Si encuentra algo mejor, cámbielo

El barbero de Sevilla

Si algo no gusta, lo mejor es cambiarlo. Y esta máxima está presente en todas las obras que realiza el ser humano, incluso en el arte. Si un pintor no da con el color adecuado, emborrona el lienzo de blanco y comienza de nuevo a ensayar mezclas y tonos; si un orfebre no consigue la simetría de la pieza que tiene que soldar, funde el metal y empieza de nuevo; si un músico no da con la partitura adecuada…., pues depende del músico.

Gioachino Rossini fue un personaje singular tanto dentro como fuera de las salas de concierto. Productivo donde los haya, era capaz de componer hasta cuatro óperas en un solo año y todas ellas con gran éxito como puede constatarse aún hoy. El nombre del maestro italiano va unido al concepto de ópera romántica nueva, distinta, próxima. Reinó en los escenarios hasta que Verdi le tomó el relevo. Modelos, estilos, concepciones distintas, pero complementarias que llevaron a la ópera italiana a todo su esplendor.

Gioachino Rossini

E igual de productivo que era Rossini frente al pentagrama, lo era frente al fogón. Un deseo inconmensurable por la comida le llevó a idear platos revolucionarios para la época con los ingredientes naturales de todos conocidos. Y ahí están sus canelones Rossini, el tournedó Rossini, los huevos Rossini, el pollo a la Rossini, el arroz a la Rossini, el filet mignon a la Rossini… Todos ellos con un elemento común: el foie gras. Experimentaba con el hígado de pato o de ganso como si de una porción de agua o una pizca de más o menos de sal se tratara. Y la verdad es que todos sus platos gozaban de gran estima, al menos para él y sus allegados. Tal era su obsesión por la comida, que el mayor castigo era privarle de ella. En una ocasión, un empresario a quien Rossini había prometido entregar la partitura en fecha concreta, y no habiendo cumplido el trato, mandó que le encerraran en una habitación a pan y agua hasta que no finalizara la obra. A los dos días, el empresario recibió la composición completa.

En 1815, el maestro de Pésaro se había comprometido a escribir dos óperas para los carnavales de Roma del año siguiente. La primera de ellas la entregó el 26 de diciembre  de 1815. Ese mismo día se puso a escribir la segunda obra. Cesare Sterbini, su libretista habitual, le había entregado unos versos, basados en la historia de Fígaro, el barbero que inmortalizó Pierre Beaumarchais en una trilogía escrita entre 1775 y 1792 (El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro y El otro Tartufo o la madre culpable). 

Había antecedentes operísticos a propósito de este personaje y el argumento ideado por el dramaturgo francés. Mozart había compuesto Las bodas de Fígaro en 1786, Nicolas Isouard, compositor maltés establecido en París, hizo otra versión en 1796. Pero el napolitano  Giovanni Paisiello se había adelantado a los dos, y había compuesto en 1782 una obra dramática cantada. No puede decirse que fuera una ópera propiamente dicha como las dos anteriores, pero era la que más hondo había calado en el público y la más popular en la época en la que Rossini se atrevió a poner música a las andanzas del joven barberito sevillano. 

Giovani Paisiello

Rossini escribió El barbero de Sevilla en tres semanas. El 20 de enero de 1816 entregó la obra para que fuera representada en la época de Carnaval. Y así fue: el 20 de febrero de 1816 fue estrenada en el teatro Argentina de Roma, bajo la dirección del compositor. Gran abucheo por parte de los partidarios de Paisiello que, comparando las dos partituras, se quedaban con la del napolitano. Además, ¡la obertura! Malísima. Nada que ver con el espíritu de la obra en su conjunto. Pitos, pataleos… No es que a Rossini, muy bregado ya en los escenarios, le importara el momentáneo fracaso. Se retiró a su camerino y cenó. Pero le quedaba un resquemor: si la ópera había fracasado por su obertura, se cambiaba y punto. 

Al día siguiente, después de haber desayunado, naturalmente, se fue a su estudio y desempolvó una partitura que descansaba añeja en la estantería desde 1813. Se trataba de la obertura de la ópera Aureliano en Palmira, estrenada en  Milán hacía tres años y que había sido acogida con gran interés. Pues ya está. Se van a enterar los detractores de mi Barbero de Sevilla, debió pensar.

En la segunda representación, la orquesta ya interpretó la obertura que conocemos en la actualidad y que es la original de Aureliano en Palmira. Sorprende todavía que una composición escrita para un drama que se desarrolla en Siria haya cosechado tanto éxito como preludio a una ópera casi bufa, divertida, ambientada en Sevilla. Pero esa es la volatilidad de los verdaderos compositores: establecer las notas precisas, distribuidas de tal forma en el pentagrama que sean capaces de transmitir no una idea, sino un sentimiento de profunda belleza por parte de quien escucha.

De la obertura original -la pateada- poco o nada se sabe. Tal vez se perdió o es posible que Rossini la guardara para mejor ocasión. La concisión en archivar sus obras le sacó de un buen apuro y hoy en día la obertura de El barbero de Sevilla se interpreta como pieza suelta en multitud de conciertos, siendo una de las obras de repertorio que toda orquesta que se precie tiene que llevar en su programa. Bueno, la obertura que el barbero birló a Aureliano para mayor gloria del sevillano. 

GABRIEL SÁNCHEZ

Obertura de la ópera El Barbero de Sevilla, de Rossini con la Orquesta austriaca Tonkünster, bajo la dirección de Andrés Orozco-Estrada (2012)

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