El ‘mafioso’ que pintó la mano de San Serapio

Nadie era capaz de restaurar la mano derecha -repintada de mala manera en el siglo XIX- de San Serapio, la obra barroca que Francisco de Zurbarán pintó en 1628. Hasta que llegó Furio Giunta y arregló el desaguisado.
Llegamos a esta excelente historia leyendo un día de abril un artículo de opinión del escritor y anticuario catalán Artur Ramón en el diario El País, bajo el título ‘El ojo de Furio Giunta contra la inteligencia artificial’. ¿El ojo de Furio Giunta? ¿Furio Giunta, el personaje de la serie Los Soprano, miembro de la Camorra napolitana que se fue a Nueva Jersey para trabajar con Tony Soprano, se enamoró platónicamente de la mujer del capo y desapareció un buen día de vuelta a Nápoles? El mismo.

Artur Ramón conoció esta historia cuando se la contó Gabriele Finaldi, director de la National Gallery de Londres en la TEFAF de Maastricht 2025, considerada por muchos como la Feria de arte y antigüedades más importante del mundo. Y nosotros la hemos conocido a través de Artur Ramón y, por si a alguien se le ha pasado su lectura, la contamos.
Desaparece la mano del santo
La pintura de Zurbarán se conservaba en el Museo de Arte Wadsworth Atheneum, en Hartford, la capital del estado de Connecticut (EE UU). Como sucede en muchas ocasiones con las obras de arte, se decide prestar el lienzo para una exposición en Europa. Con tal fin, se dispusieron a restaurarlo para que luciera mejor. Al eliminar el repinte, ¡oh sorpresa, ha desaparecido la mano derecha del santo! Y esto sucedió porque esa mano había sido restaurada, muy mal restaurada, en el siglo XIX.
¿Qué hacer? Durante varios meses expertos estadounidenses intentaron sin éxito pintar una mano que se acercara a la obra original. Fracaso tras fracaso, hasta que se les ocurrió proponer la restauración a un pintor realista con el que ya habían trabajado anteriormente. No era otro que Federico Castelluccio, conocido en todo el mundo por su papel de mafioso napolitano en la famosa serie televisiva. En una semana, utilizando un modelo, la mano de artista de Castelluccio pintó la mano del santo y todos quedaron contentos. La restauración fue perfecta.
Pintando a los Soprano

Castelluccio, nacido en Nápoles en 1964, demostró desde pequeño un talento innato para la pintura y el dibujo. En Estados Unidos, adonde se trasladó la familia siendo él un niño, se licenció en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York, y combinó la pintura con la interpretación hasta que se decantó por el cine finalmente. Sin embargo, nunca abandonó su faceta más artística. Sus pinturas se han exhibido en numerosas galerías de arte, ha sido premiado en diversas ocasiones y ha impartido conferencias en escuelas de arte y universidades. Tras su paso por los Soprano, decidió pintar un retrato de Tony y Carmela Soprano, al estilo de una obra maestra clásica del Renacimiento, obra que tituló El duque y la duquesa de North Caldwell. Su obra es extensa y se centra en la pintura de figuras y bodegones, así como en el trampantojo y el paisaje. Puede que en los medios se le conocerá como ‘Furio’, pero su presencia es habitual en programas de arte en la radio y la televisión.
Un ojo experto

Además es un apasionado coleccionista y buen conocedor de pinturas de grandes maestros europeos. Según nos descubre Ramón, el actor tiene una cualidad aún mayor: es un verdadero connoisseur, es decir, es capaz de evaluar obras de arte, su autenticidad y reconocer la autoría, en su caso. Su ojo de ‘halcón’ intuyó en una subasta celebrada en Fráncfort en 2010 que un cuadro de un San Sebastián que se atribuía a un pintor anónimo podría ser del pintor barraco italiano Giovan Francesco Barbieri, conocido como Guercino. La compró por algo más de 50.000 euros y poco después se confirmó la autoría del lienzo: era una obra de la década de 1630 del pintor Guercino. El cuadro se expuso en el Museo de Arte de la Universidad de Princenton en 2016. Hoy el lienzo ha multiplicado su valor por doscientos y está valorado en más de 10 millones de euros.
El artículo de Artur Ramón era un elogio a los ojos expertos de Castelluccio y una llamada de atención al mundo de los connoisseurs que hoy languidece, muchas veces porque se ha dejado de mirar las obras. “La inteligencia artificial no logrará superar al ojo del connoisseur porque no se trata solo de almacenar imágenes sino de comprenderlas -explica-. Y la experiencia del connoisseur las comprende y las relaciona; por eso es muy difícil conocer bien el arte siendo muy joven”.
Pues que viva el ojo humano, el ojo del connoisseur, y aprovechamos también para aplaudir la traducción humana y todo lo humanamente posible. Dejemos que la IA nos ayude, pero que no sustituya.
Ana Amador
