Don Quijote contra Elon Musk

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
“Escucho con mis ojos a los muertos”, escribió Quevedo. Qué mejor verso para celebrar el libro y la lectura, encontrándose ya, decía, “retirado en la paz de estos desiertos/con pocos, pero doctos libros juntos”.

Libros doctos, historias, ficciones, de las que Mario Vargas Llosa, en La verdad de las mentiras, ya nos advertía: “las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa– pero esa es solo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que solo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así, esto tiene el semblante de un galimatías. Pero, en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos y pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros– quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente– ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo insatisfecho”.
Sirvan hoy de frontispicio las palabras de Quevedo y del fallecido premio nobel para situarnos en las vísperas del miércoles 23 de abril, cuando se celebra el Día Internacional del Libro, fecha elegida por la UNESCO por la muerte, en el mismo año 1616, de tres grandes escritores de la literatura universal: Miguel de Cervantes (murió un día antes, pero fue enterrado el 23), William Shakespeare (aunque falleció el 3 de mayo si aplicáramos el mismo calendario, el gregoriano) y el Inca Garcilaso de la Vega (que, este sí, murió aquel día). Además, en Cataluña se celebra Sant Jordi, conmemoración que se remonta a la Edad Media pues tal día del año 303 d.C. murió decapitado el caballero Jordi, el santo, que estando bajo las órdenes del emperador Diocleciano, se negó a seguir la orden de perseguir a los cristianos, por lo que fue martirizado y decapitado, según se puede leer en la web del Ayuntamiento de Barcelona. Aunque en la actualidad es sobre todo el santo al que imploran editores, libreros y escritores para ese día no llueva y puedan batirse, un año más, los récords de ventas de libros.
Lágrimas de bestseller
En fecha tan señalada para el libro, ese objeto al que se lleva vaticinando la muerte desde la aparición del móvil, los suplementos literarios despliegan una catarata de recomendaciones de sus críticos y periodistas, listas interminables de libros para comprar y regalar; en contrapartida, las empresas editoriales riegan sus páginas con un inusual despliegue publicitario y así pagar la fiesta, especialmente en Cultura/s y Abril por su vinculación a periódicos catalanes, pero de paso también al resto.

Además de Sant Jordi, son venerados, como santos laicos, en las casas editoriales, los autores de bestsellers, a los que Babelia dedica su reportaje de apertura. Lo firma Berna González Harbour, e incide en lo que ya se ha convertido cada poco tiempo en un tópico recurrente sobre cómo autores con muchos lectores a la vez son ignorados por la crítica: “Los autores de bestsellers, viven en la esquizofrenia de una inercia que se ha repetido en la historia: adorados por el gran público, máquinas de fabricar lectores y combustible para la gran industria del libro, son también despreciados por la crítica o la academia por un estilo menos arriesgado que prioriza lo comercial”. No descarta que esto puede ocurrir por envidia o superioridad moral por parte de autores más literarios “que los miran por encima del hombro”. Para ilustrar distintas opiniones se recogen las de algunos autores, profesores y editores. Por ejemplo Julia Navarro, a la que elogia la reportera porque escribe “libros sólidos y bien documentados como el reciente El niño que perdió la guerra” (aunque no debe entenderse este juicio como recomendación del libro, porque el que ella recomienda desde otra sección del suplemento es Imposible decir adiós, una novela de la premio nobel Han Kang, que con ese pedigrí no se equivoca uno).
El problema en este debate entre calidad y cantidad, o el equívoco, quizá está, como apunta el editor de Grijalbo, Toni Hill, en que bajo la etiqueta bestseller “colocamos demasiadas cosas”, y duda que sea un género en sí mismo: “En realidad, es una expectativa y un resultado” (…)
Sergio Vila-Sanjuán, director de Cultura/s y autor del ensayo Código bestseller, diferencia entre los que él denomina autores “genuinos, que abren tendencia, y los que se apuntan al carro (…) La cabaña del tío Tom, Lo que el viento se llevó, El padrino, Parque Jurásico, Los cipreses creen en Dios, La sombra del viento o Alatriste son libros que representan un universo original, no copiado, genuino”.
En España –según González Harbour– los creadores que han logrado ese genuino mundo serían Dolores Redondo, “que encontró en lo misterioso del Valle del Baztán el alimento de conexión”, o Lorenzo Silva, “padre literario de una pareja de guardias civiles cuando era imposible imaginarlos como héroes”.
La publicidad y su efecto disuasorio

También María Dueñas (portada esta semana en Abc Cultural, y entrevistada en Abril), de la que recoge unas palabras en las que define su papel en el negocio editorial: “Mis libros aportan que se active la lectura, que se mueva la industria editorial, que se expanda la novela en el mundo. Contribuyo a un emporio editorial en el que otros libros de menor trayectoria pueden ser publicados. Objetivamente puedo colaborar y aportar”. Clarividente, aunque no consiga volver sobre el lamento: “Hazme una crítica negativa y yo la soporto. Pero ni siquiera la hacen. Asumen que, por el hecho de vender mucho, por estar publicada por Planeta y tener una aceptación masiva por parte sobre todo de mujeres estás penalizada y desdeñada. Es un sesgo incomprensible”.
Aunque son autores muy distintos, según el profesor José Antonio Cordón, la fórmula pasa por buscar “una lectura fluida, agradable, con un nivel de vocabulario, una complejidad léxica y una exigencia de nivel medio; una trama in crescendo; una evolución de los personajes; un conflicto, a ser posible sentimental; que cada capítulo acabe con expectativas hacia la conclusión, y una adaptación al conjunto de valores existentes en la sociedad del momento, aunque se sitúen en otro tiempo”.

El exitoso Ildefonso Falcones, autor de La catedral del mar, confiesa estar encantado de que sus novelas gusten a un gran número de gente: “Vargas Llosa ha vendido muchísimo, sus novelas son grandes bestsellers y nadie puede considerar que no sea literario, pero él es excepción. En esa elección, yo prefiero ser comercial, intentar satisfacer y entretener al lector. No pretendo enseñarle nada”. Por su parte, Santiago Posteguillo pone el acento en la emoción: “lo importante es que la obra esté bien escrita, que emocione (…) Dentro del género histórico, yo trato de entretener. Si además consigue que nos emocionemos, que el lector salga de mis novelas habiendo aprendido historia y reflexionando sobre errores que ojalá no repitamos, mucho mejor”. Para terminar, David Viñas, autor del ensayo El enigma bestseller, señala a la maquinaria de promoción y a las estrategias comerciales como causantes del prejuicio de asociar cantidad a mediocridad, una idea que habría que superar pues está convencido de que, sí, “sí hay bestsellers de calidad”, aunque a renglón seguido matiza: “no son la mayoría”.
Al hilo de esto último, José Antonio Cordón distingue entre libros que vienen reconocidos ya como éxitos de ventas por distintos canales de comunicación y los que surgen, los no previstos, que no obedecen a lógicas comerciales, como El infinito en un junco: “A partir de ahí se convierten en un lugar compartido para miles de personas, logran una aceptación colectiva y tienen impacto porque han roto la barrera del circuito comercial”. El fenómeno también se llama “boca a boca”.
En el reportaje hay más lamentos de escritores de bestsellers que se sienten poco queridos por la crítica, pero nuestro espacio es limitado. Y, en todo caso, las largas filas de lectores que se formarán para la firma de sus libros en las ferias que se avecinan, más los remanentes por derechos de autor que les van llegando, compensarán el ninguneo de la crítica y amortiguará tanto dolor causado a su ego.
Del estado de la lectura en España

En La Lectura, para la conmemoración del Día del Libro, convocaron a conversar sobre “el estado de la lectura” en nuestro país a los últimos cuatro galardonados con el Premio Nacional de las Letras Españolas: José María Merino, Luis Landero, Cristina Fernández Cubas y Manuel Rivas.
De la conversación, moderada por Pablo Gil, recogemos algunas ideas:
“El libro es el invento cultural más importante de la humanidad. Está descendiendo la inteligencia, el coeficiente intelectual medio, y hay un debate tremendo sobre el tema porque muchos se los atribuyen al crecimiento de las tecnologías virtuales y otros dicen no” (Merino).
“Es que leer es un placer, pero un placer que cuesta. Tienes que hacer un esfuerzo porque el libro te está interpelando, tú tienes que interactuar con el libro, mientras que en el móvil y en las pantallas te lo dan todo hecho, no tienes que hacer ningún esfuerzo mental (…) leer es una tarea intelectual que exige concentración, lentitud y soledad, que son tres valores raros en nuestra sociedad, pero que son buenísimos para el alma y el intelecto” (Rivas).

“Los héroes, los demonios, los ángeles: todo eso está en nuestra imaginación. No sabemos vivir sin contar historias (…) y, es más, cuando recordamos nos estamos contando nuestro pasado y cuando soñamos nos estamos contando también nuestra vigilia” (Landero)
“Hay quien piensa: bueno, eso es un invento para divertirse. No, no, mire usted, está en nuestra naturaleza. La naturaleza del homo sapiens es la ficción, intentar explicar la realidad a través de la imaginación. Es algo absolutamente humano” (Merino).
“Además, la ficción a veces es mucho más real que la vida misma” (Fernández Cubas).
Sobre el futuro de la lectura, los cuatro coinciden en que los planes de estudios no la están favoreciendo adecuadamente, aunque Fernández Cubas rompe una lanza por los clubes de lectura que están fomentando las bibliotecas públicas. Pero Merino insiste en el móvil como el principal obstáculo: “el acceso al móvil es un tema que debería ser un acuerdo mundial. Yo lo tengo claro: a los 18 años, como el alcohol. El móvil es un revólver”.
El cervantes de Pombo
El 23 de abril es también la fecha en que se entrega el Premio Cervantes. Este año lo recogerá Álvaro Pombo, si antes no “le da un supiritaco” (patatús en mexicano) –dice– “y me tienen que llevar en un catafalco”, comenta “desde la cama” a Jaime Cedillo en la entrevista que publica El Cultural. E insiste: “Estoy hecho unos zorros, cojitranco y muchas cosas más. Es imposible estar más asqueroso que yo”.
A pesar de todo, está disfrutando del premio: “es buen momento porque el premio me ha impulsado un poco para arriba”, y el destino de los 125.000 euros que recibirá lo tiene claro: “comprar el puerro, la manzana… sobrevivir. No pienso gastarlo en viajes ni nada parecido. Los escritores hemos vivido siempre muy en precario. Salvo gente como Don Arturo [Pérez-Reverte], Umbral y muy pocos más que han tenido más dinero, más suerte, más ojo…”. Leído sí ha sido Pombo, pero bestseller, no.

El discurso que pronunciará versará sobre la fragilidad física, no tanto de la suya como la de Cervantes, “que estaba machacao. En lugar de buscar una sinecura, que es lo que hacían los frailes, el chalao se metió en el ejército y lo primero que hicieron es pegarle un tiro”.
En la entrevista se aborda la idea de Dios: “Es muy difícil imaginarse a Dios, así que yo utilizo el concepto de ‘ficción suprema’. Para los grandes teólogos, Dios no deja de ser una ficción”; y respecto a su homosexualidad, un asunto del que tenía pensado publicar un texto, y lo ha descartado, en el que hablar de su convencimiento de que era un don de Dios, hace la siguiente reflexión: “Yo creo que sí es un don de Dios; si no, ¿qué coño va a ser? ¿Tú crees que un homosexual es un monstruo? Pues no. Claro que no lo es, se ponga como se ponga el cura o el papa. ¿Qué es, entonces, una rareza? Pues eso, un don de Dios, y puede ser un don satánico, como pueden ser todas las pasiones incontroladas. Son personas quizás especiales… y pueden ser muy pelmas. Es que los gais pueden ser muy pelmas”.
A pesar de los achaques sigue escribiendo. Tiene casi terminado un libro de ficciones autobiográficas, y sigue con sus artículos semanales para El diario montañés. Escribir es lo que da sentido a su vida, junto a la conversación con los amigos. Los que le quedan, claro, porque la muerte ya le robó algunos: “La muerte de los demás es lo que es terrible: la de las personas que he conocido y he querido. El problema es la soledad, más que mi propia muerte. Unamuno decía: `Mi muerte es incomprensible’. Nos parece incomprensible la muerte propia, pero la mía llegará un buen día y patapum, a tomar por saco”. Pero antes de eso, el miércoles, recogerá el Premio Cervantes, si no se lo impide el temido `supiritaco’.
E. Huilson

Gran ironía del tal Huilson a propósito de San Jordi. Del heroísmo de las catacumbas a la cuenta de resultados de editores y libreros.