Un novelista, una marquesa, una ópera

Próspero Merimée fue un novelista, historiador y antropólogo francés, apasionado de España. Incluso antes de viajar a nuestro país, el escritor e investigador galo ya hablaba, escribía y narraba costumbres, folklore y tradiciones españolas que había conocido a través de los libros. Tanto es así, que un pastelero de gran fama en Francia enseguida se vio tentado de abrir una sucursal de su negocio en la capital de España. El pastelero en cuestión se llamaba Emilio Huguenin Lhardy, y abrió su establecimiento en la carrera de San Jerónimo en 1839.

En el año 1830 Merimée viajó por fin al país de sus sueños. No sabía que su relación de amistad con una mujer iba a ser el vínculo entre los dos países en aquella época. En suelo español conoció a María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, madre de Eugenia, la que sería emperatriz francesa, tras su boda con Napoleón III. María Manuela le contó una historia espeluznante de gitanas, toreros y militares que había acaecido en Sevilla, no hacía mucho tiempo, y que había acabado en tragedia. Tanto impresionó al escritor la narración de la condesa, que decidió plasmarla en un libro, que llevaría por título el nombre de la protagonista de la trágica historia: Carmen. Y la novelita, no muy larga, se publicó. Rápidamente obtuvo gran éxito y muchos de sus lectores conocieron una parte de España, gracias a este relato.  

Merimée murió en 1870, sin saber que su nombre adquiriría fama internacional, y que quedaría asociado para siempre, no a la literatura, sino a la música. Así es el destino, y nada ni nadie puede desviarlo de su cauce. En 1872, el teatro de la Ópera Cómica de París encargó a un compositor, maduro en edad, pero que todavía no tenía cartel entre los grandes, una ópera. El compositor se llamaba George Bizet y tenía 34 años. Bizet, que había despuntado en el conservatorio con varios premios, había firmado una sinfonía y había estrenado L’ Arlesiana, con crítica desigual, por no decir de rechazo hacia la partitura, pues los críticos la consideraron demasiado compleja para el gusto popular. Y el maduro Bizet tiró de la novela de Merimée para ofrecerla como ópera. Enseguida saltaron las alarmas puritanas del teatro de la Ópera. Una obra subida de tono, mujeres, líos amorosos, engaños, escarceos, muertes… La dirección aceptó, con reservas, la oferta de Bizet, quien llamó a Henry Meilhac y a Ludovic Halévy para que redactaran el libreto, mientras él se entretenía en componer la música. Pero la dirección del teatro seguía reticente y el proyecto se paralizó. La Carmen de Bizet quedó dormida en un cajón. Antes, el codirector de la Ópera, Adolphe Leuvent, había abandonado su cargo, en protesta por la intención de programar la Carmen para la temporada siguiente. Corría el año 1874. 

Afortunadamente el proyecto siguió adelante, y mientras los libretistas daban forma operística a la idea de Meriméee, Bizet hacía lo propio con la partitura. Hay pocas arias, los cantantes deben lucirse más, le decían. Y hubo que buscar y rebuscar para satisfacer las necesidades de la empresa. Encontró una partitura del español Sebastián de Iradier, autor de la famosa habanera La Paloma, y la convirtió en la célebre Habanera que canta Carmen al torero Escamillo. Bizet confesó que creía que la partitura era anónima y que pertenecía al folklore popular, intentando justificar el plagio.

Por fin, el 3 de marzo de 1875 se abrió el telón y la ópera fue estrenada. El público quedó frío, la crítica demoledora, el teatro compungido. Vaya fracaso. Todo el trabajo para esto, pensó un Bizet enfermo de una afección respiratoria. Padecía una extraña enfermedad en la garganta que le dificultaba la respiración. El fracaso de Carmen agravó el mal. Se recuperó en su casa de vacaciones, en Bougival, y decidió nadar en el Sena. Fue su última heroicidad. El baño empeoró la dolencia y le provocó un ataque cardíaco del que no se recuperó. Murió el 3 de junio de 1875, justo tres meses después del estreno de su Carmen.

Pero la realidad es tozuda y no permite que las opiniones de unos pocos empañen una obra de gran envergadura como la que emprendió Bizet. La ópera fue llevada meses después a Viena. El libreto fue traducido del francés al alemán, pues en aquella época era costumbre cantar las óperas en la lengua del país en el que se representaban, y se cambiaron los diálogos por recitativos. Y el público vienés, consciente de lo que estaba escuchando, le dio el espaldarazo que la obra necesitaba para convertirse en un referente operístico que llega hasta nuestros días. Y no lo decían aficionados de segunda fila. Carmen la valoraron como obra extraordinaria personajes de la talla de Wagner, Tchaikovsky, Puccini, Brahms o el mismísimo Sigmund Freud, claro que éste último a saber qué conclusiones sacó de la relación entre los tres protagonistas….

GABRIEL SÁNCHEZ

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