Profesor + Alumno = Obra magistral

A principios de 1878, Chaikovski estaba desesperado. Hacía seis semanas que se había casado con Antonina Miliukova, una antigua alumna del conservatorio. Intentaba así ocultar su homosexualidad y complacer a su padre y a parte de la sociedad que no veía con buenos ojos el celibato del compositor. Pero aquello, como no podía ser de otra forma, no funcionó. Para alejarse del ambiente viciado de Moscú y su propensión al suicidio, posibilidad que había barajado durante los infernales seis meses de matrimonio, el músico puso tierra de por medio y se fue al balneario de Clarens, en Suiza, a orillas del lago Leman. Frecuentaba este lugar de retiro para desintoxicarse de la vida ajetreada de Moscú y San Petersburgo cuando el cuerpo le pedía descanso o algún que otro vicio, en aquella época inconfesable.
En marzo de 1878, instalado en Clarens, comenzó la composición de la Sonata para piano en sol mayor. No había avanzado mucho porque, a decir verdad, la inspiración, o se había quedado en Rusia o simplemente no estaba al alcance del compositor en aquel momento. Pero Dios siempre abre una ventana cuando cierra una puerta. Aunque, en este caso, Dios lo hizo al revés: cerró la ventana pequeña de la sonata para piano y abrió el portón de un gran concierto, tal vez uno de los más célebres de la composición para violín.

Chaikovski recibió en su retiro suizo la visita de Iosif Kotek, antiguo alumno y gran promesa como violinista, que regresaba de realizar una gira por Alemania. Los dos pasaban largas jornadas interpretando piezas para piano y violín. El joven Kotek sacó de su cartapacio la partitura de la Sinfonía Española, de Édouard Lalo, que había interpretado en un concierto en Berlín. Por fin, la inspiración le había llegado dentro de un cuaderno de su alumno. Chaikovski pensaba que el compositor francés, al acometer la Sinfonía Española no se esforzaba por alcanzar la profundidad, sino que evitaba cuidadosamente la rutina, buscaba nuevas formas y pensaba más en la belleza musical que en observar las tradiciones establecidas. Todo lo contrario a lo que hacían los alemanes.
Abandonó la composición de la Sonata y se puso a trabajar en una obra para violín, tomando como referencia lo que había escuchado de Lalo. En dos semanas, profesor y alumno pergeñaron lo que sería el Concierto para Violín en re mayor. Perfilaron el movimiento central, dieron cuerpo al rondó final y en un mes, la obra estaba acabada. Había que buscar un violinista de prestigio para que encabezara el cartel del estreno y asegurar el éxito. Kotek todavía no estaba preparado para acometer una obra de esa envergadura, tan original que, técnicamente, era compleja de ejecutar.
Se llamó al violinista húngaro Leopold Auer, a quien, por cierto, también se le dedicó la partitura. Pero Auer rechazó la oferta. Esa obra no se podía interpretar tal y como la había compuesto el maestro. Era intocable. El rechazo obligó a posponer el estreno, previsto para el mes de marzo de 1879, y a buscar otro violinista de prestigio. Adolf Brodsky aceptó el reto.

Chaikovski cambió la dedicatoria, como era natural, y se la ofreció al violinista que se había atrevido con su original partitura. La obra se estrenó en Viena el 4 de diciembre de 1881. Con escasos días para ensayar y un pobre acompañamiento orquestal, el concierto tuvo una acogida fría, por no hablar de fracaso. Tampoco la crítica ayudó. La audiencia de la época estaba acostumbrada a los conciertos de Brahms o de Beethoven, mucho más ortodoxos y con pautas que todo el mundo conocía. Chaikovski los había desconcertado con su técnica. El crítico Eduard Hanslick llegó a escribir en un diario vienés al día siguiente del estreno: “Ya no se toca el violín, más bien se le dan tirones, se rompe en pedazos y se le llena de cardenales. No sé si es posible extraer un sonido puro de estas espeluznantes acrobacias, pero sí sé que, al intentarlo, el Sr. Brodsky torturó a su público tanto como a sí mismo». Hanslick daría más detalles, afirmando que el concierto «apestaba al oído».
Claro, si se coloca este concierto junto al que compusieran los románticos de mediados del siglo XIX, está claro que su disparidad en cuanto a la técnica para extraer los sonidos más agudos del violín, chirría. Pero el tiempo pone las cosas en su sitio, y hoy el Concierto para violín de Chaikovski, su opus 35 es una de las piezas más populares y de repertorio obligado de todo solista que se precie. Chúpate ésa, Hanslick, visionario.
Gabriel Sánchez
La virtuosa violinista japonesa Sayaka Shöji interpreta el Concierto para violín de Chaikovski:

Pobre Hanslick, formalista y poco visionario. Hasta 1904 cuando murió estuvo arrepentido de las tonterías que dijo sobre esta magistral obra.