Semanario Cultural

Eduardo Mendoza: el regreso del humor disparatado

Un viaje para rastrear los pasos de Nathaniel Hawthorne por el Londres que visitó mientras ejercía como cónsul en Liverpool (le nombró el presidente de EE UU, su amigo Franklin Pierce, de quien Hawthorne a su vez había escrito una biografía), ese viaje, repito, nos ha impedido una lectura más exhaustiva de suplementos del fin de semana, por lo que nos limitaremos para esta entrega a un par de ellos y algún apunte final sobre el premio Aena que, merecidamente, fue otorgado a la escritora argentina Samanta Schweblin.

Eduardo Mendoza (F: Fundación Princesa de Asturias /EFE/Marta Pérez)

Saluda El Cultural el regreso a las librerías de Eduardo Mendoza con una reseña elogiosa del crítico Santos Sanz Villanueva de la última novela del catalán, La intriga del funeral inconveniente, novela que llega a pesar de que su autor ha repetido en varias ocasiones que ya se había hartado de escribirlas, pero “en su gusto por el arte de contar, confiábamos sus seguidores como causa disuasoria del anunciado abandono”, según palabras del crítico que no tenemos inconveniente en hacerlas nuestras. 

De nuevo estamos ante otra parodia del género detectivesco que ha venido cultivando en los últimos años, en la que la libertad imaginativa “se mantiene igual de fresca y nos abisma en una historia disparatada que supone un auténtico tour de force en lo relativo a la acumulación de enredos y al enmarañado juego de casualidades”. 

Sobre la historia, nos cuenta que arranca con un pasaje llamativo: “Un aspirante a reportero adolescente, Ramoncito Valenzuela, hace la crónica del funeral de alguien asesinado y sus indiscreciones despiertan suspicacias en varios círculos sociales. La averiguación de quiénes asistieron al funeral relaciona al jefe de protocolo del tanatorio, al oscuro policía jubilado Rodríguez Jarana, apodado el Tigre Malo, a la liosa hermana del difunto, a un misterioso hombre con gafas de sol, sombrero y enfundado en una gabardina, y a un prelado, monseñor Gorostiza”.

Y así la historia se va complicando, “se acumulan varios incidentes: secuestros de ida y vuelta, un suicidio virtual, intrigas cortesanas y más equívocos y engaños. Se agregan personajes ladinos y feroces, también un calculador alcalde. Y en el medio del ir y venir frenético de esta gente, se desarrolla una intrincada trama financiera”. En fin, una novela que “tiene bastante de comedia a medias de enredo y a medias de situación (…) Todo ello está, además, inmerso en una práctica sistemática del humor, que afecta al total de la materia, tanto los contenidos como la lengua”.

La trama se alimenta con situaciones cómicas y manifiesta una inventiva que no tiene reparo en bordear la verosimilitud, leemos en la reseña, y en cuanto al lenguaje, el humor marca el estilo con un efecto magnífico: “La prosa exhibe una extraordinaria mezcla de registros. Al margen por completo del nivel sociocultural del hablante y del contexto comunicativo, juega Mendoza con la lengua. Alguna vez el habla refleja el perfil de un personaje: `soy cirílica y no tolero los lactantes’. Y muchísimas hace copioso uso de coloquialismos (…). Con ello la disparatada historia se carga de fuerza comunicativa y entronca los raros sucesos en una realidad lingüística común. Con este conjunto de notas, la novela se afinca en el territorio de la creatividad pura y de la pura invención”. 

Y no falta en la historia asuntos de este tiempo, “negocios y negociantes corruptos, la sofisticada burocracia, la realidad virtual, el peso de las redes sociales, el acoso comercial, la crisis de la prensa, los hábitos modernos del consumo, la emigración laboral…” Y hasta de la cuestionable conquista de América y las disculpas por los abusos antaño cometidos, se habla. Y todo ello con humor y sin moralejas ni moralismos, señala el crítico, que se congratula de que Mendoza siga “siendo el `proveedor de felicidad para los lectores que dijo el jurado del Premio Cervantes”.

El paisaje es un grito, una novela de la frontera

Eduardo Ruiz Sosa (Escuela de Escritores/© Francesc Fernández)

El crítico de Babelia Nadal Suau considera al escritor Eduardo Ruiz Sosa uno de los mejores novelistas en lengua castellana de su generación, y así lo expresa en la reseña de El paisaje es un grito, la última novela del autor mexicano, de la que afirma que, como ya hizo con Anatomía de la memoria y El libro de nuestras ausencias, está construida con lentitud obsesiva y entre ellas se comunican “de modos complejos, a veces evidentes (cierta disposición del texto a punto de convertirse en verso, su torrencialidad o, desde luego, su mexicanidad) y otras sutiles. Hablamos de obras importantes, enormes, densas. Imperdibles”. 

El paisaje es un grito cuenta una deportación, resumimos de la sinopsis de la editorial, la deportación de Al Baldor, que vive desde hace años en el Otro Lado, lo expulsan al limbo de los sin papeles por un enmarañado y absurdo conflicto burocrático. Obligado a enfrentarse al Origen que abandonó y a regresar al lugar donde nació, atraviesa, junto a tres migrantes indocumentados, los espacios devastados del desierto y de la Sierra Madre. Muere uno de los compañeros de viaje, el grupo se extravía en un laberinto de pueblos con nombres extranjeros, mientras luchan por no sucumbir al desarraigo y a la desaparición. 

Una historia que según el propio autor tiene mucho de biográfico, pero en clave colectiva, que se refiere a su propia vida tanto como a la de sus familiares y amigos. “Las huellas diseminadas en estas páginas –explica Suau– conducen a un horizonte de dimensiones aún mayores, a muchas biografías de un infinito número de personas migrantes o habitantes de la frontera, ese espacio que, como se decía en un viejo western, existe para ser atravesado”. 

Estamos ante una historia acerca de la deportación y la existencia más allá de la ley, protagonizada por una serie de “personajes oraculares perdidos en un territorio desconcertante: aunque nos movemos sin lugar a dudas en el noroeste de México, la toponimia es un tejido deslocalizado de referencias universales, el tiempo es una membrana atravesada de forma continua, y los interrogantes y las paradojas se sobreponen a cualquier tipo de certeza”. 

El paisaje es un grito desemboca en una memoria del trabajo y de la búsqueda de hogar, en una reivindicación del amor y de la posibilidad de un futuro antiguo, concluye el reseñista, “y se convierte en un libro extraordinario que no debería perderse nadie que siga creyendo que la literatura es lenguaje, que el lenguaje es realidad, y que la novela no puede conformarse con ser amable y cómoda si aspira a seguir existiendo y gozando de alguna relevancia”. 

Joi, una novela de “la mejor poeta española”

Ángela Segovia (F: Residencia Literaria Finestres)

La autora de Joi es Ángela Segovia, “la mejor poeta de España” para Juan Marqués, autor de la reseña en La Lectura de la citada novela, la primera de la autora abulense, aunque no está de acuerdo el crítico con que sea la primera, porque ya le gustó mucho Las vitalidades, “un libro que supongo que ahora consideran una nouvelle, un cuento largo, un primer experimento narrativo”, explica.

La novela cuenta la historia de una niña, Joi, “cuyo nombre evoca una alegría opaca, anterior al lenguaje, una inocencia animal que desarma y desconcierta”, que a los doce años se adentra en el bosque y desaparece. Cuando dos años después la encuentran, ha perdido la memoria, no tiene pasado narrable ni proyecto legible. Solo una herida en la pierna, y algo que cree sentir cuando todas las cosas se callan. Durante esos años, Joi ha vagado por una ciudad extranjera. En el Forest, un parque situado en los márgenes, se mezcla con vagabundos y vendedores ambulantes…

Escribe Marqués en la reseña: “Cualquier lector de literatura antigua sabe que cuando un personaje ha de atravesar un bosque, el que sale de allí ya no es el mismo que ha entrado: se cuenten o no, en la espesura y en lo salvaje han sucedido cosas, transformaciones, iniciáticas, irreversibles”. De ese tópico parte la historia de Joi, historia que se cuenta desde el punto de vista de la niña que no revela nada de lo ocurrido durante el tiempo que estuvo desaparecida “pero asiste al terror de sus padres, al miedo de los que se cruzan con ella, a la curiosidad de los médicos”. 

Una novela en la que quien entra no sale, según Marqués, cuyos temas son “la noche, la enfermedad, la diferencia, la importancia de lo que no existe o, mejor, de lo que no se ve”.

El Aena 

¿Se consolidará la expresión el Aena en nuestras letras hispánicas, al modo en que lo han hecho el Booker o el Goncourt. No es fácil, y lo sabe su impulsor, el presidente de la compañía Aena, Maurici Lucena, que ya declaraba a la revista WMagazín: “No es seguro que el Premio Aena llegue a ser un Goncourt o un Booker, pero lo vamos a intentar”. Luego, sí se trata de emular el prestigio de tales galardones. 

Samanta Schweblin y su libro El buen mal

Como se ha escrito mucho de ello (en estas páginas la semana pasada, sin ir más lejos), nos limitaremos a recoger alguna opinión más, como la de Alberto Panadés, en eldiario.es, que señala que es, de los premios, “el más cuantioso del mundo en su categoría, superando ampliamente a referentes como el Booker o el Pulitzer. Su aparición invita a reflexionar sobre qué significa realmente promover la lectura y si el dinero es la mejor herramienta para lograrlo”. Y luego da algunas cifras para documentar su exposición, por si quieren buscarlas.

Desde El País, Sergio del Molino, se lamenta de que solo se hable de la dotación: “Ni de literatura. Se habla del millón de Aena. En el muy moralista mundo literario, molesta muchísimo que un agente externo rompa el ambiente de pobretería, mendicidad y remiendos en el que hemos de vivir los escritores si aspiramos a la pureza literaria. Unos aducen que Aena debería invertir ese millón en cosas más propias de su actividad o en dar limosnas”.

En fin, el premio lo obtuvo, como ya aventurábamos en estas páginas la escritora Samanta Schweblin, con su libro de cuentos El buen mal, de lo que nos alegramos porque es un buen libro y porque es de cuentos, un género que venimos defendiendo en estos resúmenes. 

Lo de buen libro ya lo decía el escritor, crítico y articulista de El Confidencial, Alberto Olmos, y ahora lo ha vuelto a repetir no sin crítica velada (otro más) al premio: “Después de poner a trabajar a dos coordinadores, a diez periodistas culturales, a ocho jurados y a un número desconocido de “notarios y abogados” (sic), el premio Aena ha elegido como mejor libro de 2025 el mismo libro que yo les dije en diciembre desde este periódico que era el mejor del año. Hace falta un sinfín de trabajo y una supervisión propia de la UCO para que el mundillo literario aterrice en la decencia. Sólo tenían que haberme preguntado”.

Pues eso.

E. Huilson

Un comentario en «Eduardo Mendoza: el regreso del humor disparatado»

  • Maestro Mendoza, sin lugar a dudas, lo compraré, leeré y tendremos comentario en breve
    Raro será q me dececpcione. Veremos.
    Salud
    Nota. El premio Aena de Alberto Olmos, para el.mismo con su mecanismo…

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