Un coro milagroso (I)

Palazzo Tiepolo (Venecia)

Lo podría haber contado Alejo Carpentier en su Concierto Barroco. Una noche desalmada y fría, en una plaza de la Venecia carnavalesca, allá por 1740, coincidieron frente a la puerta del palazzo Tiepolo Federico Händel y Juan Sebastian Bach. Esperaban a un personaje que les había citado, por separado, en tan majestuoso escenario, sin saber, a ciencia cierta, con qué fin. Uno y otro habían viajado hasta la ciudad de los canales, intrigados por la insólita invitación, procedente nada más y nada menos que de uno de los más reputados músicos de la época: Antonio Vivaldi, reconocido en toda Europa, en cuyas principales ciudades paseaba con éxito sus partituras de conciertos y óperas. Vivaldi, pobretón y ya algo viejo, había recuperado su antiguo puesto de maestro de capilla y coro de una institución digna, pero con muy poca fortuna: el Pío Ospedale de la Pietà, un orfanato de niñas abandonadas, que eran recogidas por las calles y plazas venecianas, y de las que se trataba de hacer carrera para evitar, en la medida de lo posible, su descarrío.

Händel, perspicaz y divertido, algo alocado e impaciente, bromeaba ante el recto y conspicuo pastor de la iglesia luterana sobre los motivos de tan insólita invitación: tal vez, pensaba, nos querrá presentar a una destacada dama de la sociedad veneciana e invitarnos a pasar la noche en alguno de sus palacios; o tal vez quiera que nos disfracemos de carneros para mofarse de algún conde a quien su esposa va coronando de cama en cama. Como su condición sacerdotal no le permite excesos, es posible que haya pensado en nosotros para suplantarle y vengarse de los despechos sufridos. El músico alemán, oídos sordos a las siniestras ocurrencias de su renegado compatriota, guardaba silencio.

Por la esquina del pasadizo Barozzi apareció una figura envuelta en un manteo algo raído, que se acercaba con paso lento hacia los dos solitarios turistas ocasionales, que saludaron la presencia de su anfitrión con alegría contenida. La noche no estaba para esperas prolongadas en lugares desconocidos, aunque había que reconocer que la majestuosidad de la fachada del palazzo Tiepolo, con sus ventanas ojivales, sus balcones volados sobre el canal y sus puertas descomunales, les había dado el calor del que carecía la húmeda noche.  

Opsedería de la Pietá

Atendiendo a la invitación de su anfitrión, los músicos se dirigieron a la Ospedale della Pietá, ubicada en un palacete decadente, que daba muestras en su fachada de cierto abandono, situado a unos cientos de metros del lugar de la cita, siguiendo el curso del canal. Sin embargo, su interior desmentía la idea inicial que el visitante podía hacerse sólo con ver el edificio por fuera: una escalera marmórea partía del hall de acceso y elevaba al visitante hasta amplias habitaciones de cuyas paredes colgaban cuadros, lienzos y tapices que formaban una colección de obras de época inigualables. Durante décadas, la Ospedale de la Pietà había recibido de sus protectores subvenciones en especias: las obras de Caravaggio, Tiepolo o Baglione ennoblecían el recinto, que se iluminaba con haces de velas floridas en cada esquina. 

-Pasad.

Y en una habitación fría y desangelada, sobre estrechas tribunas, escalonadas  de madera ennegrecida, un coro de niñas en camisón dio la bienvenida a los visitantes extranjeros. No importaba la hora -madrugada-, ni el escenario; no se tuvo en cuenta el sueño de los hospedados ni las condiciones acústicas del escenario; no se reparó ni en la vestimenta ni en el decorado. Simplemente las niñas cantaron, siguiendo las instrucciones del maestro de capilla, que marcaba los ritmos con sus manos artríticas, entumecidas por la humedad del lugar. Y las niñas entonaron la más bella melodía que jamás habían escuchado los oídos de los ilustres invitados. Eran voces dulces, limpias, seguras. Variaban los tonos sin apenas rozar el fraseo. El vaho que exhalaban en la inhóspita habitación, contaminada de un frío cruel, parecía incienso que se elevaba hasta las abovedadas alturas para bajar después en forma de nube balsámica. Y esa nube envolvía el corazón musical de la obra religiosa por excelencia del viejo compositor veneciano, el Magnificat. Las niñas interpretaban sin un solo bostezo el tercer movimiento, Et misericordia eius en do menor, la partitura coral más bella de toda la composición.   

Händel se recostó en uno de los camastros que vertebraban la sala, lecho de las cantantes hasta que el maestro Vivaldi las mandó levantarse para honrar a sus invitados. Y soñó, soñó con coros celestiales que le arrullaban en el catre.  Bach permaneció de pie durante toda la audición, aún a riesgo de sucumbir ante semejante espectáculo y caer también en un sueño dulce, arropado por las voces infantiles. Vivaldi seguía aturdido dirigiendo a aquellos ángeles que habían bajado a la tierra en una noche carnavalesca de la Venecia más señorial para deleite de los mejores músicos de la época.

Cuando finalizó el concierto, Vivaldi felicitó a sus pupilas con un grito de satisfacción que resonó como un trueno en toda la sala. 

-¡Aleluya!

GABRIEL SÁNCHEZ

(Continuará)

Puedes escuchar aquí Et misericordia eius en el concierto de junio de 2019 en el Temple de Bergerac. Dirección : Paul-Marcel Nardi; al piano : Arnaud Oreb.

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