Lágrimas por una guitarra

Jardines del Príncipe, en Aranjuez

A la caída de la tarde, en septiembre, Aranjuez se vuelve lánguido y sereno. Murmullo de agua que escapa por los chorros de las fuentes en un último intento de alcanzar la luz que se pierde con la puesta de sol en el jardín del Parterre o en la puerta del Príncipe. Gruñen las hojas que se amontonan en las acequias, resistiéndose a ser engullidas por el agua pálida que las arrastrará hasta el estanque silencioso, justo en el momento en el que los pájaros se vuelven mudos. Entonces, el caminante comienza a oír un rumor, tímido al principio, pero que se hace persistente a medida que avanza hacia los macizos de flores de la plazoleta desierta. Una orquesta lejana e invisible, refugiada tal vez en la isla o escondida tras los muros de la casita del Príncipe, comienza a ejecutar el adagio del Concierto de Aranjuez. Y el caminante se sienta en ese banco de piedra sin respaldo, más lápida que asiento, y escucha.

Joaquín Rodrigo ha pasado a la historia de la música española del siglo XX por firmar la partitura de la obra que más veces ha sido ejecutada de cuantas han sido compuestas por autores españoles en todos los tiempos, la que más derechos de autor ha generado en toda la historia, la que más versiones ha conocido. 

El maestro Joaquín Rodrigo y un detalle del Concierto de Aranjuez

Fue escrita en el París donde se refugiaron los artistas españoles que no quisieron saber nada de la guerra civil, en 1939. Un año después, el guitarrista Regino Sainz de la Maza -a quien Rodrigo le había prometido la partitura en San Sebastián unos años antes- la estrenó en Barcelona. Desde entonces, el Concierto de Aranjuez no ha dejado de interpretarse. Fue la primera obra escrita para guitarra en formato de concierto, es decir, en la que el instrumento, denostado y despreciado por puristas y eruditos de la música culta, adquiría verdadero protagonismo y se ponía a la altura del violín, el piano, el oboe o la flauta. ¡Una guitarra a la altura de los instrumentos más sonoros y preciados de las partituras sinfónicas! ¡Qué disparate! Pero el concierto era bello y la ejecución, si el guitarrista la acometía con pasión, lo señoreaba. 

“Guitarra del mesón, que hoy suenas coplas, mañana peteneras, según quien llega y tañe, tus empolvadas cuerdas…” Así definía Machado este instrumento innoble, más propio de tablaos, mesones, ventas, colmados y serrallos que de auditorios, palacios y salas sinfónicas.

De esa opinión participaba el compositor español Salvador Bacarisse, un intelectual culto que había colaborado en difundir y propagar la música contemporánea. Había firmado obras para piano, violín, óperas… La guitarra no tenía cabida en una obra sinfónica.

El encuentro se produjo en París, allá por el año 57. Bacarisse vivía exiliado en la capital francesa desde que acabó la guerra civil. Se ganaba el sustento como productor de programas en español en la radio televisión francesa. Por las noches, cuando su memoria y su espíritu artístico llamaban a las puertas de su corazón, hacía que componía. Narciso Yepes, tal vez el guitarrista español más famoso del siglo XX, junto a Andrés Segovia, vivía en París desde 1952, perfilando, aprendiendo, conociendo y experimentando, más si cabía, la técnica de la guitarra. Yepes llevaba años paseando el Concierto de Aranjuez por toda Europa, agarrado a la batuta de Ataulfo Argenta. La casualidad hizo que Bacarisse y Yepes coincidieran una tarde en una calle de París, próxima al Ayuntamiento.

-Maestro, le dijo Yepes, esta noche voy a interpretar el Concierto de Aranjuez en el Teatro de la Ópera, con la Orquesta Nacional de Francia. 

-Ah, sí, le dijo el compositor metido a radiofonista interino; lo he leído en la prensa. Dirige Argenta, ¿no?

-Sí. Le voy a dejar dos invitaciones en la taquilla. Sería un gran honor que acudiera al concierto.

-Se lo agradezco, Yepes, pero sabe usted que para mí la guitarra no tiene altura concertante. No sé cómo a Rodrigo se le ocurrió dar protagonismo a ese instrumento frívolo y desalmado que no transmite ningún sentimiento. He oído algún fragmento suelto por la radio en alguna ocasión, y la verdad es que no me dice absolutamente nada. No se moleste, de verdad.

-¿No lo ha escuchado nunca interpretar en directo?

-¡Ja! La guitarra en el escenario de la Ópera, ¡lo que faltaba! Una cosa es que yo promueva la música contemporánea y otra muy distinta que dé por buena a una rondalla de tunos interpretando música sinfónica.

-Bueno, maestro, si cambia de opinión sepa que tiene las entradas a su nombre en taquilla.

Despreocupado, Bacarisse vagaba a media tarde por el bulevar Saint Martín, camino de casa. Rebasado el museo Grevin notó cierta aglomeración de público que se dirigía en una única dirección. Las puertas del Palais Garnier se abrían de par en par, y los privilegiados que habían conseguido una entrada para el concierto se agolpaban en las escalinatas, a la espera de poder acceder al edificio que mostraba todo su esplendor aquella noche y cuya iluminación era un reclamo a cientos de metros. Le picó la curiosidad. Se acercó con parsimonia, subió las escaleras, se dirigió a la taquilla y se identificó. Con las dos entradas en la mano, apostado casi en la puerta principal,  se fijó en  una joven rubia,  de aspecto vulgar y cuya vestimenta la delataba: no pertenecía a la distinguida clase parisina que acudía a los conciertos programados como una actividad social más, propia de su posición, y con necia valoración de autores, intérpretes, contenidos y consecuencias. 

– ¿Acude usted sola al concierto, señorita?

– Ya me gustaría, pero no tengo entrada. Había quedado aquí con una persona que me había prometido un hueco en un palco, pero, por lo que se ve, no ha podido acudir….

– Tenga, se la regalo, a mí me sobra. Y le extendió la mano derecha con una de las invitaciones que acababa de retirar. Es un regalo del concertista.

– ¿Es usted?

– No. Es el guitarrista Narciso Yepes, gran amigo mío. Y la mentira produjo en Bacarisse una extraña sensación: acababa de reconocer el valor de las seis cuerdas sin querer.

A lo largo del primer movimiento, Bacarisse estuvo incómodo en la butaca: la orquesta bailaba al son de la sonanta sin rumbo aparente; el instrumento solista saltaba de nota en nota, y los arpegios apagaban sonidos limpios de oboes y violines, dejando la interpretación orquestal a medias. Argenta apenas miraba la partitura ¿Quién podría dar coherencia a tal marabunta, mezclando el rasgado pobretón de cuerdas de acero con la sensible finura de un oboe afinado en re o la fuerza de la cuerda de violines en trémulo? El compositor se movía de un lado a otro, intentando no perturbar el silencio de la sala, aunque tampoco le hubiera importado mucho encabezar el boicot. Cruzaba las piernas con desgana, la mano derecha iba del reposabrazos de la butaca a la mejilla, luego a la sien, se ajustaba las gafas y se las desajustaba para ver por encima de los cristales; jugaba a taparse un oído y luego el otro, a ver si era capaz de percibir sensaciones amplias que le sacaran del sopor, más por uno que por otro. En una de sus cabezadas a diestro y siniestro, reparó en la joven de su derecha, la que había sido agraciada con el regalo inesperado, y a la que había olvidado nada más sentarse. Mirada fija en el escenario, ojos muy abiertos, boca inerte y manos entrecruzadas. Su blusa, lila triste con canesú y botones forrados, no tenía ni una sola arruga. La rubia, hierática, parecía una estatua. Volvió la vista al escenario para no dar la sensación de grosero. A los conciertos se va a oír música, pensó, no a mirar a las mujeres, aunque sea un concierto tan chabacano como éste y una chica tan vulgar como la que me ha tocado en suerte. Pero la sensibilidad silenciosa con la que la moza participaba de la velada musical le llamó la atención y su vista recalaba en la butaca de la afortunada como si fuera atraída por un poderoso imán del que era imposible separarse. Cuando sonaron los primeros compases del adagio, Bacarisse sintió una punzada en el pecho que le hizo erguirse en la butaca y poner fin al baile de San Vito. La melodía reservada que iba dando paso poco a poco al protagonismo de la guitarra con gesto apagado le pareció sublime. Y se imaginó una conversación amable y distendida, a modo de tertulia, entre el corno inglés, el fagot, el oboe y la trompa, a la que habían invitado a la guitarra que, de forma educada, cortés, reservada pero valiente, aportaba sus particulares impresiones. El arpegio final, tranquilo, pausado pero vigoroso, cedía humildemente el protagonismo a la orquesta para que cerrara la conversación. Instintivamente su mirada se fue a la derecha de la sala y percibió cómo una lágrima se escurría solitaria por la lisa mejilla de su invitada ocasional. Cerró los ojos y el tercer movimiento lo escuchó ciego. Como Rodrigo.

Tres meses después, Salvador Bacarisse localizó a Narciso Yepes en su domicilio de París. 

-Tengo un regalo para usted. Pero me gustaría entregárselo en mano y no dejarlo en taquilla, bromeó.

En una mesa apartada del Café de la Paix, próximo al teatro de la Ópera, el compositor entregó a Yepes un sobre: contenía la partitura del Concierto para guitarra y orquesta en la menor, tal vez la obra más importante y célebre de este compositor maldito, que surgió de la emoción que le produjo ver cómo una lágrima se escapaba furtivamente desde el patio de butacas hasta el escenario de una sala de conciertos, y se posaba silenciosa en los trastes de una vulgar guitarra.

 GABRIEL SÁNCHEZ

Si algún curioso quiere recordar la partitura de Bacarisse, este es un extracto del Concierto para Guitarra y Orquesta en La menor que tuvo lugar en el Auditorio Manuel de Falla, Granada, en 2013 A la guitarra, Marcos Victora-Wagner.

Foto de portada de la Ópera de París: Veronique Mergaux.

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