Semanario Cultural

‘Indignidad’. Ypi indaga el pasado de su familia albanesa

La escritora albanesa Lea Ypi se dio a conocer en España con la novela Libre, en la que narraba su experiencia en una de las dictaduras más nefastas e ignoradas de Europa, en la Albania de Enver Hoxha, así como su desempeño profesional posterior en la city londinense, epicentro del capitalismo financiero. 

Leman y Asllan Ypi in Cortina d’Ampezzo, Italia (Imagen cortesía Lea Ypi para K2.0)

Ypi, actualmente profesora de la London School of Economics, especializada en teoría marxista y nacionalismo en los Balcanes, regresa a las librerías españolas con Indignidad, para reconstruir la vida de su abuela, represaliada por el régimen comunista. La narración parte de la publicación en redes de una vieja foto en un hotel de lujo de los Alpes italianos, en tiempos del fascismo y la segunda guerra mundial, de una pareja albanesa en su luna de miel. La foto se hace viral y provoca en Albania toda suerte de comentarios críticos contra la pareja. A ella, Leman Ypi, la tachan unos de espía comunista y otros de colaboradora fascista. Atónita ante estas críticas, la autora, nieta de Leman, regresa a su Tirana natal para indagar en los archivos de los servicios secretos, dispuesta a encontrar la verdad y rescatar la memoria de su abuela. Lo que sigue –resumimos de la sinopsis del libro– es un ejercicio de reinterpretación del pasado familiar, un viaje que nos transporta al desvanecimiento de la aristocracia otomana, la creación de la Grecia y la Albania modernas, una crisis financiera mundial, los horrores de la guerra y los albores del comunismo en los Balcanes. 

Una vida en los archivos del régimen comunista

“Según los troles de Facebook, no obstante, la familia de Ypi, compuesta por ricos terratenientes educados en el extranjero, tal vez colaboracionistas, representaba la molicie de las élites albanas; en su caso, además, el giro siniestro lo daba su última y célebre descendiente, la politóloga Lea Ypi, que se dedicaba, desde su poltrona londinense, a escribir libros y a dar conferencias en los que criticaba el capitalismo y defendía el comunismo, régimen sanguinario que había dejado Albania hecha unos zorros”, resume Alberto Gordo en la reseña del libro que publica El Cultural. Y añade: “Ypi investiga y trata de esclarecer, sin conseguirlo del todo, los verdaderos motivos por los que persiguieron a su abuela”, y se llega a plantear que quizá se equivoca “cuando la considero un dechado de virtud”.

Lea Ypi

Indignidad, además de ser la historia de una saga familiar, con rasgos de ensayo político e indagación histórica, ya que “sin esa indagación, sugiere la autora, no hay dignidad posible, pues esta emerge de la rigurosa reconstrucción del pasado”, nos habla “más de ideas que de sentimientos”, pue se desarrolla “en ese terreno intelectual, donde difícilmente se encarnan los personajes, cuyos deseos, vínculos, emociones, no siempre están claros”.

No obstante, según el crítico, la autora consigue una buena recreación de la Tirana de la época, y una reflexión inteligente y razonada sobre Albania, ese país “precioso, atormentado y aburrido”, según dice Leman, tentada de sustituir “aburrido” por “corrupto”. Y también elogia Gordo que no haya “ni una sola página automática, ni una sola escena que no parezca pensada, valorada y cuidadosamente dispuesta”.

En Babelia, Máriam Martínez-Bascuñán, considera Indignidad un libro más ambicioso e incómodo que Libre: donde éste “memorizaba con una claridad casi clásica el fin del comunismo albanés”, Indignidad excava en capas más oscuras: “la fragilidad de la verdad histórica, la violencia silenciosa de las fronteras identitarias, la facilidad con que los Estados —todos los Estados— convierten vidas en expedientes”. Y es un libro oportuno en un momento en el que “Europa vuelve a debatir quién pertenece y quién sobra, en que el cosmopolitismo que hizo posible la Salónica de su abuela se erosiona de nuevo bajo presiones que reconocemos demasiado bien, no es casualidad ni oportunismo: es el signo de una inteligencia política que sabe que el pasado no es un objeto de estudio sino una advertencia. Indignidad no ofrece consuelo. Ofrece algo más difícil y más necesario: la exigencia de pensar”, concluye Martínez-Bascuñán.

Y, por cierto, al final de la novela hay un hallazgo sorprendente, que la autora de la reseña prefiere no revelar, y nosotros respetaremos.

Donde termina el verano… y la amistad de dos niñas

Elma Correa (Wikipedia)

Con la novela Donde termina el verano, Elma Correa se alzó con el último premio Biblioteca Breve. Una historia que empieza en un barrio de Mexicali, una de las últimas ciudades de México antes de la frontera con Estados Unidos, con dos niñas inseparables, Elisa y Aimé, en un verano que las marcará para siempre. La noche antes de que Elisa abandone la ciudad para ir a estudiar fuera gracias a una beca de atletismo, la responsabilidad de ambas en un suceso trágico, la desaparición de una niña gitana con la que a veces jugaban, romperá no solo su amistad, sino a todo el barrio, una comunidad donde la violencia se mezcla con la superstición y el miedo. Años después las amigas se reencontrarán convertidas en personas muy distintas a las niñas que fueron. 

Juan Marqués, en La Lectura, escribe sobre la novela: “Elma Correa consigue armar una trama buenísima y, sobre todo, entrar en el corazón de un buen puñado de personajes, escarbando incluso en la humanidad de los más malvados, o tratando de entender a los más envilecidos”. 

Coincide en elogiar el estilo de la novela Ascensión Rivas en El Cultural: “es una obra muy bien escrita; no hay falta o desaliño que empañe su estilo. La historia de Elisa y Aimé está contada con agilidad y no pierde interés. La autora, además, consigue dosificar la información para que el lector permanezca siempre concernido por los pequeños avances de la acción”.

En la novela, además de la historia de las niñas y su reencuentro en la madurez, hay capítulos enteros sobre la circunstancia social en la frontera, en los que “se abordan temas como la desaparición de niños y mujeres, sobre los que se cometen violaciones y cuyos derechos se quiebran constantemente; los problemas que origina la inmigración; o el machismo estructural y la realidad de ciertos hombres que, ciegos de una masculinidad tóxica, son maltratadores”. Una contextualización necesaria, aunque, según señala la reseñista, “en ocasiones su envergadura resulta excesiva, como si constituyera un fin en sí mismo”. 

¡Qué mierda de internet!

Cory Doctorow, fotografiado por Jonathan Worth

Citábamos, a cuenta de la novela de Ypi, como una foto publicada en las redes que se hizo viral en Albania dio pie a su narración. Puede ser un buen frontispicio para hacernos eco de un ensayo que esta semana ha merecido la atención de distintos medios escritos. Y de diferentes articulistas. Hablamos de Mierdificación, término con el que se da título al libro del ensayista Cory Doctorow, en el que bien pudiera tratar de dar respuesta, parafraseando a Vargas Llosa, a la pregunta: “¿Y cuándo se jodió internet? Cuando se hizo viejo, como nosotros”, escribe en un artículo Bruno Pardo Porto en Abc Cultural, que añade: “como en tantas otras obras, aquí (en Mierdificación) el diagnóstico es más interesante que la receta: es en la demolición donde está el espectáculo”. 

Para su ensayo, Doctorow mira internet y lo que ve son plataformas, intermediarios, como dice el columnista, “o sea, un comisionista: esa es la forma endémica de empresa digital, asegura el autor. Tiene gracia, porque precisamente internet se construyó contra eso: no contra la idea de intermediario, sino contra la del gran intermediario, ese que por su tamaño se convierte en un `guardián del acceso´ que decide qué llega y qué no llega al público”. 

Reconozcámoslo: estamos a años luz de las promesas que en la década de los 90 anticipaban que la red promovería un reforzamiento de las posibilidades democráticas y una cultura de discusión más vibrante –escribe sobre el asunto Germán Cano en El Cultural–: “El nuevo capitalismo de plataformas en Internet –desde X y Google hasta TikTok, pasando por Amazon y Apple– no solo fomenta respecto al viejo sistema de medios una proactividad tóxica, sino una degradación de contenidos que empieza a tener consecuencias ética y políticamente desastrosas”.

¿Qué hacer?

Dice Cano que el lector se preguntará si “¿pueden las herramientas del amo desmontar la casa del amo?”, y agradece al autor que no caiga en el desánimo y proponga “opciones de resistencia y la posibilidad de construir una nueva red más protegida en cuanto a derechos”. Se trata de propiciar, escribe, “unas mínimas condiciones mediáticas donde las reglas básicas de la comunicación social no estén marcadas por la acumulación de basura digital y puedan sentar las bases democráticas para las restantes luchas”. Y se congratula porque “este valiente, inspirador y entretenido ensayo haya recibido tanta atención internacional”, lo que no es un mal signo, concluye.

Argentina: la dictadura en el recuerdo

Cincuenta años se cumplen del golpe militar en Argentina que llevó a la presidencia de la República al general Videla, y su estela de terror y represión. Dos suplementos, Babelia y El Cultural, lucen la imagen del militar en su portada y dedican varios reportajes a las consecuencias que la dictadura tuvo en la cultura. Se cita, entre otros acontecimientos, la quema de 24 toneladas de libros publicados por el Centro Editor de América Latina en 1980. Se recuerda en Babelia que ese mismo año se imprimía Respiración artificial, “la críptica novela de Ricardo Piglia que quizá sea el mejor ejemplo del modo en que, cuando la censura reinaba, la literatura apeló a la alusión desplazada, al relato alegórico o metafórico para narrar lo que sucedía”, escribe Javier Lorca.

De izquierda a derecha Ricardo Piglia, Patricio Pron y Leila Guerriero

En El Cultural el escritor Patricio Pron, hijo de activistas, cuenta en un reportaje de Nuria Azancot, que junto a ellos conoció “los nombres falsos y el terror, cuyos efectos en una persona –en especial cuando se es tan joven– nunca se disipan del todo”. Miedo al que alude también la escritora Leila Guerriero: “el clima de miedo, de represión y de oscuridad se percibía por todas partes. Los contenidos de, por ejemplo, los libros de historia estaban completamente manipulados. El temor se percibía en todo».

De izquierda a derecha Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Marcos-Ricardo Barnatán

Muchos intelectuales y creadores optaron por el exilio, pero otros decidieron permanecer en el país, como Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, “de quien se dice que jamás obtuvo el premio Nobel por su célebre foto abrazando al general Videla”. Sobre este punto, en el reportaje se cita al poeta Marcos-Ricardo Barnatán, discípulo y amigo de Borges, y su puntualización de que si bien en un principio Borges apoyó el golpe por su “antiperonismo” (como también lo hizo una buena parte de la sociedad y el propio Partido Comunista argentino), “pronto denunció los crímenes”. 

Barnatán, que vivía en España ya desde 1965, pudo ayudar a muchos creadores que huían de los secuestros y asesinatos posibles: “Una de mis labores de aquellos días siniestros fue llevar a los periódicos (El País, ABC, etc.) una lista de los escritores desaparecidos, entre los que estaba mi profesor Haroldo Conti”. Y aclara que la dictadura militar del 76 no fue como otras sufridas por la Argentina, “fue la peor, la más feroz, la más sangrienta, la más dramática”.

                                                                                                                   E. Huilson

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