Semanario Cultural

El Mago (Fowles) regresa. Y más listas de fin de año

Avanza diciembre y abundan las listas. Si hace unos días hablábamos aquí de las de “libros para regalar”, esta semana nos topamos con las que se publican bajo el epígrafe de “los mejores libros del año” o “recomendaciones de nuestros críticos”. Listas y más listas. Las publican los suplementos culturales; las elaboran y avalan los críticos; las subvencionan, con inserciones publicitarias, las empresas editoriales. 

Nos fijaremos en algunas de manera somera más adelante por si les dan pistas útiles. 

Pero antes detengámonos en saludar la reedición de una novela mítica, El mago, de John Fowles, que el crítico y escritor Rodrigo Fresán celebra en su reseña para Abc Cultural con un sonoro: “abracadabra y ya era hora y aquí reaparece El mago. Y con ella el genio y figura un tanto desaparecido – como el de Anthony Burgess o John Updike o Saul Bellow y tantos otros– de John Fowles”. 

John Fowles (F: Suntup Editions)

En la sinopsis de El Mago que divulga la editorial Anagrama, a la que citamos porque hablaremos de ella con motivo de la traducción, se dice que es la novela central de John Fowles, y se ensalza a su autor como uno “de los más singulares novelistas ingleses; un escritor muy preocupado por los grandes temas filosóficos e intelectuales de nuestro tiempo que es a la par un extraordinario fabulador que arrastra irresistiblemente al lector”. Y concretando sobre el argumento se nos informa de que trata de la educación sentimental del joven Nicholas, que abandona Londres y a su amante y se establece en una remota isla griega como profesor de inglés. Allí conoce a un misterioso personaje, un excéntrico millonario, Conchis, el Mago, que le hace participar, a menudo contra su voluntad, en experiencias extrañas. En definitiva, una novela de formación.

Dice en su reseña Fresán que Fowles, que siempre se definió como “un outsider”, no parece figurar en ningún canon ni es reconocido como faro por ningún narrador joven, y apunta como posible causa que “la publicación póstuma de sus diarios, trufados por comentarios muy ‘british’ y un tanto homofóbicos y antisemitas haya contribuido a ello”. Para apreciar su relevancia como escritor alude a cómo en su obra “se detectaban destellos de Shakespeare, George Eliot, Tolstoi, Mann y los grandes y añejos filósofos griegos sin que esto le impidiera divertirse y divertir tocando todos los palos”. Y defiende que El Mago, a pesar de que Fowles “jamás la haya considerado la mejor entre las suyas”, se eleva por encima del resto de sus obras, hundiendo sus raíces “en la tierra muy firme y fértil de dos geniales novelas en las que el aria del visitante y el anfitrión eran la clave: Grandes esperanzas, de Charles Dickens y, muy especialmente, adorada por Fowles, El gran Meaulnes, de Alain-Fournier”. 

Novelas sin truco

En el resumen del argumento, Fresán sí pone el acento en la crisis suicida del personaje Nicholas (en la sinopsis editorial se evita citar este término) cuando descubre “que no es ni será gran poeta” y es entonces cuando abandona a Alison y se marcha a la isla griega. 

Y cierra la crítica incluyendo El Mago en ese puñado de obras míticas en el que figuran las de Salinger, Kerouac o Cortázar: “Novelas mágicas como por arte de magia. Novelas sin truco. Novelas que al leerlas uno no puede sino preguntarse cómo lo hicieron sus prestidigitadores para comprender a las pocas páginas que lo mejor, lo más sabio, es relajarse y dejarse llevar (…) Novelas que nos invitan a un todo por aquí y todo por allá y ¡presto!”

(Nota: En esta reedición que ha hecho Anagrama de El Mago figura visible en su portada el nombre del traductor, Enrique Hegewicz, que no es otro que Enrique Murillo, como se especifica en la ficha técnica, y como se ha corregido en posteriores entregas tal y como puede apreciarse en la foto. Algo habrá tenido que ver que Murillo trabajó muchos años para esa editorial, que terminó abandonando por desacuerdos, principalmente por el trato laboral, con su fundador, Jorge Herralde. Lo detalla Murillo en su libro de memorias Personaje secundario, del que ya dimos cuenta en estas páginas y que seguimos recomendando fervientemente a todos aquellos que quieran adentrarse en la oscura trastienda de la edición, como reza en su título.)

Fernández Cubas, Neuman, Schweblin, Cercas…

El Cultural dedica su portada, y muchas páginas, a reseñar lo que a juicio de sus críticos ha sido lo mejor que nos dejó 2025 en todas las ramas artísticas. Respecto a la literatura (que es de lo que nos ocupamos en estos resúmenes), el ranking de narrativa en español lo encabeza el libro de relatos Lo que no se ve de Cristina Fernández Cubas. En un breve apunte se destacan dichos relatos por su capacidad de inquietar al lector “con su ambigüedad y su humor perfecto”, y señala como constantes de su escritura, “la indagación en la figura del doble y la aparición de componentes fantásticos. De hecho, en estos seis cuentos perturbadores, vale la pena subrayar la atención hacia lo insólito, las situaciones inquietantes y perturbadoras y la trascendencia de lo psicológico”. 

Inmediatamente después figura Hasta que empieza a brillar, la novela en la que Andrés Neuman cuenta la vida de María Moliner: “su infancia, su labor en las Misiones Pedagógicas de la República y, sobre todo, su asombrosa labor al redactar sola, a lo largo de más de quince años, su revolucionario Diccionario de uso del español

Y el tercer puesto es, y aquí nos quedaremos, para El buen mal, un libro también de cuentos de la que es autora la argentina Samanta Schweblin, y con el que se confirma que “existen pocas autoras tan perturbadoras como la argentina. Hay quien dice que sus relatos son un catálogo de soledades, pero lo cierto es que en estos cinco cuentos retrata una tensión continua entre el aislamiento y el deseo de conexión, mientras que la intimidad se ve atravesada por una abrumadora sensación de amenaza”.

En la lista, hasta 10, les siguen Vila-Matas, Giralt Torrente, Pilar Adón, Cercas, Luna Miguel, Lucía Solla y Angélica Lidell con sus obras publicadas este año. 

Gospodínov, Bajani, Flanagan

En cuanto a la “narrativa internacional”, el pódium, por así llamarlo, lo ocupan Gueorgui Gospodínov con la novela sobre la muerte de su padre, El jardinero y la muerte; Andrea Bajani con El aniversario, que no es otro que el de la ruptura del protagonista con su familia; y La pregunta 7, en la que Richard Flanagan relata, en la frontera entre realidad y ficción, cómo recibió un diagnóstico sobre demencia temprana que resultó erróneo y le llevó a escribir este libro.”

Los suplementos Babelia y Abril también publican sus propias listas sobre lo mejor (o más recomendable) de lo que se ha publicado este año, con Cercas y su El loco de Dios en el fin del mundo, en el top del primero, y El buen mal de Schweblin y Lo que no se ve, de Fernández Cubas como compañeras de pódium.

Al hilo de este resumen de publicaciones del año, y en cuanto a la narrativa en castellano, el crítico de El Cultural, Santos Sanz Villanueva, señala que “este 2025 revela la persistencia de su rasgo característico desde hace bastante tiempo: conviven en paz todas las modalidades posibles y a la vez coexisten sin querellas autores al menos de tres generaciones”. Al contrario de lo que ocurría en los años sesenta, cuando la novela testimonial se confrontaba con el nouveau roman, y se enfrentaban con acritud los “de la berza” y los “novísimos” y estos anularon a aquellos incluso en su presencia en el mercado, argumenta el crítico, “hoy, al contrario, ni hay una línea directriz ni nadie se siente obligado a escribir según imposiciones ajenas. En fin, libertad absoluta en la escritura tanto en el ámbito temático como en el formal. Los libros destacados en el balance anual de esta revista lo confirman y ofrecen una panorámica bien representativa del conjunto de nuestra narrativa presente”.

Y señala como entre los 10 destacados (en El Cultural) se encuentran escritores de la promoción mayor hoy en activo como Cristina Fernández Cubas, “siempre pausada y ajena al mundillo literario, (que) vuelve a su territorio de misterios de la vida con relatos magistrales”, y el “vanguardista” Enrique Vila-Matas, que “añade un jalón más a su apuesta por una renovación de nuestras letras con el propósito de conectarlas con la modernidad”. Y en el otro extremo jóvenes como Lucía Solla, que “ha sido la sorpresa del año con una ópera prima en que le da aire innovador a un tema tradicional, el del maltrato” con su Comerás flores. 

A partir de ahí, cita otros autores de la lista y también algunos que se quedaron fuera.

“Todas ellas pertenecen a la novela literaria”, escribe, antes de citar a la que denomina novela comercial: “Lo más llamativo del año ha sido la demoledora recepción crítica, sin excepciones, con que se ha acogido la ganadora del Premio Planeta, Vera, una historia de amor, de Juan del Val”.

Literatura y experiencia humana

En el mismo suplemento, Lourdes Ventura reflexiona al hablar de la lista de lo mejor en narrativa extranjera sobre este asunto de la narrativa comercial. Viene a decir que de la calidad de la literatura (en este caso la extranjera publicada en España en 2025) reponden “las críticas y críticos de El Cultural. Desde que en los años 60 Umberto Eco promoviera el debate sobre la cultura de masas, dirigida a un público sin conciencia de sí mismo, sufridor sin criterio de las propuestas de los mass media más insistentes, la polémica sobre la literatura de calidad y las novelas de entretenimiento sigue entre nosotros. Terry Eagleton, profesor de Teoría Cultural, señala que para calificar una obra de ficción de “literaria” debe arrojar intuiciones significativas sobre la experiencia humana”. 

Una reflexión que nos apuntamos junto a la que en su día recogimos aquí hace alrededor de un mes de Ignacio Echevarría en la que señalaba que no debía confundirse lo popular con lo comercial: A ver si nos enteramos: la cultura popular queda lejos de ser lo mismo que la cultura de masas. Cultura popular, para entendernos, sería, por ejemplo, el flamenco. Cultura de masas sería el k-pop (…) La cultura popular puede permitirse no ser comercial. La cultura de masas, no. A diferencia de la alta y baja cultura, que pueden sobrevivir en sus márgenes, la cultura de masas está enteramente atravesada por el mercado”.

Ramiro Pinilla, o el arte de narrar

Ramiro Pinilla (Etxepare Euskal Institutua)

En un artículo publicado en El País en 2006, Enrique Murillo escribía sobre Ramiro Pinilla, el autor de Verdes valles, colinas rojas lo siguiente, valorando el conjunto de su obra: “Vista en su conjunto, la narrativa de Ramiro Pinilla es una demostración más de que la gran literatura puede ser, al tiempo que amena, divertida, el mayor entretenimiento del mundo, una pieza clave en la construcción y comprensión del universo en el que vivimos. Lejos de ser localista, la obra de Pinilla posee la universalidad de lo literario. (…) basa su fuerza en la ironía, virtud inusual en países como el nuestro. Vivimos confundidos por los tópicos y las leyendas, nos dice Pinilla, y buena parte del dolor que nos produce la existencia, buena parte de la crueldad que somos capaces de alimentar y lanzar luego contra nuestro prójimo, deriva de esa confusión, de esa mentira que se ha establecido entre nosotros como verdad”.

Y recuerda las fuentes de las que bebió el autor vasco: “Pinilla leyó a Dos Passos, a Steinbeck y sobre todo a Faulkner, y lo leyó con provecho extremo. Comprendió enseguida que la llamada `novela´ española carecía de interés, al menos para alguien interesado como él en el arte de la narración. Narrar no es decir lo que le pasa a un personaje, sino contarlo. Y la novela española estaba atiborrada de `decidores´ de historias, finos estilistas, eso sí, pero incapaces de narrar”. 

Traemos a colación este elogio de Murillo a la capacidad “narrativa” de Pinilla por la publicación reciente de Quince años, una novela con la España de 1938 como trasfondo en la que un maestro de municipio vasco de Algorta toma bajo su protección a Asier Altube, un muchacho adolescente, al que anima a interesarse por los conocimientos que el profesor le pueda ofrecer, y sobreviva al drama de la guerra. Y aunque Quince años sucede en los peores momentos de un episodio cruel para nuestra memoria, no deja de ser un relato tierno, lleno de esperanza. Ramiro Pinilla recupera en esta novela algunos personajes que aparecieron en su célebre trilogía Verdes valles, colinas rojas. Escribe la reseña para Abc Cultural Pozuelo Yvancos en la que señala cómo al tema de la Guerra Civil incorpora esta obra corta un interés: “la particularidad que tuvo la guerra en aldeas vascas donde todos se conocen, pero que colocó a varios fuera del sitio tradicional, pues la Iglesia, a través del cura, era a un tiempo euskalduna pero renuente al social-comunismo republicano. Hay por tanto en esta novela conflictos personales, perfiles psicológicos complejos, y unos contextos sociopolíticos que estaban demandando un desarrollo narrativo potente y extenso que finalmente ocurrió con la trilogía Verdes valles, colinas rojas’, la gran obra de la literatura vasca escrita en castellano”, y que recomendamos desde este modesto patio. Narrar frente a decir, es la cuestión (gracias, Murillo).

E. Huilson

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