Semanario Cultural

Uclés, Guelbenzu, Mainer: crítica y teoría literaria para leer mejor

Una vez llegadas estas fechas, mitad de año, ecuador de la Feria del Libro de Madrid, ya en el recuerdo el último Sant Jordi, y un amenazante verano, advertimos que las novedades literarias escasean pues las que lo fueron estaban destinadas entre otros escaparates a este de “al aire libre del Retiro madrileño”, y las que vendrán no lo harán hasta avanzado septiembre, cuando la famosa rentrée, tras las vacaciones veraniegas y con un ojo ya puesto en la siguiente Navidad. Es la lógica del mercado editorial. Una lógica a la que se ha incorporado como fuente de negocio la firma de libros por parte de los autores. Así lo corroboran las cifras. Escribía este fin de semana en El País Sergio C. Fanjúl, que “las firmas se han convertido en el gran reclamo de la feria y en una parte importante de su motor económico. El año pasado, según la consultora GFK, el volumen de negocio fue de 13,4 millones de euros. Para el 42% de las librerías, esta feria supone entre el 10% y más del 20% de su facturación anual. Y una parte de esa facturación (es difícil saberlo con precisión) viene por las firmas”.

Pero no nos demoremos en los números, que si algo bueno tiene la falta de novedades por estas fechas es que aparecen por las páginas literarias de los suplementos reflexiones en torno a la literatura que merecen ser puestas de relieve, bien por curiosas, bien por ilustrativas o por reivindicativas, que también las hay.

David Uclés (Esquire)

Entre las primeras nos encontramos en El Cultural con un texto firmado por David Uclés en torno a la vigencia o no del llamado “realismo mágico”, término que se aplicó, en el caso de la literatura pues también se dio en las artes plásticas, a novelas donde se mostraba lo extraño u onírico como algo cotidiano y común. Siempre se pone como ejemplo de este movimiento Cien años de soledad, de García Márquez. Uclés, quién con su novela de 2024, La península de las casas vacías, se encuentra en lo más alto de ventas (y seguramente de firmas), reivindica este término para su libro y lo aplica a otros en los que se dan características propias de dicho realismo mágico. Cuenta Uclés que en su largo periplo por España promocionando su libro pudo comprobar que muchos presentadores eran reticentes a utilizar ese término, y preferían llamarlo “costumbrismo mágico, ruralismo íbero, cuerdismo o sur-ruralismo neomágico para evitar la etiqueta. Sin embargo, siempre me sentí cómodo con ella”. Después de explicar que dicho término viene del mundo del arte, y que fueron el editor Carlos Barral y la agente Carmen Balcells los que utilizaron la etiqueta en los setenta para promocionar a los autores del boom latinoamericano, por eso el error de pensar que el estilo lo inventó García Márquez, Uclés viene a decir que realismo mágico en sentido amplio hubo siempre: “la necesidad humana de entregar la realidad algo distorsionada al lector es tan antigua como el Gilgamesh” (en referencia a La Epopeya de Gilgamesh, el libro más antiguo que se conserva).

Por eso defiende y reconoce en sus novelas dicho realismo. También porque lo considera “una herramienta perfecta para grabar en la retina del lector escenas que bajo el realismo quizás impactarían menos; un estilo que provoca el efecto de las vanguardias pictóricas: el asombro del que mira”.

Y a partir de ahí hace un recuento exhaustivo de elementos que se pueden observar en este tipo de novelas y pone algunos ejemplos: “Lo mágico se construye a partir de realidades no fantásticas”, y para ilustrarlo cita el siguiente párrafo de la novela Las malas, de Camila Sosa: “La Tía Encarna desnuda su pecho ensiliconado y lleva al bebé hacia él. El niño olfatea la teta dura y gigante y se prende con tranquilidad. No podrá extraer de ese pezón ni una sola gota de leche, pero la mujer travesti que lo lleva en brazos finge amamantarlo y le canta una canción de cuna”. 

Hasta veinte de estas características despliega en su artículo para ilustrar qué es el realismo mágico, como que “La naturaleza es un personaje más”, “Se presentan árboles genealógicos”, “Distorsión del tiempo” o “Trasuntos en lugar de topónimos reales”, de los que advierte que coinciden en ser trisílabos: Celama, Obaba, Comala, Macondo, Jándula, Mágina y Antaño lo demuestran. Sirvan estos ejemplos para comprender la tesis que defiende Uclés, si bien advierte que no todas las novelas deben contener todas las características que cita para ser consideradas como realismo mágico, y confiesa que cuando escribía La península... no pensaba si estaba haciendo realismo mágico.

Mágico León, mágica Islandia

Entre los territorios míticos de los que habla Uclés, cita Celama, ese territorio literario ficticio que conocemos por el escritor Luis Mateo Díez, un escenario del que se sirve para muchas de sus obras, inspirado en el Páramo leonés. Mateo Díez, José María Merino y Juan Pedro Aparicio comparten que son escritores leoneses, una provincia que se muestra como “territorio fructífero para la literatura”, según cuenta Noemí Sabugal en Cultura/s, en una crónica de la que nos queremos hacer eco por su comienzo, con tonos de realismo mágico: “Las llamas bailan su música misteriosa. Sobre el fuego burbujea el pote, suspendido por las pregancias, las cadenas de hierro. Alrededor de la lumbre, un hombre hace un cesto, una mujer hila lana, y hay quien cose o remienda. Al mismo tiempo, cuentan cuentos. Y los escuchan. Es la tradición leonesa del filandón, que a veces se cita como motivo de que esta tierra, fría pero hermosa, como dijo uno de sus cuentistas, Antonio Pereira, siga siendo un territorio fructífero en escritores. Y ahora también –porque no siempre ocurrió– en escritoras”.

Al filandón, que le dicen calecho en las comarcas de Laciana, Babia y Luna, hay asociaciones que lo cuidan y lo promueven. Algunos de los principales escritores leoneses, como los antes citados, a los que se suman Julio Llamazares y Raquel Peláez, mantienen viva esta llama de narraciones orales y la han llevado a lugares tan distantes como Nueva York, explica Sabugal. 

Pedro Gunnlaugur (Fuente web del autor)

También en Cultura/s encontramos una referencia al realismo mágico, en este caso en la literatura islandesa. Pedro Gunnlaugur Garcia, hijo de madre islandesa y padre portugués, publica su segunda novela, Pulmones, que viene avalada por el premio de Literatura de Islandia 2022. De la novela leímos ya en La Lectura que se trataba de “una epopeya familiar multigeneracional que reflexiona sobre la identidad y el alma humana mezclando la desbordante imaginación del realismo mágico con la melancólica introspección psicológica nórdica”. En Cultura/s, Mey Zamora define Pulmones como un fresco multigeneracional que bebe de la mezcla de culturas: “Arranca en Toscana en tiempos de la Primera Guerra Mundial y acaba en Reikiavik en la actualidad, tras pasar por Canadá”. ¿Dónde estarían los elementos para hablar de realismo mágico? Seguramente en que nos habla de la introspección, la soledad y el desamor de toda una saga, desde un “mundo onírico –el sexo omnipresente– y los elementos mágicos –un gallo de dimensiones gigantescas o unas mujeres voladoras–  (que) aligeran el peso de un texto marcado por la ruptura y el desencanto”.

Para hacer magia literaria, Flaubert

José Mª Guelbenzu (Librotea)

Y para impartir una clase de crítica e historia literaria, José María Guelbenzu. Es lo que hace en la reseña que firma en Babelia de la reedición de dos volúmenes de las ocho que conforman Los Thibault, de Roger Martin du Gard.

Sitúa Guelbenzu la obra de Roger Martin du Gard en la tradición del realismo naturalista, de la que fue el mayor exponente Émile Zola, y de la que Du Gard es el último representante en el siglo XX “con esta larga novela cuya sobriedad de escritura corre pareja con su afán de ofrecer un retrato objetivo de la realidad”. Empezó a escribir esta larga serie tras participar en la I Guerra Mundial y transcurre a lo largo del periodo de decadencia y caída del Ancien Régime

Tras resumir su argumento, la historia de una saga familiar atravesada por la historia, el crítico de Babelia nos ofrece un acertado apunte sobre la historia de la novela moderna: “Ante esta novela no se puede rehuir la comparación con la novela de Flaubert La educación sentimental. La de Flaubert es nada menos que la cumbre y el nacimiento de la novela moderna, porque en ella consigue lo que nunca antes se había logrado: machihembrar la historia (la de Francia en este caso) con la vida del personaje protagonista y su entorno personal. Estilísticamente hablando, la exigencia de la `palabra justa´, la mot juste de su autor, es el impulso que permite el salto adelante”. 

Du Gard y Flaubert

Y partir de esta exposición concluye que la diferencia entre Flaubert y Martin du Gard reside en que el primero es un autor seminal y el segundo un autor terminal, y lo compara en el siglo XX con William Faulkner, que sería ese autor seminal, mientras que el terminal lo sería Samuel Beckett. El primero admite continuidad, el segundo, no.

Mientras que la de Martin du Gard “es una crónica relatada desde el punto de vista de la evolución de una familia y su realismo sobrio y seco anuncia el final del realismo que viene de Zola (…) Flaubert representa el triunfo de la sugerencia como motor de la imaginación literaria pues entre crónica y narratividad hay una diferencia esencial. Y concluye Guelbenzu su lección apreciando que Martin du Gard es un voluntarioso narrador cuyo estilo se aferra más al deseo de objetividad del realismo que a la ficción: “Nadie podrá objetar su esfuerzo de reproducir la historia con la ayuda de sus personajes, pero lo cierto es que carece de la estrategia genial que despliega Flaubert. Respecto al esfuerzo de Martin du Gard, aquí podríamos traer esa reflexión de don Quijote sobre Amadís de Gaula: `Si no acabó grandes hazañas, murió por acometerlas”.

La literatura tiene su historia

Precisamente, en un conferencia pronunciada en la Fundación Caballero Bonald, el profesor José Carlos Mainer hablando de la bohemia en el estadio de la juventud explicó a un auditorio también joven que si querían leer una novela sobre el tema deberían leer a Flaubert. Antes había citado la novela de Galdós El doctor Centeno, que, aunque no era de las mejores de don Benito, a él le gustaba, dijo. Pero a continuación dejó caer la siguiente, y demoledora, sentencia: “Pero para quien guste de novelas más complejas y mejor pensadas, La educación sentimental, de Gustave Flaubert, es quizás la más hermosa de las reflexiones sobre la bohemia como periodo vital y como mitificación, en toda la literatura del siglo XIX”. ¡Ah, novelas más complejas y mejor pensadas…!

José Carlos Mainer (F. Residencia de Estudiantes/Cuadernos Hispanoamericanos)

José-Carlos Mainer es un reputado crítico e historiador literario del que se ha reeditado hace un par de meses uno de sus libros más emblemáticos: La Edad de Plata. Ensayo de interpretación de un proceso cultural (1902-1939). Avisa de esta reedición, en Taurus, el catedrático de Historia Contemporánea Juan Sisinio Pérez Garzón en Babelia, donde describe del libro de Mainer como “síntesis puntillosamente documentada de la profunda transformación cultural que se produjo en una España que, desde finales del siglo XIX, sintonizó con la segunda revolución industrial de los motores de combustión interna y la electricidad, y también de las Internacionales obreras, el feminismo sufragista, el positivismo científico y las encrucijadas entre democracias y dictaduras. La extraordinaria efervescencia cultural y científica de aquella España mantuvo una irritante desigualdad entre los espacios urbanos, con intensos ardores de innovación y cambio, y los espacios agrarios, con ecos limitados y fragmentarios de una modernidad que lindaba con la pobreza social”.

En fin, sirva el resumen de esta semana, escaso de “novedades”, como invitación a profundizar en lo que leemos mediante este acercamiento a la crítica y teoría literaria que nos ayuda, qué duda cabe, a una mejor comprensión de nuestras lecturas.    

E. Huilson

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