La literatura inquietante de Mariana Enríquez y de Fernández Cubas contra Alatriste

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Ya adelantamos la pasada semana que el inicio de la temporada literaria llegaba “marcada” (es el término utilizado por varios medios) por el regreso de Alatriste, el espadachín creado por Arturo Pérez-Reverte, que acude, en esta su nueva entrega, a París para llevar a cabo alguna misión que le había sido encargada. Lo apuntaba algún suplemento y varios digitales de los que nos hicimos eco. Pero el fenómeno (¿publicitario?) continúa en otros suplementos. Y a lo grande, en el caso de Abc Cultural, que reabre después de sus vacaciones de agosto con todo un despliegue sobre el regreso a las librerías del espadachín, dedicándole la portada y hasta 9 de sus 24 páginas. No se ahorran elogios, como en el artículo que firma Jorge Fernández Díaz, que califica el libro como “Acontecimiento literario global”.

En el mismo tono va la reseña del crítico Pozuelo Yvancos. Hay también páginas sobre la adaptación al cine de anteriores aventuras y hasta un artículo de la editora, Pilar Reyes, que comienza situando a Alatriste al nivel del Quijote en cuanto a conocimiento por parte del público: “Las aventuras del capitán Alatriste es uno de los proyectos más significativos de la narrativa reciente en lengua española, pues ha logrado convertir a su protagonista y a sus peripecias en un verdadero mito literario: un personaje que trasciende las páginas de un libro para integrarse al imaginario colectivo. Esta es una cualidad que solo unos pocos seres de ficción alcanzan: el Quijote, la Celestina, el Lazarillo, el Cid o Don Juan, por mencionar algunos ejemplos en nuestro idioma. Desde la primera entrega de la saga, publicada hace casi treinta años, Diego Alatriste se sumó a esta estirpe”. ¡Tal cual!
A la caza del best seller

No deja de ser una oportuna casualidad que tras el despliegue sobre las hazañas de Alatriste leamos a renglón seguido, en el mismo suplemento, una entrevista con el editor retirado Enrique Murillo, que ha trabajado para varias, y prestigiosas, editoriales españolas, y que acaba de publicar sus memorias bajo el título Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición. Unas memorias que harán las delicias de los lectores interesados en el negocio editorial español, sector en la actualidad dominado por dos grupos que facturan casi dos tercios de todo el libro español y “una segunda división con editoriales como Anagrama, con más de cien títulos al año”. Sobre lo que se publica en la actualidad, Murillo es taxativo: “se busca de forma enloquecida el best seller”, mientras escritores muy buenos se quedan en el cajón: “Conozco a autores que no pueden publicar porque ni tienen seguidores en las redes”. Advierte en la citada entrevista, que firma Sergi Doria, que “facturación no equivale a lectura”, y precisa que el exceso de novedades provoca devoluciones: “podemos soportar hasta un 35%, pero estamos por encima de esa cifra. Cualquier tropiezo económico podría arrastrar a los sellos más vulnerables. Las llamadas ‘editoriales independientes’, que se deberían llamar ‘minieditoriales’, desaparecerían”.
Nuevos cuentos de Fernández Cubas
Es conocido que los libros de cuentos venden menos que las novelas, por lo que al negocio editorial le cuesta apostar por ese género; pero es cierto también que los lectores más avanzados en sus gustos literarios saben que escritores como Chejov, Cortázar o Carver, por elegir tres tradiciones literarias distintas, escribieron cuentos imprescindibles a la hora de componer una buena biblioteca.
En Ficciones escribió Jorge Luis Borges lo siguiente sobre su trayectoria de lector y escritor: “En el curso de una vida dedicada principalmente a los libros, he leído muy pocas novelas y, en la mayoría de los casos, apenas el sentido del deber me dio fuerzas para abrirme camino hasta la última página. Al mismo tiempo, siempre fui un lector y relector de cuentos… La impresión de que grandes novelas tales como Don Quijote y Huckleberry Finn son virtualmente amorfas, me sirvió para reforzar mi gusto por el cuento, cuyos elementos indispensables son la economía, así como un comienzo, un conflicto, y un desenlace, claramente determinados. Como escritor, pensé durante años que el cuento estaba por encima de mis poderes, y solamente fue luego de una larga e indirecta serie de tímidas experiencias narrativas, que fui tomándole la mano a escribir historias propiamente dichas”.

Sirva esta introducción para hablar del nuevo libro de relatos de Cristina Fernández Cubas, Lo que no se ve, que reseña en Cultura/s J. A. Masoliver Rodenas: “seis relatos de diversa extensión, dependiendo de la ligereza o de la densidad. Unos son claramente autobiográficos y ella es la protagonista; en otros, espectadora de extrañas situaciones”. Unos relatos donde se habla de “lo secreto, el misterio, la fantasía, lo que se calla…”. Y todo ello narrado con una prosa limpia, amena, con finales sorprendentes y brillantes y un viaje fascinante de lo más inmediato y visible a lo que no se ve pero se vive intensamente”.
Dice de su narrativa la propia Fernández Cubas: “cada cual tiene un mundo y el mío, en lo narrativo, es inquietante. Esta sería la etiqueta que le pondría a mi obra. Creo que las cosas no son lo que parecen, y me gusta explorar esos instantes y situaciones que rompen los límites de eso que llamamos realidad”. En una entrevista que publica La Lectura con la autora (recordemos: Premio Nacional de las Letras Españolas 2023), cuenta que la mayoría de sus relatos y novelas “parten de una situación completamente cotidiana y luego ocurre un nubarrón que no lo es tanto. Un nubarrón que se cierne sobre los personajes, que altera las cosas y hace que ya nada vuelva a ser lo mismo”. Y añade que su literatura se nutre de la ignorancia que tenemos de qué es la realidad, de nosotros mismos “y de qué ocurre cuando estas convenciones, el tiempo, por ejemplo, se rompen y estallan de forma irremisible”.
Para inquietante, Mariana Enríquez

Es portada en El Cultural, que publica una entrevista realizada por Nuria Azancot, en la que repasa su trayectoria como escritora y opina sobre el presente de la situación política de varios países latinoamericanos, o de cómo la IA lo transformará todo. Considerada una de las mejores autoras de terror contemporáneas, Mariana Enriquez escribió a los 19 años Bajar es lo peor, hoy una novela de culto, según señala Azancot. En España llegó al conocimiento de los lectores con Nuestra parte de la noche, novela con la que ganó en 2019 el Premio Herralde. Después llegarían la edición de los relatos que la consolidarían como referente de la literatura de terror, como son Los peligros de fumar en la cama y Un lugar soleado para gente sombría. Ahora llega a España otra de sus novelas anteriores Cómo desaparecer completamente, novela de 2004 en la que “aborda la miseria estructural, la violencia impune, las drogas como instrumento de control social y la pederastia en el seno de la familia. Y es más aterradora que cualquier relato de horror”, según resume la entrevistadora.
Fue la novela con la que decidió dedicarse a escribir, cuenta Enríquez: “Significó una toma de muchas decisiones personales, porque a esa altura estaba trabajando sobre todo como periodista. La novela que destruí, que era de género fantástico, fue enviada a editoriales, que la rechazaron, y con razón (…) Pero seguí trabajando como periodista y pensé que, para poder escribir lo que quería y aún no tenía la capacidad de lograr, debía escribir lo que sabía, lo más cercano. Y eso era una historia urbana, grotesca, violenta, suburbana”. En la novela es crucial la familia como núcleo emocional, explica, pues “es un caldero de sentimientos contradictorios: la culpa, la obligación, los cuidados. Y sabemos que cuando el daño es en la familia, el trauma es casi siempre indeleble. Los secretos familiares, las violencias calladas, el hogar como una especie de cárcel…”. Y recuerda cómo ya desde el siglo XX, y en este continúa, se empezó a escribir mucho más sobre la familia como algo tóxico, y ahí están los ejemplos de la familia Compson de Faulkner, o los Buendía de García Márquez con sus casamientos de niñas, o los Vidal Olmos en Sobre héroes y tumbas de Sábato donde también se relatan incestos.
Y aunque ahora se la considera una maestra en la literatura de terror, comenta que cuando escribió Como desaparecer… aún no se le daba el género: “Este libro fue muy punk: fue lo que podía escribir en ese momento, nacido de una necesidad de decir algo, aunque no fuese en el género que deseaba. Fue un sacudón a mí misma”.
Una Rusia distópica en quince relatos
Estamos en la Rusia de 2028, y una reproducción del Kremlin en azúcar que se regala por Navidad, es degustada por niños que la lamen, o utilizada en burdeles como afrodisíaco. Ocurre en los relatos de El Kremlin de azúcar, del escritor ruso, exiliado en. Berlín desde la invasión de Ucrania, Vladimir Sorokin, que reseña en La Lectura Marta Rebón, que ve en los relatos una especie de liturgia grotesca en la que “la memoria soviética regresa como pesadilla: colas interminables, purgas, fábricas stajanovistas, cine propagandístico… todo reaparece disfrazado de radiante porvenir, como si Rusia estuviera condenada a devorar una y otra vez su pasado”.

En la reseña sobre el mismo libro que publica Babelia, Patricio Pron nos ofrece algunos datos más sobre esa Rusia que narra Sorokin y ese Kremlin en el que habita un Soberano “que restituyó el orden feudal y construye una Gran Muralla Rusa”. También se habla de una Soberana de la que dicen, “se unta todas las noches una pomada azul que la transforma en zorra y luego corre a la perrera del Kremlin para entregarse a los perros”. También se narra que en el pasado del país hubo una “Disidencia Roja” que dio paso a una “Disidencia Blanca” cuyas causas y protagonistas nadie recuerda con precisión. Pero en ese año 2028, los enemigos de Rusia son otros: “los hipócritas católicos, los desvergonzados protestantes, los delirantes budistas, los rabiosos musulmanes y hasta los pobres ateos y los satánicos que se contonean en las plazas al ritmo de su maldita música, los drogatas pasmados, los insaciables sodomitas, que se soban los culos en la oscuridad, los monstruosos transformistas, que cambian su apariencia, la que Dios les dio”.
Sorokin, que niega hacer literatura con fines de denuncia política, tiene como maestros a François Rabelais, Jonathan Swift y Jaroslav Hašek, lo que lleva a Pron a defender que, “al margen de lo que diga, los tres fueron autores políticos, en el sentido de que percibieron el carácter ideológico y socialmente construido de la sociedad en la que vivían, ridiculizaron la obediencia a sus normas —pensemos en Gargantúa y Pantagruel, pensemos en Una modesta proposición y en Las aventuras del buen soldado Svejk– y las subvirtieron para que su profunda inhumanidad fuese percibida más claramente. No es necesario afirmarlo: Sorokin también es un autor político; en su literatura, exagerar las cosas es una forma de ser más fiel a ellas, un modo de realismo social”. Y un visionario, podemos añadir, pues ya hace tiempo que vislumbró una Rusia regida despóticamente y el tiempo le dio la razón.
E. Huilson

Interesante Sorokin