Una voz para el nuevo mundo

El Carnegie Hall de Nueva York

La culpa de todo la tuvo una mujer llamada Jeannette Thurber. Fundadora del Conservatorio Nacional de Música de Nueva York, quiso dar a la institución un aire propio, capaz de ahondar en las raíces nacionales y formar músicos que pudieran exportar lo mejor de la música norteamericana. Para ejecutar sus planes, nada mejor que contar con los servicios de un compositor afamado, un nacionalista comprometido, que fuera capaz de dar a los Estados Unidos una identidad musical propia. Definidos los límites geográficos y políticos como nación, asentado ya el concepto de unión, había que reconocer que sus habitantes procedían de distintas culturas, etnias y naciones, asentadas allí desde hacía siglos, pero que no habían sido capaces de encontrar un estilo musical que los identificara como país. Esa era la misión del nuevo director del Conservatorio, el checo Antonín Dvorak. El músico llegó a Nueva York en septiembre de 1892, atendiendo a la invitación de la señora Turber que, además, le ofreció un sueldo que no pudo rechazar. 

Dvorak se tomó su trabajo muy en serio y se quedaba en su despacho hasta bien entrada la noche organizando la institución. Desde hacía días escuchaba una extraña voz que le cautivaba. No era capaz de identificarla. La oía a lo lejos, en la quietud de la penumbra, salida de la oscuridad. Y preguntó a la señora Turber quién era aquel fantasma que todas las noches distraía su concentración con extraños cantos. Debe ser el joven Harry Burleigh, dijo la benefactora. Se trataba de un estudiante negro, sin recursos, que para poder pagarse los estudios de música limpiaba las aulas y los lavabos una vez que los estudiantes se habían marchado. Dvorak le buscó una noche y le encontró, cubo de fregar en ristre, interpretando espirituales y música godspell a la puerta de un retrete. Le llevó hasta su despacho y le propuso: canta para mí. El joven Burleigh desplegó todo un repertorio de música negra, oída de sus antepasados. A partir de ese momento, la relación entre el director y el estudiante fue cada vez más estrecha.

Había transcurrido un año desde la llegada de Dvorak a Nueva York, cuando la orquesta Filarmónica le encargó una sinfonía. Y el compositor checo se puso a trabajar en una idea que le venía rondando desde que escuchó a Harry Burleigh en las frías y solitarias noches del conservatorio. Aprovechó los espirituales, los trinos, la melancolía que transmitía el joven estudiante y esbozó lo que sería su novena Sinfonía. Cuatro meses de intenso trabajo, y la sinfonía quedó armada. El largo fue la adaptación sinfónica del espiritual “Goin Home”, que había oído cantar a Burleigh. El scherzo del tercer movimiento era una recreación de la fiesta en Hiawatha, donde bailan los indios.  

El resultado final fue una mezcla original del folclore norteamericano con el academicismo europeo. Para ello, Dvorak utilizó ideas preconcebidas, a las que añadió particularidades propias de los espirituales negros y de la música folclórica india, todo ello tratado como si de una obra occidental se tratara, aplicando las reglas del contrapunto y la orquestación que hacían furor en Europa.

L a novena Sinfonía, conocida como la del “Nuevo Mundo”, se estrenó en el Carnegie Hall de Nueva York el 15 de diciembre de 1893. La Filarmónica fue dirigida por Anton Seild y supuso toda una apoteosis. El público aplaudía al final de cada uno de los movimientos y el autor tuvo que levantarse de su butaca en varias ocasiones para responder a las muestras de admiración. Entre los asistentes, naturalmente, el joven Harry Burleigh, perfectamente ataviado para la ocasión.

La celebración se prolongó más allá del Carnegie Hall. Compositor y amigos se reunieron en una taberna regentada por emigrantes checos situada en el centro de Nueva York hasta altas horas de la madrugada. Y allí, Burleigh le contó a Dvorak su verdadera historia. Nieto de esclavos, su abuelo, Hamilton Waters, había alcanzado la libertad en 1835 por 50 dólares. 

Esta historia no tendría un final todo lo feliz que se merece si no conociéramos la trayectoria de quien inspiró a Dvorak para componer parte de su novena Sinfonía. Burleigh se convirtió en barítono, fue arreglista, compositor y alma mater del coro de la Iglesia Episcopaliana San Jorge de Nueva York. Se granjeó gran prestigio como autor de casi un centenar de partituras de cantos espirituales. Falleció en Nueva York en 1949 a la edad de 82 años. 

GABRIEL SÁNCHEZ

9ª Sinfonía del Nuevo Mundo, dirigida por Herbert von Karajan

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