Sara Mesa deambula, en ‘Oposición’, por sueños y despachos

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
El pasado miércoles llegó a las librerías Oposición, la última novela de Sara Mesa, cuyo título haría referencia, según definición de la RAE, al “Conjunto de pruebas selectivas en que los aspirantes a un puesto de trabajo, generalmente en la Administración pública, muestran su competencia, que es juzgado por un tribunal”, ese acto que a usted le gustaría que superara su hijo/a para asegurarse un futuro. La novela llega acompañada de la correspondiente promoción mediante entrevistas y reseñas en los principales medios nacionales, pues es Mesa una autora relevante en el panorama narrativo español, que ha venido cosechando éxitos de crítica y lectores a lo largo de su carrera como novelista. Recogemos aquí tres opiniones de la crítica más destacada sobre el libro y alguna frase de propia autora, pero nos ahorraremos nuestra opinión por no haber tenido tiempo aún de leer la novela, un aviso que viene al caso por lo dispar de las valoraciones del texto.

Para su historia, Mesa ha elegido un edificio administrativo descomunal (inspirándose en La Torre Triana, un enorme edificio ubicado en la isla de la Cartuja de Sevilla, en el que trabajan unos dos mil funcionarios de la Junta de Andalucía) al que se incorpora, como trabajadora interina, una joven que también se llama Sara, en el que observará el deambular de los funcionarios que allí acuden cada día a trabajar, o no, unos trabajadores que (algunos) “quieren ser útiles y trabajar con todas sus capacidades y esfuerzo, lo que ocurre es que el sistema termina aniquilando e incluso corrompiendo esa necesidad humana”, según palabras de la autora en la entrevista concedida a La Lectura. Su autor, Andrés Seoane, cuenta cómo desde esa perspectiva “empiezan a aparecer en la novela un variado paisanaje de funcionarios que encarnan toda la paleta de tipologías humanas: un jefe que lleva meses, quizás años, cumpliendo su horario sin hacer nada, una asesora jurídica dogmática e inoperante incapaz de explicar la utilidad de sus funciones”, y así un muestrario caricaturesco de personajes.
Galdós como precedente y trampa

En El Cultural, Santos Sanz Villanueva, para contextualizar la historia, explica que la parcela profesional específica que es el funcionariado no había aparecido en la reciente narrativa española, si bien “cuenta con una bien sólida tradición en la narrativa decimonónica, con Pérez Galdós y sus inolvidables cesantes a la cabeza”. Por ello, Mesa se enfrentaba, según el crítico, al reto de “sortear la imagen estereotipada en el imaginario popular que marca a los trabajadores de la administración”, esa imagen de gente apática “que Larra condensó en su popularísimo Vuelva usted mañana”. Y elogia que la autora haya esquivado esa recreación costumbrista, pues sería literatura de otro tiempo. Para conseguirlo utiliza una “idea artística seminal que la mueve es una congruente mezcla de humor, parodia, sátira, sarcasmo e invención. En algunas situaciones se adentra incluso en el absurdo”. Y considera que uno de los mejores hallazgos de la novela es el haber detectado en ese mundo “una auténtica mística funcionarial, un sentido trascendente de un trabajo inútil”. Menos le ha gustado al crítico que el dilema que afronta la protagonista entre huir de ese trabajo, como el cuerpo le pide, o presentarse a la oposición, siguiendo el deseo materno, y asegurarse así el futuro laboral, se resuelva “con desafortunada ejemplaridad propagandística. Le sale a la autora un predicador de la rectitud moral”. No da detalles el crítico para apoyar su opinión con el fin de no hacer espóiler, “y no fastidiarle a nadie la lectura”. También señala como negativo cierto abuso de situaciones y anécdotas extremadas, que, a su juicio, resulta reiterativo y cansino, “y da la impresión de que la autora lo ha estirado como un chicle porque la materia no daba mucho por sí misma”. Por todo ello, concluye que, en esta novela, Sara Mesa “se ha dejado lo mejor de sus obras anteriores, el punto de extrañeza y misterio en que sumergía sus historias. Oposición –concluye– tiene el mérito de una lectura sencilla y gratificante por la parte de la sátira funcionarial, pero no supone un avance en la obra en marcha de la autora madrileña. Es libro plano sin el sugestivo grado de ambigüedad que era su mejor patrimonio hasta la fecha”.
Opositar como salida laboral

En Abc Cultural, José María Pozuelo Yvancos trae también a colación para su crítica de Oposición a Mariano José Larra, quien “acertó a darnos la soberbia sátira de uno de los males de los que se ve aquejadas las sociedades burguesas: el funcionariado urbano y las prácticas abusivas de su poder sobre la ciudadanía”, y a Galdós, cuya novela Miau “se ha hecho representativa de la moral acomodaticia e hipócrita en que se refugió una clase social en crecimiento”. Ese ánimo regeneracionista lo observa el crítico de Abc Cultural en la novela de Mesa, y apunta que la autora sabe de lo “extendido que se encuentra en la sociedad capitalista urbana de hoy, el recurso al modus vivendi de hacer oposiciones a algún puesto en la Administración”, una salida laboral para universitarios recién salidos de sus grados y másteres que tratan de conseguir una independencia económica que les saque de la precariedad. Como rasgos positivos cita las páginas que dedica a los cambios de denominación de cada acción, que le parecen memorables, y la recreación de “los espacios cerrados, sin salida, un microcosmos piramidal (…) en que se halla el ascenso, el mítico lugar de la escalada de peldaños”. Pero, coincidiendo con el anterior crítico citado, lamenta que Mesa se haya dejado llevar por un camino no habitual en su narrativa: “Por un momento, en la segunda mitad de la novela, en los silencios y ocultaciones de los deseos íntimos de su protagonista, parecía emerger la que siempre había sido la mejor opción estilística de Sara Mesa, decir lo que no se ve, sin que parezca decirlo. Ocurren en las mejores veinte páginas del libro, que finalmente decide entregar a un idealista final de heroína pura, cuando quizá la novela, para ser auténticamente crítica, habría pedido que se culminara en la sumisión de Sara, como tantas, y tantos descreídos que se limitan a fichar, cumplir expedientes, y esperar la nómina que llega puntual al final incluso del mes anterior a primero de mes. Tanto el proceso del expediente vivido por Sara, como el desenlace abocan esta novela a un idealismo algo naif, a la postre tranquilizador”. ¡Atentos, que ahí está el spoiler!
De Galdós a Foster Wallace

Da igual que conozcan ya el resultado, la decisión final de Sara, pues “la novela no va de eso”. Así lo sostiene Andrea Toribio en Babelia, que además exhorta a acabar “con la lacra de que los temas de las novelas sean sus escenarios. Lo crucial es la expresión de las ideas, el molde literario que estas encuentran para hacer figurar un conflicto a través del lenguaje”, defiende. A partir de esa mirada, Toribio define Oposición como “una novela amplia, exquisita y admirable sobre la incomunicación, en la que late una reflexión incombustible. Lo importante no es el tono con el que contamos algo, sino su verdad”. Y pone el foco de su crítica en un lugar bien distinto al de los críticos citados anteriormente: “La Administración pública en la que Sara se integra es un teatro en el que desarrollar la siguiente idea: ¿notan los demás nuestro dolor?” Y siguiendo ese hilo, ve en el término “oposición” la relación distintiva que existe entre dos unidades del mismo nivel pertenecientes al mismo sistema lingüístico. “Oposición es lo que sucede cuando dos seres humanos dejan de entenderse– escribe–. Los dos hallazgos más valiosos de Sara Mesa son, por un lado, ¿y si es urgente la creación de una cuarta persona del singular? Alguien que pueda vivir en nuestro lugar un acontecimiento penoso y perturbador, y que lo aloje en algún archivador en el entrepiso de un edificio abandonado. Por el otro, la injusticia con la que tratamos a quien nos muestra complicidad y somos incapaces de verla, subidas, como estamos, a horcajadas de la economía de las primeras impresiones”.
No termina ahí la mirada diferente de Toribio al libro de Mesa. Si Sanz Villanueva y Pozuelo Yvancos coincidían en citar a Galdós y Larra como influencias, la reseñista de Babelia transita por otros cauces: “Balzac y su Fisiología del funcionario, pasando por Foster Wallace (su novela, El rey pálido, ha sido una referencia fundamental, según la propia autora), María Cabrera en Televisión o Mercurio retrógrado, de Emily Segal, resultan afines a esta ficción que se lee como un brindis inverso a la obsolescencia del idioma, al tedio extremo y al abandono cósmico”.
Los cuentos inquietantes de El buen mal

En nuestro afán reivindicativo de los libros de cuentos cerramos hoy esta entrega con El buen mal, un libro de relatos de la argentina Samanta Schweblin, que reseñan Nadal Suau para Babelia y Aloma Rodríguez en La Lectura. Cuentos autónomos, aunque hay algunos hilos sutiles que les unen, y “que tienen que ver sobre todo con la sensación de falsa vida que tienen los protagonistas, pues parece que todos tienen la percepción de la realidad alterada o mejor dicho: dudan de su capacidad para interpretar correctamente y para discernir lo que sucede de verdad de lo que sucede en la imaginación”, explica Aloma Rodríguez.
Dice en su reseña Nadal Suau que Schweblin “muestra la condición humana contemporánea como el resultado de una extraña tensión entre el aislamiento y la necesidad de vínculo, entre el reconocimiento y el extrañamiento respecto del otro, y su principal talento consiste en saber condensar estas dualidades en narraciones que parecen suspender el tiempo”, y esto lo consigue con una prosa “sintética, concisa, y se las arregla sin ornamentos para perturbarnos de un modo muy íntimo.”
La autora está considerada como la mejor cuentista actual del panorama latinoamericano. Para su lanzamiento editorial y corroborar esta afirmación, se han recogido elogios de otros escritores, como por ejemplo este de Vila-Matas: “El asombro nos deja desarmados ante algo que creíamos familiar y que en un instante se nos muestra como absolutamente nuevo. En la experiencia de leer a la gran Schweblin se produce ese movimiento. Hay un antes y un después y el recuerdo de algo que no va a dejarnos nunca”, o este de Siri Hustvedt: “Samanta Schweblin combina el impulso urgente que caracteriza a toda gran narrativa con precisas, aunque inquietantes, descripciones de sentimientos humanos que a menudo no tienen nombre, esas zonas ambiguas de la realidad humana donde se entremezclan el asombro, el temor y el deseo”.
E. Huilson

Sólo falta leer Oposición…q llega con tanto jaleo…sin oponernos a nada…
Salud!