Elogio del espía

 

Alec Guinness como George Smiley (BBC)

No siempre los personajes de ficción acaban en una tumba a la que podamos luego los lectores agradecidos visitar para homenajearlos si nos place, ni cuentan con una lápida donde leer el elogio a su persona. Igual que nacen un día, que casi nunca coincide con el del parto, pues su creador establece a su antojo cuándo aparece en el mundo, con qué edad lo hace y el lugar, decide otro darles muerte o no, pues no siempre mueren, dejándolos el autor en un limbo eterno o bucle donde vagar errantes, olvidados, hasta que los revive un nuevo lector. Pero ninguno se escapa al sino de llevar grabado en su alma en el momento fundacional de su nacimiento o un carácter o un destino. A mí me cuesta dilucidar si por lo general el espía es un personaje de carácter o lo es de destino, si se trata de un personaje que vive el presente sin ningún objetivo que le transcienda o es el personaje que sacrifica su presente para cumplir un mandato o cometido, o sea, de destino, generalmente en bien de los demás. 

John Le Carré

De los espías de ficción, mi preferido es, y será para siempre me temo, George Smiley. Preparando una visita a Londres y a falta de poder visitar tumbas de personajes ficticios que admiramos, terminamos por visitar los lugares que habitaron. Por la Walking literary London, me entero de que George Smiley, el más famoso de los espías del Circus, vivía en Bywater Street. Su creador, John Le Carré, decidió darle esa morada “llena de casas bonitas cuyos colores dan la impresión de un gran pastel de Battenberg” explica la guía, “Smiley vive aquí”. En algún momento Le Carré justificó la morada familiar que le adjudicó a Smiley por razones de seguridad: “Creo que pude haberlo puesto allí porque el fondo de saco de una calle es muy difícil de mantener bajo vigilancia y el número 9 está en el extremo ciego de Bywater Street”.

Smiley regresa en la novela El topo al Servicio Secreto con el fin de descubrir a un agente doble que trabaja para Moscú. De cuatro sospechosos, el que más apreciaba, Bill Haydon, será el señalado. Inspirado en el espía doble Kim Philby, que desertó a la URSS en 1963, Haydon es visto por Smiley como “un romántico y un snob. Quería formar parte de la vanguardia de élite y dirigir a las masas para sacarlas de las tinieblas”. Philby formaba parte de “Los cinco de Cambridge”, un grupo de espías británicos que guiados por el antifascismo terminaron operando como agentes dobles al servicio del KGB.

En fin, viejas historias de espías de un viejo lector, de cuando estas aventuras se desarrollaban en plena guerra fría y Le Carré o Graham Greene ejercían de sumos sacerdotes. Historias, además, contadas con excelente maestría. No hemos tenido en España una tradición similar, exceptuando el caso de Javier Marías, con su formidable trilogía Tu rostro mañana o Tomás Nevinson de la que ya dejamos reseña en Patio sin Red.

Emilio Alonso Manglano (Foto Gorka Lejarcegi/El País)

Lo que sí contamos por aquí es con algunos libros de no ficción con espías y servicios de inteligencia como tema. No tengo noticia de que ninguno de ellos haya quedado como obra de referencia, al menos hasta ahora. El último en aparecer ha sido El jefe de los espías que acabo de adquirir, pero aún no he leído hasta el final. En resumen, el libro está basado en las agendas y anotaciones del director del Cesid, Emilio Alonso Manglano, que ocupó el puesto entre 1981 y 1995, anotando los servicios prestados al rey Juan Carlos, a los presidentes del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González y sus respectivos ministros de Defensa. Y por lo que se ha publicado hasta ahora y hasta donde he llegado a leer el libro promete desolación, algo de caspa e inteligencia escasa. 

Una muestra: “Mientras charlan sobre Amedo y Domínguez, casi de rebote, Asunción (exministro de Interior) confiesa a Manglano que el Ministerio del Interior ordenó seguimientos al exministro José Barrionuevo y al exdirector de Seguridad del Estado, Julián Sancristóbal, relacionados con la fuga de Roldán, y que está preocupado ante el posible pacto con (el juez) Garzón y los policías (…). A continuación, Asunción, comenta: “Lo que ha hecho ahora Garzón es lo que ya les había prometido, porque me lo contó a mí Amedo. Bueno, a mí no, a un machaca que envié yo. Con Amedo me he entrevistado tres o cuatro veces (…) Cuando llegaron por la noche (a la prisión), que además se fueron después de putas por ahí, llegaron tardísimo, a las cinco de la mañana, de pendoneo con Garzón…”.  La conversación deriva hacia una conclusión: Garzón odia a Felipe González y quiere hacerle caer. “Igual que Pedro J. Ramírez”, añade Manglano. Hay más, el Rey y Bárbara Rey, los periodistas que se conjuraron en un sindicato del crimen para acabar con el felipismo en el que Ansón habría actuado de agente doble… Mario Conde y Banesto, y Perote… 

¡Qué pereza!, me digo, mientras decido aplazar la lectura a otro momento, a la vuelta de Londres, donde espero visitar la casa ficticia de Smiley. 

                                                                                                        ALFONSO SÁNCHEZ

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