Relatos con música

La danza póstuma

Alexander Borodin, retratado por Ilya Repin

Su verdadera profesión, la de químico, médico y profesor universitario, le llevaba tanto tiempo, que sólo podía componer los domingos por la mañana. El resto de la semana se olvidaba de la música. Y era una pena. Sus allegados le animaban a que dedicara más horas al pentagrama que a los matraces. Tenía talento y, sin embargo, su catálogo de obras era escaso. Pero eso a él le daba igual. Perfeccionista a carta cabal, no mostraba sus composiciones hasta que no las había acabado, después de dar vueltas y vueltas a la partitura hasta dejarla como la había concebido desde el principio, Y, claro, eso llevaba tiempo; tiempo del que no disponía. Alexander Borodin era así de escrupuloso: primero la obligación antes que la devoción.

En 1869 comenzó a pergeñar la idea de escribir una ópera, basada en un poema épico ruso, que narraba las aventuras del Príncipe Igor y su lucha contra los polovtsianos, encabezados por el Kan Kovchak, líder de una región llamada Polovtsia. Se la comentó a su amigo Vladimir Stasov, quien le ayudaría a componer el libreto. Domingo a domingo iba progresando en la partitura. Pero, claro, a veces, la paciencia tiene un límite y Stasov se cansaba de esperar y esperar a que el músico arrancara para poder seguir con el proyecto. La ópera se llamaría El príncipe Igor y tendría cuatro actos y un prólogo. Pero no se avanzaba en su ejecución. Harto de esperar, Stasov le ofreció el libreto al músico Nikolái Rimski-Kórsakov, quien rechazó la oferta, pues era amigo de Borodin y no le pareció correcto apropiarse de la idea y dejar al músico-químico relegado poco menos que en una esquina. El proyecto debía salir adelante con sus autores originales. El que espera, desespera, y el final, no por esperado, dejó de ser dramático. Borodin murió en 1887 y la ópera no estaba acabada. Había mucho material escrito, eso sí. Pero faltaban partes importantes de la composición. Rimski-Kórsakov y Alexander Glazunov, músicos y amigos del compositor fallecido repentinamente, llegaron a su casa y se llevaron la partitura. A partir de ese momento se comprometieron en terminar la obra. Borodin les había tarareado algunas partes que estaban sin componer, sólo eran ideas vagas de lo que el autor pretendía. De memoria, acordándose simplemente del tarareo, Glazunov fue capaz de componer el prólogo. Kórsakov se hizo cargo de toda la orquestación, pues en la partitura original sólo estaba el boceto pianístico. 

Stasov, Rimsky-Kórsakov y Glazunov, todos ellos retratados al óleo por el pintor ruso Ilya Repin

Así, en 1890, tres años después de la muerte del compositor, pudo estrenarse en San Petesburgo la ópera El Príncipe Igor, una obra que ha pasado a la historia solo por una parte –muy importante, todo hay que decirlo—de la composición.

Estamos en plena batalla entre los rusos y los polovtsianos –el poema épico es del siglo XII-. Igor es hecho prisionero por el Kan Kovchak. En la cárcel es patente la tristeza y la depresión que embargan al príncipe. El Kan, preocupado por la suerte anímica que pueda correr su prisionero, encarga a un grupo de esclavos que acuda a la mazmorra y cante y baile al son de danzas populares rusas, con el fin de levantar el ánimo del prisionero. Esas danzas recuerdan al cautivo su tierra natal, sus paisajes, sus gentes, lo que le da vigor y fuerza. Tanta personalidad tiene, aumentada, además, por las danzas que los esclavos entonan en su honor, que éstos le terminan ensalzando como gran líder, en detrimento del propio Kan.

La ópera ha pasado a la historia por las Danzas polovtsianas, una parte de la obra de gran belleza y musicalidad. La fuerza de la instrumentalización queda patente y brillan los metales y las maderas, propiciando una melodía exótica de gran impacto. Se necesita un coro de voces masculinas y femeninas –los esclavos- para que la representación sea redonda. Incluso si hay danza, mejor. Pero hay osados que se atreven a acometer la partitura así, a pelo, sólo con la fuerza de los instrumentos. Y tampoco está mal. La maravilla de la composición y la fuerza instrumental hablan por sí solas.

Gabriel Sánchez

Las Danzas polovtsianas, con la Orquesta y Coro del Teatro Bolshoi (1981):

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