Esa extraña idea de pertenencia

Murallas de Ávila (Foto: Ana A.)

Si ocurrió que tuviste que dejar atrás la ciudad donde habías nacido por razones de estudios o de trabajo para continuar tu vida en otro lugar, en otras ciudades, pasado ya un cierto tiempo, el retorno a ella se convierte en un acto empañado de nostalgia, pues aunque la razón sea visitar a padres o hermanos mientras viven, o asistir a bautizos de sobrinos, o a sus bodas años después, y, pasado el tiempo, a los entierros de los que van muriendo, no puedes evitar en algún momento recordarte a ti mismo entre aquellas calles que recorriste de niño, en los rincones donde jugabas y en los parques donde, más adelante, te afanabas en conseguir los primeros amores adolescentes. 

Abundando en esa nostalgia, en los recuerdos, terminas haciendo algunas comprobaciones para tratar de darle mayor nitidez a una memoria que el tiempo va difuminando. Y te encuentras con alguna sorpresa. Por ejemplo, qué reducidos aparecen al volverlos a transitar después de muchos años algunos espacios que en tu memoria eran amplios; o ¡qué cercana ves ahora esa pequeña arboleda que de niño te parecía tan alejada de la puerta de tu casa! José Saramago explicaba este efecto en Las pequeñas memorias: “El niño que fui no vio el paisaje tal como el adulto que se convirtió estaría tentado de imaginarlo desde su altura de hombre. El niño, durante el tiempo que lo fue, estaba simplemente en el paisaje, formaba parte de él, no lo interrogaba…”. 

Es transcurridos los años cuando elaboramos a través de nuestra memoria la pertenencia a ese lugar. Ese arraigo emocional también construye lo que somos y, de algún modo, cómo nos vemos. Vamos así conformando a lo largo de nuestra vida y los recuerdos una identidad propia a la que podemos introducir nuevos o viejos elementos, otros arraigos. Son, por ponerle un adjetivo que me parece cercano a lo que quiero decir, “identidades sencillas”, necesarias a título individual porque nos hacen sentir seguros y arraigados emocionalmente a un grupo.

Pero del mismo modo puede ocurrir que sintamos, con razón o sin ella, amenazado alguno de los componentes de nuestra identidad: etnia, religión, lengua, orientación sexual… Es entonces cuando, en palabras del beirutí Amín Maalouf, se corre el riesgo de una deriva hacia la formación de “identidades asesinas”, que serían aquellas que reducen la identidad, monopolizándola, a la pertenencia a una sola cosa, que “instala a los hombres en una actitud parcial, sectaria, intolerante, dominadora y a veces suicida. Su visión del mundo, está por ello sesgada, distorsionada…”. Para evitar este riesgo, Maalouf nos anima a que busquemos en nosotros aquellos aspectos que nos permitan construirnos en la individualidad desde el reconocimiento de nuestro mestizaje a todos los niveles, pues “desde el momento en que concebimos nuestra identidad como integrada por múltiples pertenencias, unas ligadas a la etnia y otras no, una ligadas a la religión y otras no, y nos vemos a nosotros mismos en nuestros orígenes y nuestra trayectoria… se establece una relación distinta con los demás, y también con los de nuestra propia tribu”.

No recuerdo cuales fueron exactamente las palabras de Milán Kundera aquel año de 1989, cuando la caída del muro de Berlín, pero expresaban su estupor por la insistencia con que le preguntaban sus amigos franceses sobre cuándo regresaría a su país, es decir, abandonar Francia, donde se había exiliado huyendo del régimen checo una vez que se había desmoronado la Unión Soviética y los regímenes comunistas de sus países satélites, también en el suyo, Checoslovaquia, que además de enviarlo al exilio le retiró la nacionalidad. Kundera ha escrito en francés sus últimas novelas, en las que ahonda en sus principales temas: el exilio, la identidad, la vida más allá de las fronteras (más allá del amor, del arte o de la seriedad). Parece que su parte de identidad francesa no la tenían en cuenta quienes le preguntaban. Él sigue viviendo en Francia.

“Desconfío totalmente de las identidades fijas, de los nacionalismos de calidad y de las sociedades homogéneas”, dijo en su día Juan Goytisolo, “porque toda esta homogeneidad o identidad icónica es siempre el producto de la violencia hacia los individuos”. Goytisolo, barcelonés de nacimiento, que vivió largos años en Francia, Estados Unidos y Marruecos, donde murió, reflexionaba en una entrevista publicada en El Viejo Topo sobre los escritores y el exilio. Los hay a los que el exilio acaba con su escritura, decía: “Escritores que podemos llamar costumbristas, que reflejan la sociedad en la que viven. Al quedar aislados de esta sociedad, su poder de creación literaria disminuye. También hay otros escritores que, por el contrario, convertirse en apátridas les enriquece. Yo siempre he dicho que la posibilidad de ver la propia cultura a la luz de otras culturas es muy importante, porque la escala de valores cambia completamente”. Perder identidades. Una reflexión que nos devuelve a la recomendación de Maalouf de indagar en nuestro mestizaje.

Mi modesto mestizaje lo conforman aquellas calles arropadas de murallas en Ávila, el olor a azahar en la primavera de Murcia y los atardeceres ocres de Toledo, la noche movida de Madrid, el sueño de ser estudiante en París que no se cumplió y lo que haya dejado la mirada a las ciudades europeas que sí visité; y una vela en el horizonte del Mediterráneo y el viento cálido de una noche de verano en Cádiz. Y también me gustaría pensar que en mi identidad hay unas gotas de eclecticismo humanista, como explícita es la lengua en la que escribo estas reflexiones. Y desde esa mixtura, estoy de acuerdo con Maalouf en que “no debemos convertir el deseo de identidad en objeto ni de persecución ni de condescendencia, sino que hemos de observarlo, estudiarlo con serenidad, comprenderlo y después amansarlo, domesticarlo”.

                                                                                                   ALFONSO SÁNCHEZ

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