La ficción de irse (o volver) al pueblo: no todo el campo es orégano

Las novelas Feria, de Ana Iris Simón y Un amor, de Sara Mesa

Dos novelas, Un amor, de Sara Mesa, y Feria, de Ana Iris Simón, han vuelto sobre el interés temático por lo rural, por el regreso al pueblo, o, visto desde el otro extremo del viaje, por dejar atrás la ciudad, la gran ciudad como sueño de progreso, puesto que, ¡ojo!, los que regresan lo suelen hacer desde grandes urbes, como Madrid o Barcelona, no desde ciudades de provincias como Ávila, Teruel o Soria. 

En la novela de Mesa, su protagonista, traductora de profesión, se muda a vivir a un pueblo por razones que no se llegan a revelar: “Si tuviera que explicar por qué está allí, le costaría encontrar una respuesta convincente.” Y en ese pueblo se va a topar con una pasión amorosa inesperada, desconcertante, pareciera que imposible de darse en la ciudad que dejó atrás, y de ahí su perplejidad y desasosiego. Su protagonista, Nat, no vuelve mediante la memoria a lo conocido, como la protagonista de Feria a la plácida casa de los abuelos. No, Nat va físicamente a un pueblo que no es el suyo donde “Al hacerse la noche es cuando cae el peso sobre ella” donde “ fuera el silencio no es como esperaba. De hecho, no es silencio…”. 

En Feria, A.I. Simón en un ejercicio entre la autobiografía y la autoficción regresa a su pasado rural, familiar, a La Mancha, mediante una memoria entre melancólica, nostálgica de una arcadia feliz, y a la vez militante para reivindicar la peripecia vital, los usos y costumbres de sus abuelos, padres y primos en el contexto rural del pueblo natal con el que impugnar el sueño de progreso prometido por la gran ciudad. En las primeras páginas ya nos pone en la pista de lo que nos vamos a encontrar: “… pensé que si lo que más me gustaba era escribir sobre la familia y las costumbres quizá es que lo que me gustaba no era escribir, sino la familia y la costumbre.”  Y, efectivamente, lo que nos encontramos a lo largo de todo el texto es la memoria de la autora disfrutando de aquellos recuerdos a veces, sufriendo con sus familiares-personajes cuando ellos sufren, tratando de dar sentido a lo que sus ojos y oídos de niña captaron. Desde la narración en primera persona, decide reivindicar su historia familiar de abuelos, agricultores y feriantes, labores que van quedando en desuso para dar paso a la modernidad de nuevas tareas de las generaciones siguientes, que tratarán a su vez de buscar su propia identidad en un mundo cambiante.  

Esa identidad se le vuelve conflictiva a A.I. Simón. En un pasaje de la novela, después de una charla con una de sus amigas, la autora-narradora nos revela algunas conclusiones a las que llegan: “queríamos tener hijos y poder cuidarlos, no pagarles cuatrocientos euros al mes a otro para que los criara, y que para gustar los hombres tienen que ‘hacer’ pero a nosotras nos basta con ‘ser’ y en la posibilidad de que toda mujer ame a un fascista como escribió Sylvia Plaht (…) que también escribió que se preguntaba si no era mejor ‘abandonarse a los fáciles ciclos de reproducción y a la presencia cómoda y tranquilizadora de un hombre en casa’.” Reflexiones por las que, de conocerse, escribe Simón, les “acusarían de algunas cosas”.

Nat, la protagonista de Un amor, explora en el mundo desconocido del pueblo donde se instala y solo encuentra extrañeza, incomprensión, y un cierto control social. La narradora de Feria, por el contrario, se instala en el refugio de la memoria familiar como contrapunto del árido mundo del progreso urbanita, devenido en hostil por vacuo y precario.

Son modos diferentes de abordar el binomio campo-ciudad, pero coinciden en cierto modo en el extrañamiento, en la desubicación que soportan sus protagonistas, cada una en un campo del binomio. No coinciden en el lenguaje, sobrio, medido, en el caso de Un amor, que uno situaría en la austera Castilla; desbordado, costumbrista en exceso, en el caso de Feria, donde el lenguaje manchego es reconocible, como en el humor de Joaquín Reyes o José Mota

Después de que Miguel Delibes y Camilo José Cela, mediado el siglo pasado, nos dejaran obras emblemáticas de la que llamamos literatura rural, y la posterior y deslumbrante vuelta temática que supuso La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, está claro que la novela española regresa periódicamente a esta realidad dual de un país que, sin dejar de ser agrario, evolucionó durante décadas hacia la modernidad de la ciudad, habitada por personajes que en ese camino de ida y vuelta atesoran éxitos vitales y fracasos estrepitosos. 

Frente a la peripecia de las dos mujeres que protagonizan sendas novelas, cada uno debe extraer sus conclusiones, personales o políticas, como una y otra hacen. Esto si es que son diferenciables unas de otras. Sí se diferencian las autoras en la ambición estilística. Sara Mesa consigue dar un paso más en su minucioso cuidado de un estilo directo y transparente, pero que le permite a la vez llevar al lector a lugares inexplorados. A. I. Simón ha entregado una primera novela con momentos poéticos y otros reiterativos que pueden cansar al lector, con una monólogo donde se explaya en descripciones de personajes y situaciones que no siempre interesan por su excesivo afán costumbrista. 

ALFONSO SÁNCHEZ

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