Misia, coleccionista de genios

Misia en el diván, obra de Pierre Bonnard

Misia no creó nada, pero su magnetismo inspiró a toda una generación de artistas: pintores, músicos y escritores se rindieron a su arrolladora personalidad. Misia (Polonia 1872-París 1950) fue protagonista absoluta, en un momento u otro, en la vida de Marcel Proust, Eric Satie, Toulouse-Lautrec, Renoir, Pierre Bonnard, Vuillard, Sert, Maurice Ravel, Vallonton, Coco Chanel…

Fue el escritor y diplomático Paul Morand quien la definió como “coleccionista de genios, todos enamorados de ella”. Yo he llegado a contar más de 25 retratos suyos pintados por artistas célebres, algunos de los cuales se pueden ver en el Museo D’Orsay de París, en la Tate Gallery de Londres o en el Museo Thyssen, en Madrid. El crítico australiano Clive James escribió sobre ella que “dio a los artistas el regalo de su sublime efimeridad y ellos la hicieron perdurar”.

Su nombre era María Zofia Zenadja Godebska, pero acabó siendo conocida como Misia. Misia Natanson, por su primer marido; Misia Edwards, por el segundo; o Misia Sert, por el tercero. Sí, Josep María Sert, el millonario muralista español. Su madre murió como consecuencia del parto y su padre, el escultor polaco Cyprien Quentin Godebski, se sintió incapaz de cuidar del bebé, por lo que Misia creció con los abuelos maternos en Bélgica, y alguna temporada con los paternos en Rusia. Es posible que en esa época empezaran a llamar a la pequeña “osito de peluche”, Misia en polaco. Con una notable sensibilidad para la música –su abuelo materno fue un aclamado violonchelista–, la infancia de Misia en Bruselas fue su cuna artística. Creció pues, rodeada de música, mimada y con gran temperamento, pero también libre e independiente.

La Belle Epoque

Dejó la música por amor. Con 21 años se casa en París con Thadée Natanson, hijo de una adinerada familia de banqueros polacos. Ambos son curiosos, inquietos, ricos y viven felices. Thadée y sus hermanos acababan de fundar la revista La Revue Blanche, una de las publicaciones culturales más interesantes de la Belle Epoque. Los Natanson pronto ampliaron el círculo artístico y literario con la élite bohemia de París. 

Su hogar se convierte en el centro de los nuevos movimientos artísticos, incluido el grupo de los nabis (post-impresionistas). Por allí aparecen artistas de renombre como Auguste Renoir, Henri Toulouse-Lautrec, Édouard Vuillard o Pierre Bonnard. La vivaz y hermosa Misia posa para ellos y aparece en la portada de la revista en varias ocasiones. 

A través de los cuadros que hay de ella, se vislumbra a una Misia más carismática que bella. Pero seductora y fascinante. La contemplamos leyendo, tocando el piano -era muy buena pianista-, mirando al frente, de perfil, pensativa, desayunando, con un perro en su regazo, ensimismada en el campo, sentada en el salón, en un diván, junto al tocador, frente a un espejo… Probablemente fue Toulousse-Lautrec el primero en utilizarla de modelo.

Mecenas de artistas

Como suele ocurrir con las publicaciones culturales, las deudas asfixian a la revista. Aparece un rico inversor, el magnate y fundador del diario Le Matin, Alfred Edwards, que inyecta dinero a la revista, pero a cambio se queda con Misia. Se casan en 1905. Misia tiene 32 años, muchísimo dinero del nuevo marido y tiempo para convertirse, ahora sí, en mecenas de grandes artistas. Stèphane Mallarmé escribe poemas para ella, Maurice Ravel le dedica La Cygne en Histoires Naturelles, y también La Valse. Marcel Proust se inspiró en la personalidad de Misia como uno de sus modelos para personajes de su obra En busca del tiempo perdido: Mme. Verdurín y la Princess Yourbeletieff.

La nuca de Misia, vista por el enamorado Édouard Vuillard

El segundo marido no es una persona fiel, el matrimonio se deshace y se rompe antes de cumplir los cinco años. El acuerdo de divorcio deja a Misia en una buena posición económica, si bien Edwards la olvidaría luego en su testamento. ¡Qué más da! Misia ya era una musa y su nombre recorría todos los corrillos artísticos de la época. Y sigue desprendiendo un magnetismo que atrae. Comienza una nueva relación, esta vez con el pintor catalán Josep María Sert, una relación que se mantendrá, aún a pesar de un nuevo divorcio, hasta la muerte del famoso muralista quien mantuvo siempre a Misia en su corazón y en su herencia.

Vuelve la música

Se casa con Sert en 1920, y este será el apellido con el que se la conozca a partir de entonces. Misia no abandona su amor por la música. Fue confidente del empresario ruso Sergei Diaghilev, al que apoyó generosamente con sus conocidos Ballets Rusos mientras Sert pintaba los decorados de sus espectáculos. También los compositores Igor Stravinsky y Claude Debussy forman parte de su círculo íntimo.. 

El amor vuelve a hacer de las suyas y Sert se enamora de Roussy Mdivani, una joven a la que sacaba treinta años, perteneciente a una noble familia georgiana exiliada en París y Nueva York, cuyos hermanos son más conocidos por su arte de casarse con ricas herederas que por otras actividades. Junto a Roussy, el matrimonio Sert mantiene durante un tiempo una relación a tres, aunque finalmente Misia se cansa, se divorcia y sigue con su vida, bastante unida, por cierto, a su inseparable amiga Coco Chanel. Fallecida Roussy muy joven, Sert volvió la vista de nuevo a Misia, ya en viviendas separadas, y Misia mantuvo la amistad el resto de su vida.

Ella los sobrevivió a todos. Pero nada sería como antes. Murió en París en 1950, con 78 años, al parecer ciega y adicta a la morfina. Un triste final para una vida formidable. Misia tuvo, sin duda, un sexto sentido para reconocer los talentos de vanguardia, se codeó con toda la élite bohemia artística de la belle epoque, se involucró y apoyó económicamente todos aquellos proyectos artísticos en los que creía. Y se puede decir, sin temor a equivocarnos, que más de una de las obras de estos genios no hubiera visto la luz sin ella. Sin su carismática presencia.

ANA AMADOR

Nota: Misia, consciente de su propia importancia en la sociedad parisina de principios del siglo XIX, escribió en sus últimos años su autobiografía, añadiendo y omitiendo, como es costumbre cuando uno habla de sí mismo. Como obra de referencia se aconseja, sin embargo, la biografía que escribieron sobre ella los pianistas Arthur Gold y Robert Fizdale.

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