Semanario Cultural

El secreto de Marcial: la necesidad de investigar al padre

El pasado miércoles llegaba a las librerías la novela El secreto de Marcial, del escritor argentino Jorge Fernández Díaz, premiada con el Nadal de este año, galardón considerado como uno de los más prestigiosos del país por mantener cierta calidad literaria. Por las críticas que hemos leído hasta ahora de la novela, parece cumplir con los requisitos de solvencia literaria exigidos.  

Jorge Fernández Díaz ©Xavier Torres-Bacchetta / HBO

“Soberbia novela, una de las mejores que he leído en los últimos años”, escribe J.M. Pozuelo Yvancos en Abc Cultural, mientras Domingo Ródenas de Moya, en Babelia, dice del autor que “demuestra una destreza nada común en la perfecta orquestación de los elementos de su novela”, hecha “de la mejor literatura”. Recuerda esa idea de que “la ficción es quien crea la realidad”, para afirmar que de “ese cervantismo puro está hablando también este libro. La novela de Fernández Díaz está escrita como las grandes películas de las que habla”. Efectivamente, la omnipresencia del cine, de filmes, directores y actores, de argumentos y personajes célebres, “es tan absoluta que conforma una suerte de escolta audiovisual que es un gozo para cinéfilos con pedigrí (y una incesante invitación para cinéfilos incipientes), añade el crítico de Babelia. 

En El secreto de Marcial el escritor y periodista recupera la figura de su padre, apenas esbozada en la novela anterior, Mamá (un libro notable y emocionante sobre su madre, inmigrante asturiana, que tuvo una merecida repercusión). En El Cultural, Lourdes Ventura recuerda la condición de emigrante de Marcial Fernández, que abandonó Luarca para recalar en Buenos Aires. Allí conoció a Carmina y formó una familia. El hijo (el autor) relata en la novela que con el tiempo sus padres dejaron de quererse. Unidos por la pasión por el cine del Hollywood clásico, desde que era niño la relación entre padre e hijo estuvo marcada por las películas hasta que, pasado el tiempo, cuando el padre no aceptó la vocación literaria del hijo, dejaron de hablarse. La investigación sobre la figura de su padre se convierte así, en el origen, en una obsesión, para terminar en “un homenaje tardío en el único lenguaje que pudieron compartir, el del cine —el libro se presenta como una película dicha—, y en la forma doble de un reconocimiento y un enigma”, explica Ródenas de Moya: “Ahora Marcial ocupa toda la pantalla desde la perspectiva del hijo (tan evocativa como constructiva), que reconoce haber obtenido de él, gracias a la cinefilia que le inculcó a través de cientos de películas compartidas, una formidable enseñanza moral y un insustituible mirador al mundo que han hecho de él quien es”. 

Cine clásico para formarse

En la novela, las tramas cinematográficas se van cruzando con las de los personajes, convirtiéndose en una crónica de un hombre misterioso, que tiene una o dos vidas paralelas, “que eligió el silencio en sus relaciones familiares, un hombre que, desde su juventud, experimentó una amistad que parecía inquebrantable hasta que se truncó sin que a nadie le interesara indagar en los motivos. Y ahí radica el fundamento de todo el entramado”, leemos en El Cultural. 

La novela compagina muy bien el retrato del padre con la propuesta de un secreto por descubrir, pues hay que tener presente que en ese tiempo el código que regía entre padre e hijo permitía a este “compartir algo íntimo con la madre (…), pero no con el padre”. Había una distancia, unos silencios que solo se quebrantaban cuando se compartía una película. Eso sí, películas del cine clásico de Hollywood, de los maestros, los wésterns de John Ford, de W. Wyler, H. Hawks o las comedias de Billy Wilder. Con “John Wayne como prototipo indiscutible que encarnaba valores de recia masculinidad, que contenían más delicadeza de la aparente”, indica en su reseña Pozuelo Yvancos, que señala así mismo otras corrientes internas en la novela, como son la amistad entre chicos, compañeros de mili, de trabajo, de relaciones con chicas, y también el mundo de “los inmigrantes españoles en Buenos Aires, asturianos y gallegos que compartían su exilio de hambre y sueños en el Palermo Pobre, sus bares, sus meriendas, sus excursiones y barbacoas, esperando que la suerte de alguno en su emprendedor negocio pudiera repartirse o propagarse. En esta novela resulta emocionante lo que el autor reconstruye de ese mundo de familias de argentinos hijos de españoles, donde también podía crecer el rencor o la envidia, pero que compartían rígidos códigos de pertenencia”.

El padre de Fernández Díaz no quería que su hijo fuera escritor ni periodista, por considerarlos trabajos de vagos o bohemios. De esa oposición, que provocó su ruptura, el autor argentino explicaba en una entrevista a raíz del premio que ese desafío fue muy formativo: “Si mi padre me hubiera alentado a ser escritor hoy no estaría aquí. Su desdén es lo que me construyó”. Una novela de autoficción, así la define técnicamente su autor, pero aclara que “no es una biografía de mi padre, es una historia entre un padre y un hijo que no podían comunicarse y el hijo tuvo que resolver ese enigma que siempre es el padre. Madre sólo hay una, pero cada padre es un enigma”, concluye. 

El romántico viajero de William Boyd

William Boyd (F: Michael Fennell/Wikipedia)

En el resumen de la pasada semana no llegamos a hacernos eco de El romántico, la última novela del británico William Boyd, por falta de espacio, pero sí nos llamó la atención la crítica elogiosa que de la novela hacía Rodrigo Fresán en Abc Cultural, y especialmente su comienzo por una alusión a cómo calidad y comercial no son términos siempre reñidos: “Resulta apropiado el que la portada de lo nuevo de William Boyd venga con globo aerostático. Porque lo de Boyd siempre tiene algo de ligero y portentoso. Algo tan sencillo de admirar por su complejidad. Así, más de uno ha malentendido a Boyd como ‘comercial’ cuando en verdad es, por encima de toda etiqueta, alguien con quien contar porque sabe contar muy bien”, escribía Fresán. A Boyd, al igual que ha ocurrido con Jonathan Coe, se los ha venido situando al margen del llamado Dream Team británico, ese grupo triunfal de escritores nacidos en los cincuenta, que en los años setenta empezaron a renovar las letras situándose entre los más destacados de la literatura occidental. Hablamos de Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Hanif Kureishi, Ian McEwan y Graham Swift

Esta semana la novela de Boyd se reseña también en Abril y La Lectura, por su parte, publica una entrevista con el autor

El romántico cuenta la historia del aventurero Cashel Greville Ros, una de esas biografías río que abarcan toda la vida del personaje, de la cuna a la tumba, un modelo del que es especialista el autor, como destaca Millet Alcoba en su reseña. Una especialidad del autor que ya mostró en 1998 cuando publicó la biografía del artista Nat Tate, de vida trágica, un pintor abstracto en el Nueva York de los 50, que era una historia de ficción salida de la imaginación del escritor. Pero cuando se publicó esto no se dijo y, al presentarse en un acto multitudinario, casi todo el mundo se tragó el anzuelo, especialmente los grandes popes del mundillo cultural neoyorkino, que quedaron en ridículo una vez que se hizo público que el tal pintor nunca existió, como recuerda el crítico. Boyd, con la complicidad de David Bowie, que respaldó la parodia, buscaban desenmascarar “lo artificioso y falso de muchos críticos del arte abstracto”.

No hay peligro de que ocurra lo mismo con esta nueva novela, pues ya desde el comienzo se revela que es pura ficción esta peripecia vital que cuenta el propio protagonista, Cashel Greville Ross, “quien a los 82 años trata de rememorar su fabulosa vida. Él mismo cuenta que nació en Escocia, en la madrugada del 14 de diciembre de 1799, el mismo día que el presidente de EEUU, George Washington, falleció en su hogar, en Mount Vernon, Virginia”. Para introducir la narración el autor se vale del “recurso tan literario del manuscrito que llega a sus manos sobre la vida del aventurero. Ese conjunto de cartas, notas, mapas y fotografías es bastante incompleto, por lo que el autor, seducido por el personaje, decide completar el relato con la ayuda de su imaginación”. Y valiéndose de tal artificio tan cervantino, vemos al protagonista inmerso en numerosos acontecimientos históricos del siglo XIX: desde joven tamborilero en la batalla de Waterloo a soldado en las guerras de la India, para llegar posteriormente a África y, mientras caza en las fuentes del Nilo, toparse con el famoso explorador inglés sir Richard Burton. También pasea de joven por Italia, conoce a los poetas John Keats y Lord Byron y entabla amistad con Mary Shelley.  Una vida, en definitiva, marcada por todo tipo de experiencias incluida la del amor hacia una condesa a la que amará de por vida. 

Por disparatada que parezca la peripecia, Boyd sabe dar a su protagonista el aire de un personaje único e inimitable que encarna el espíritu de los grandes viajeros románticos, que mantiene incansable la búsqueda del amor, la aventura y la vida en sí, escribe Millet Alcoba, que cierra la reseña con un “merece la pena leerla”. Y pronto, añade Fresán en la suya, animando a “ir al encuentro de una novela imperdible en la que extraviarse antes de que, irrecuperablemente, Netflix & Co. la echen a perder”.

Boyd viaja a España

En la entrevista realiza por Andrés Seoane en La Lectura, Boyd explica que estos libros de “biografías falsas” suponen para él un desafío técnico superior a cualquier otra cosa, pues cuando “planeas narrar toda una vida puedes escribir un libro de 10 000 páginas, así que la clave es saber destilar las experiencias para lograr plasmar en 500 esos 80 y pico años”. Pero acepta el reto, dice, porque siente que “los lectores se implican más con ellas que con una historia más ortodoxa”. Para rastrear los orígenes de esta novela hay que remontarse al joven Boyd que comenzó un doctorado, que nunca terminó, sobre el escritor romántico Percy Shelley: “En Oxford había varios manuscritos suyos y viendo su caligrafía, sus dibujos, me imaginaba cómo serían él, Byron, Coleridge, Keats…”, comenta.

Y hace un anuncio: Está escribiendo actualmente una trilogía. La primera novela ya está publicada y lleva como título Gabriel’s Moon, está ambientada en la España de Franco, más exactamente en Cádiz, y tiene como protagonista a un joven escritor convertido en espía durante la Guerra Fría. Boyd espera que sea traducida pronto al español. Estaremos atentos.

Aviso a editoriales

Pere Sureda (Zenda Libros)

Hay más novedades editoriales reseñadas esta última semana que nos llamaron la atención, como  la últimas novelas publicadas en español por Maryse Condé, Karl Ove Knausgard o James Ellroy, de las que nos haremos eco en próximas entregas en este resumen particular pues no queremos alargarnos. Pero antes de la despedida recogemos, de la columna del editor Pere Sureda en Abril, una reflexión interesante que queremos compartir. El artículo lleva por título Sobre la letra, la maqueta y otros asuntos `menores´ y en él se da cuenta de cómo las ventas de libros en papel siguen aumentando, y cómo ni el libro en soporte digital ni el audiolibro le hacen sombra por el momento. Pero esto puede cambiar, dice Sureda, si se siguen descuidando por parte de las editoriales “aquellos aspectos que muchos ni llegan a ver, dormidos en los laureles de `hacer lo de siempre´”, y que puede acarrear consecuencias a medio plazo. ¿A qué se refiere? ¿Qué estarían descuidando las editoriales? Pues a los libros de bolsillo y esa letra tan pequeña que lucen, ¡que nos vamos a dejar los ojos! Es rotundo en su argumentación: “Todos o la mayor parte de ellos tienen un formato insostenible, son demasiado pequeños. Punto. Deberíamos aprender del ejemplo de los países anglosajones, cuyas ediciones de bolsillo tienen un tamaño mayor”. Las medidas lo explican. Con libros cuyo formato es de 18 centímetros de alto por 12 de ancho es muy difícil que la letra sea, en un libro de 300 páginas, la adecuada y que pueda tener un interlineado que ayude a respirar a la página, que pueda ser cómodamente leído.  

En las ediciones anglosajonas, explica, se parte de un tamaño bastante universalizado, que es 20,5 centímetros de alto por 13,5 de ancho y “con este formato se puede maquetar y utilizar un tipo de letra y de interlineado mucho más cómodos para leer, para manejarlo, sostenerlo y disfrutar de la historia, que es lo principal”. O sea, tomen nota los directivos de la industria editorial, porque, como dice Sureda, ya “no cuelan las excusas de que eso conllevaría un alto coste, que los catálogos ya están hechos, que las estanterías… zarandajas. Todo lo que atente contra lo principal –que, debo recordar, es que el lector lea cómodamente– en pleno siglo XXI ya no me sirve. Yo mismo quiero leer los libros en este formato y con una letra y un interlineado cómodo”. He dicho. (Bueno, lo dice Pere Sureda, pero aquí en el Patio lo hemos comentado con frecuencia).

                                                                                                                                     E. Huilson

2 comentarios en «El secreto de Marcial: la necesidad de investigar al padre»

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