son los peligros que acechan tras las 15.000 novedades, más allá de la tala de árboles? Pues, por ejemplo, que, según he leído a algunos libreros con experiencia, provoca una vida de los libros en las librerías cada vez más corta, con un trasiego constante de devoluciones, con un negativo impacto cultural, económico y ambiental que hará insostenible el actual modelo si además tenemos en cuenta que estamos inmersos en una crisis energética con visos de durar años. Por todo ello, se apela a buscar un modelo alternativo mediante un pacto de todo el sector.

Pero mientras los encargados de buscar ese nuevo modelo se ponen manos a la obra, fijémonos en la creciente oferta de obras de ficción, en la abundancia de nuevos escritores que se asoman cada año al mercado editorial tratando de hacer llegar sus historias al público. 

Creo que la lectura asidua lleva a un buen número de lectores, a ese tipo de lector atento no solo a tramas y argumentos, sino también a los “mecanismos de ficción” del texto que está leyendo, le lleva digo a en algún momento de su vida caer en la tentación de contar una historia, de ponerse a escribir un cuento o una novela. Ante la tentación, las respuestas pueden ser variadas. Alguno de los tentados recordará aquella diatriba de Chejov que dejó escrita en alguna de sus cartas y que circula por la red: “hoy escribe todo el mundo” –se lamenta en ella Chejov–. “Al primero que se le antoja se pone a escribir. Aquellos que tienen el alma más negra que mis botas, aquellos cuyo corazón no se creó en las entrañas de su madre, sino en una fragua, aquellos que tienen tanta verdad como yo casas, se atreven a penetrar en el camino de los elegidos, en la senda exclusiva de los profetas, de los que aman la verdad y odian el dinero”. Y desistirá de hacerlo, asustado por las palabras del maestro del cuento, no vayan a pensar que se ha colado de rondón por la “exclusiva senda de los profetas”.

Otra posibilidad es que el novato letra-herido, ante la tentación de ponerse a escribir, se desanime si por casualidad, en sus lecturas, da con estas palabras que Jules Renard escribió en su diario: “No serás nada. Por más que hagas, no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada.”

El efecto, como puede deducirse, no puede ser sino paralizador. Un título menos. 

Pero no todos los escritores consagrados se empeñan en asustar a los novatos. Si por un golpe de suerte, en la duda, el potencial escritor se encuentra con “La alegría de escribir”, el poema de la polaca Wislawa Szymborska que nos habla de que es posible crear un mundo mediante la escritura, todo puede ser distinto: 

¿Hacia dónde corre por el bosque escrito el corzo escrito?

¿A saciar su sed a orillas del agua escrita

que le calcará el hocico cual hoja de papel carbón?

(…)

Una gota de tinta contiene una sólida reserva

de cazadores, apuntando con un ojo ya cerrado,

preparados para el descenso por la pluma empinada,

para cercar al corzo y llevarse el fusil a la cara.

(…)

¿Existe, pues, un mundo

cuyo destino regento con absoluta soberanía?

¿Un tiempo que retengo con cadenas de signos?

¿Un vivir que no cesa si éste es mi deseo?

Alegría de escribir.

Poder de eternizar.

Venganza de una mano mortal.

Este es el ideal impulsor de la escritura y no la vanidad de sentirse elegido por la musa, o por la búsqueda de una gloria efímera y escurridiza. Mejor para el escritor novel ser tentado por ese ‘poder de eternizar’ con signos del que nos habla Szymborska, y de paso vengarse de la muerte con su mano mortal.  

Aunque puede ocurrir que quien se vea tocado por dicho impulso para ponerse a escribir prefiera no hacerlo y se convierta en un bartleby, en un escritor sin obra, como esos de los que se ocupó Vila-Matas en su memorable Bartleby y compañía. Quizá se les tenga en cuenta en el futuro modelo editorial.

                                                                                                 ALFONSO SÁNCHEZ

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