Semanario Cultural

‘Las horas secretas’, de Mick Herron: espiar a los espías

“Ocurre pocas veces, pero qué maravilla cuando ocurre: uno coge una novela con reservas, sin demasiadas expectativas, pensando con cierto sopor en las casi quinientas páginas que tiene por delante y, de repente, esa magia que en ocasiones tiene la literatura le lleva a no querer despegarse de la historia, a obsesionarse con la resolución del misterio, a sentir que ese universo hasta entonces desconocido se siente más vívido que la propia realidad…”. 

Tras leer estas palabras en la reseña que publica Abc Cultural de la última novela de Mick Herron, Las horas secretas, no nos cabe ninguna duda de que al crítico Javier Sánchez Zapatero le ha entusiasmado la novela. Confiesa que tenía sus reservas por tratarse de una historia de espías, algo que muchos vecinos de este Patio, tan aficionados al género y devotos de “La casa de la ciénaga” (¡esos Caballos lentos!), no tenemos con dicho género, reservas. E insiste el reseñista en defender lo que otros no cuestionamos: la singularidad literaria del género de espionaje. Escribe: “los prejuicios no ayudaban, porque la obra responde con exactitud a los más reconocibles rasgos del género de espionaje, ese al que cierta crítica elitista suele referirse despectivamente como el de las novelitas de espías”. ¡Claro que también hay muchas malas novelas de espías!, añadimos nosotros, pero quien ha “vivido” experiencias secretas contadas por John Le Carré o Graham Green no tiene dudas de que una “novela de espías” puede alcanzar la excelencia literaria. 

Mick Heron (F: Andreu Dalmau/Zenda)

Las horas secretas está ambientada en el Londres de este siglo y trata de una investigación sobre una operación llevada a cabo por agentes del MI5 en Berlín poco después de la caída del Muro, de la que se sospecha hubo mala praxis. Durante décadas, el MI5 ha ocultado lo sucedido, y pretende que siga siendo así. Hasta que aparece un expediente gracias al cual saldrá a la luz la historia enterrada de una operación clasificada en el Berlín de 1994 que acabó en tragedia y escándalo, y cuyo encubrimiento ha reescrito treinta años de la historia del Servicio Secreto.

La investigación va a permitir así mismo “que se vayan poniendo de manifiesto los cambios en la diplomacia internacional y en la forma de gestionar los servicios secretos, así como la evolución de los personajes que participaron de ellos”. Precisamente uno de los grandes méritos de la novela, según el crítico, está en la construcción de sus protagonistas, “perfectamente descritos a través de un narrador omnisciente que muestra todas sus aristas –desde las debilidades y mezquindades hasta el sentido de la lealtad– para hacer comprensibles sus actos, por extraños que puedan resultar”. 

Según contaba el propio Herron en una entrevista que publicó hace un par de números La Lectura, esta novela la empezó a escribir con intención de “descansar un poco de «La Casa de la Ciénaga” (la oficina donde trabajan los espías fracasados protagonistas de la saga que inició con Caballos lentos), pero, aunque el libro aborda una trama independiente, escondidos en sus páginas están algunos personajes de la popular saga: “Quise no citar sus nombres reales sino los que tenían en clave en el pasado”, –explicaba Herron en la entrevista–, “así que será interesante para el lector descubrirlos”.

Las jefas: encerrarse a descansar

Esther Garcia Llovet (Librería Finestres)

Lees en la entrada “Zen Gardens” e imaginas un resort de lujo, un hotel para élites occidentales que gustan desplazarse al sudeste asiático para descansar y jugar al golf; pero no, este Zen Gardens al que nos referimos está más cerca, exactamente en Villajoyosa, provincia de Alicante, y es el marco ideado por la escritora Esther García Llovet para situar a los personajes de su última novela, Las jefas. 

Acabada la temporada alta solo unos pocos clientes permanecen en el resort, entre ellos “Romana Romano y las hermanas Gran y Petit Navarro —herederas profesionales y sableadoras vocacionales–, quienes llevan seis semanas sin poner un pie fuera del complejo. No trabajan, no hacen planes, y su rutina se reduce a jugar al mus, languidecer junto a la piscina y apurar cócteles raros”, leemos en la sinopsis del libro. Otro de los personajes es un “chico para todo” al que llaman el Primo, que sueña con dejar ese trabajo que le tiene atrapado. Y no es el único. 

Explica Marta Marne, en la reseña de la novela para Abril, que en Las jefas “la autora vuelve a una de sus señas de identidad como escritora de novelas: la renuncia a la trama tradicional”. Y aquí depura ese planteamiento: “No hay una historia que avance ni un conflicto que se despliegue: una fugaz relación entre el Primo y una de las jefas actúa como hilo débil, casi anecdótico. La novela avanza a base de escenas, de imágenes sin jerarquía aparente”. Y advierte al lector despistado que este resort de vegetación asiática, carritos de golf y espacios pensados para no salir nunca es el propio corazón del libro, en una narración poblada de “ricos, de pijos con mucho dinero, de personas que se aburren sin saber qué hacer con un tiempo que les sobra. En ese sentido, el paralelismo entre el modelo vacacional que describe –recorrer cientos de kilómetros para quedarse encerrado entre los muros de un complejo– y nuestro día a día resulta evidente”, de tal modo que, si en la novela se acumulan “envoltorios y paquetes”, también a nuestras casas llegan con demasiada frecuencia las cajas de Amazon o Glovo: “comprar para no mirar, llenar el espacio con cosas para evitar enfrentarse a la pregunta de qué es lo que, en realidad, no funciona”. Vivir, en definitiva, encerrados.

En el suplemento Cultura/s de la semana pasada, el crítico J. A. Masoliver Ródenas también resaltaba sobre la trama de Las jefas como rompe de nuevo, a su manera, con la novela tradicional, pues “lo que importa no es el desenlace sino lo que ocurre página a página. Y nos sentimos atraídos por cada uno de los personajes”, escribe.

El ritmo narrativo es “agitado”, en palabras de este crítico, lo que contrasta con la morosidad a la que invita la prosa: “Abundan las expresiones coloquiales o las frases hechas ligeramente alteradas (a la yegua `le faltan varios dientes. Como a todos los caballos regalados´), expresión de la voluntad de la narradora por evitar los lugares comunes en una escritura limpia de toda retórica”. Y, evitando desvelarlo, elogia lo que denomina como “esplendido broche, el inesperado y divertido final”.

Vender libros

Nos ha sorprendido que en El Cultural aparece Las jefas esta semana como el libro de ficción más vendido, mientras que en otras listas (no todos los suplementos las publican) no es así. En Abc Cultural no aparece en su lista de los diez más vendidos (el podio es para Comerás flores), y tampoco en la de Cultura/s, en una lista de cinco que encabeza la novela de Uclés con la que ganó el Nadal y que a su vez no aparece en ninguna de las dos anteriores. Sin embargo, si miramos la lista de los 10 más vendidos de La Lectura nos encontramos con el siguiente podio: 1 Comerás flores; 2 Las jefas; 3 La península de las casas vacías (no confundir con la ganadora del Nadal, aunque el autor sea el mismo).

De cómo se elaboran estas listas no tenemos un conocimiento cabal, pero se entiende que es mediante la consulta a un número x de librerías. Pues bien, dicho esto, por el Congreso de Libreros, celebrado hace unos días en Valencia, nos enteramos de una funcionalidad reciente de la web todostuslibros.com (la web de las librerías independientes) que, mira por dónde, permite explorar los listados de los libros más vendidos aplicando categorías específicas, incluidos los títulos de fondo. Ahí pueden consultar cómo van las ventas. Eso sí, y aunque es obvio recordarlo, siempre es bueno tener presente que la calidad literaria no se mide por el número de ejemplares vendidos, lo que no impide, a su vez, que libros que sí gozan de calidad literaria no se alcen en ocasiones a los primeros puestos de las listas de ventas. 

No obstante, sostiene la escritora Elvira Navarro, en un artículo en Abc Cultural en el que habla del empobrecimiento de la literatura popular, que algo está pasando en el mundo de la lectura de ficción, pues el problema no está solo en que “los best sellers tengan buena factura, sino también en si se leen libros más arriesgados y complejos. ¿Hay capacidad de acogerlos, entenderlos y disfrutar con la puesta en tela de juicio del lugar común, del producto estandarizado?”. Pone como ejemplo Hamnet, la novela de Maggie O’Farrell, que ha vendido más de 200.000 ejemplares, una “buena novela”, según afirma, pero que a la vez es de “corte convencional”.

En definitiva, según Navarro, estamos ante “el mercado como criterio de calidad”. Da la impresión de que el reconocimiento de la calidad literaria en casos de “no venta” está hoy en cuestión, en palabras del editor Constantino Bértolo, al que cita. Y por ello, concluye Navarro, “la consecuencia son libros cada vez más estandarizados, conservadores, adaptados al gusto mayoritario. El ecosistema literario deja de ser rico, atrevido, complejo. Y aquí sí hay decadencia”.

Un último apunte sobre el Congreso de Libreros. El director de Abril, Álex Sàlmon, escribe en su columna de esta semana que algunos de los participantes le enviaron algún dato sorprendente, como que el 49/% de los libros que se publican tienen venta cero. “O sea –escribe Sàlmon–, el autor se queda con la sensación de que su trabajo no ha encontrado ni un lector, excepto amigos y familia (…) es necesario profundizar en ello, no es posible que el 49 % de los libros publicados no tengan ningún interés”. Y algunos de ellos no carecerán de calidad literaria, seguramente.

Cuentos para deleitarse 

Tomás González (F: Planeta de Libros)

Se ha escrito de Tomás González que es uno de los grandes novelistas colombianos actuales, incluso hay quienes lo sitúan entre los mejores autores vivos de Latinoamérica, lo que no es baladí “teniendo en cuenta que en el sur del continente hay un elevado número de voces –singulares e innovadoras– que transmiten argumentos de peso y mantienen viva una tradición secular, la de ser pioneras”, como escribe en El Cultural Ascensión Rivas. Dice del colombiano que “destaca por su hondura y por el contenido humano de sus historias”, que reclama un lector atento, alguien que no busque solo distracción, sino que sepa valorar los matices y bucee en el sentido del texto, como ya saben los que leyeron La luz difícil donde se contaba de “manera contenida algo tan comprometido como la espera de un padre ante la eutanasia de su hijo y el proceso propio, muchos años después, de quedarse ciego”.

Del mismo autor, se acaba de publicar un libro de relatos, Vista del abismo, una veintena de relatos aparentemente locales que, sin embargo, poseen un claro carácter universal, según Rivas. Son retratos o descripciones de situaciones concretas en las que los protagonistas tienen algo que decir o que mostrar, porque todos los seres, mirados con detenimiento, manifiestan detalles que merecen atención: “Parejas que, ante la imposibilidad de convivir, se ven obligadas a dividir la casa común, aunque se sigan queriendo y deseando; padres de familia que abandonan el hogar para plantar un huerto y poder reencontrarse, inventándose un nuevo afán; hermanos que, tras la muerte de uno de ellos y después de guardar parte de sus cenizas, ven modificada su existencia; gemelos cuyo vínculo permanecerá más allá de la muerte… etc.

Como no es muy conocido entre los lectores españoles, acudimos a un perfil del autor escrito por Margarita Leoz en Cuadernos Hispanoamericanos. Insiste en que Tomás González es “un escritor fundamental en las letras colombianas, pero las etiquetas de `escritor de culto´ o `el secreto mejor guardado de la literatura colombiana´ lo persiguen. A sus espaldas acarrea cierta fama de autor tímido, taciturno, esquivo a la promoción, ajeno a la recepción. Quizá se deba a este carácter discreto y a su distanciamiento respecto del público y de la parafernalia mediática que su obra no ha logrado la difusión que merece”.

Tanto Herron como González fueron autores que escribieron mucho sin vender demasiado, hasta que un día… Herron triunfó con sus Caballos lentos, y González con su novela La luz difícil, la obra con la que le llegaría cierto reconocimiento internacional. 

E. Huilson

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