‘Lázaro resucitado’, un crimen para retratarnos

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
El próximo miércoles abrirá sus puertas en Madrid una nueva edición de ARCO, la feria de arte contemporáneo. En sus ediciones de esta semana los suplementos culturales se vuelcan con un amplio despliegue en la promoción de dicha feria y avances de lo que se podrá ver. Baja por tanto el número de páginas literarias para dar cabida a las artes plásticas. Tampoco hay muchas novedades atractivas, de modo que, como este resumen particular de suplementos se centra en “el arte de la escritura”, seremos breves y ya nos “vengaremos” a medida que se acerquen las ferias del libro primaverales, ese señuelo para el que las editoriales guardan, ávidas de ventas, sus novedades. Aunque nunca faltan libros nuevos en el escaparate librero que reclamen nuestra atención. Por ejemplo, la nueva novela de Richard Price. Leemos: “Cuando escribes sobre la naturaleza de lo criminal se acaba conociendo a toda una sociedad”. No es mala la frase, es un resumen de otra más larga que cita Rodrigo Fresán en la reseña que ha publicado en Abc Cultural sobre la novela de Price, Lázaro resucitado: “Esto ya lo sabían Dickens y Balzac”, y “lo sigue sabiendo Richard Price”, escribe el crítico a cuento de esta narración con la que su autor nos pasea “por algo que bien podría definirse como thriller urbano (…) que va más allá de un simple policial (…) y que fascina con ese moderno y casi neo-periodístico genio auditivo tan suyo para la teoría y práctica del diálogo coloquial que enalteció a muchos de sus guiones para series como The Wire”. Efectivamente, Price formó parte del grupo de guionistas que comandaba David Simon, y en el que también participó Dennis Lehane, de la que posiblemente sea la mejor serie televisiva de las últimas décadas.

La trama de Lázaro resucitado parte del desmoronamiento, una mañana de 2008, de un edificio de cinco pisos en East Harlem, Nueva York. Entre las ruinas, junto a un “puñado de arruinados y miserables (…) están la muy curtida y cansada inspectora de policía Mary Roe”, un joven fotógrafo freelance y el dueño de un tanatorio de barrio que ha sido alquilado para el rodaje de “una condenada película de zombis”. En definitiva, un equipo que se afana en la búsqueda de un desaparecido, la inspectora Roe, alguien que lo fotografíe y un tercero que “se pregunta si por fin tendrá muertos para revivir su negocio”, aunque tras el derrumbe cuenta ahora con “media docena en muy mal estado”.

No se trata, ¡ojo!, de un atentado terrorista, es un problema de materiales en estado caduco, y lo que le interesa contar al autor “no es tanto el momento del estallido sino su efecto retardado, su eco ensordecedor. Y es entonces cuando, de entre los escombros, surge el milagrosamente sobrevivido –divorciado– ex-cocainómano y maestro desempleado y sin rumbo y mestizo Anthony Carter”. Un personaje que, “ojalá, tal vez sea un elegido por Dios y digno de predicar con gran elocuencia las epifanías que sufrió y gozó como enterrado vivo”.
Dice Fresán que aquí “no hay misterio que haya que resolver (lo que tal vez desconcierte a más de un aficionado a lo noir). Lo que sí importa – lo que siempre importó en Richard Price– son los detalles, las esquirlas, los formidables personajes de reparto más allá del cuarteto protagónico”, porque, además de ellos, también deambulan por la novela desde un recitador de chakras, hasta una mujer que dice ser la madre de Prince y hermana de Obama.
No me cuentes tu vida, o sí
Un poco hastiado de tanta autoficción, y tras reforzar la idea de que se está abusando de ficcionar problemas personales leyendo No me cuentes tu vida, del editor Clavería Laguarda, siempre te puedes encontrar con uno de esos libros que te hacen templar la opinión. Por ejemplo el que vamos a tratar a continuación, y del que leemos en El Cultural: “Aunque escuchar las memorias personales de otra persona sigue siendo tan aburrido como siempre –en los momentos más bajos, leer este libro puede parecer como estar atrapado en una conversación con un tío que disfruta de sus recuerdos mucho más que tú–, Dyer es maravilloso al describir lo extraño que es el acto de recordar en sí mismo.” Vale, no es por tanto autoficción al moderno uso, sino unas memorias de autor.

Hablamos del libro Tareas. Unas memorias, en el que el escritor inglés Geoff Dyer narra la historia de su propia formación, de los acontecimientos ocurridos en el marco familiar de su ciudad natal, Cheltenham, antes de mudarse a Oxford a los diecinueve años.
“¿Pero acaso lo dejó atrás? No sería el primer, el único escritor que se ha pasado toda su vida volviendo a acontecimientos que ocurrieron antes de que tuviera palabras para expresarlos, y mucho menos para escribirlos. ¿Qué relación tiene el escritor de sesenta y siete años, que desprecia los géneros, es inteligentemente poco intelectual y muy dolorosamente divertido, con el niño que coleccionaba las tarjetas promocionales de las cajas de té Brooke Bond?”, se pregunta (hasta casi perder el aliento, diría) Joanna Biggs, crítica de la revista de libros de The New York Times, cuya reseña reproduce El Cultural.
Del autor escribe Biggs: “De niño, Dyer era coleccionista no solo de cromos sino también de maquetas de aviones (construidas con impaciencia, por supuesto) y de soldaditos de plástico, antes de pasar a los vinilos de rock progresivo y los libros modernistas en su adolescencia. Los objetos de deseo del joven Dyer parecen dolorosamente ingleses, no solo de hace medio siglo sino de una civilización que desde entonces ha desaparecido”. Y es en este punto en el que la reseñista escribe la frase sobre lo aburrido que es escuchar las memorias de otros, pero parece salvarnos del tedio cuando, “como adulto, se da cuenta de que el apego de su yo más joven a una tarjeta sobre la tortuga de las Galápagos supera con creces la emoción que siente al ver una en la vida real”. El libro recoge el tipo de recuerdos que todos tenemos: “el primer sorbo de cerveza, la primera pelea, la primera relación sexual”, pero también las rarezas que recordamos vívidamente.
Un padre aburrido y una madre ahorradora

Entre los personajes que aparecen en estas memorias, el padre del autor es uno de los personajes más inolvidables. “Se trataba de un obrero que creó las mejores condiciones para el aburrimiento con su renuencia a gastar dinero”, escribe Biggs, y cuenta una anécdota que le marcaría: fueron padre e hijo a una tienda de deportes para comprar una raqueta. Su padre está a punto de pagar cuando le dice al cajero que ha oído que los socios del club de tenis local tienen descuento. El cajero le pregunta si es socio. A lo que él responde que no. La situación se vuelve incómoda, especialmente para el niño. Consiguen el descuento, como cortesía excepcional, pero Dyer recordará para siempre el precio pagado en humillación. Y en este punto nos recuerda la reseñista que más tarde Dyer escribió “de forma memorable sobre este deporte, en particular sobre Roger Federer, al que dedicó Los últimos días de Roger Federer, publicado en 2023. La madre de Dyer, tan austera como su marido, trabajaba sirviendo el almuerzo en una escuela local, mientras soñaba con ser costurera, y acostumbraba a llevar las sobras a casa hasta que su hijo se negó a comerlas.
Quizá fuera por haberse formado en esa familia con tal actitud de supervivientes lo que llevó a Dyer a sentenciar en una entrevista a The Paris Review: “Lo más importante de mi formación como escritor es que vengo de una familia que no lee”. Habiendo sido “educado en casa en nociones de aceptación que más tarde me parecieron totalmente inaceptables”, decidió no quedarse en ella catalogando sus colecciones toda su vida. Así que Dyer se propuso, y lo consiguió, aprobar el exigente examen para entrar en una escuela secundaria, la institución más rigurosa del sistema de dos niveles que existía en Gran Bretaña por aquel entonces. Allí, un profesor de inglés lo animó a seguir con sus estudios. Dyer –leemos en la reseña–, que se encaminaba hacia la universidad, ya sabía que no podía informar a sus padres sobre las cosas que le resultaban más esenciales. “Aún no podía saber que la carrera que su educación le permitiría seguir significaba que se uniría a una rama de escritores británicos que iba desde Thomas Hardy hasta Zadie Smith, un linaje de autodidactas marginados que revitalizaron la recatada novela inglesa”. Las memorias de Geoff Dyer capturan hábilmente esta transformación, tan improbable como inevitable, concluye Biggs.
Gómez Barcena promociona Abril o nunca

Dejemos nota de que dos suplementos, Abril y El Cultural, coinciden en entrevistar al escritor Juan Gómez Bárcena, que acaba de publicar la novela Abril o nunca, una “original y conmovedora novela sobre un padre dispuesto a renunciar a todo para recuperar lo que más quiere”, frase que hemos extraído de la sinopsis que promociona la editorial.
De las entrevistas, y a la espera de poder leer las correspondientes críticas o reseñas, apuntamos un par de respuestas de Gómez Bárcena sobre memoria y ficción, tema del que venimos hablando: “En el momento en el que narras algo, o te lo narras a ti mismo, y eso es la memoria, hay algo de invención. Somos seres narrativos, no podemos vivir sin una narrativa” (en respuesta a Inés Martín Rodrigo en Abril).
En El Cultural, la entrevista la realizó Nuria Azancot, quien le pregunta a Gómez Bárcena sobre “qué le ha prestado de sí mismo a su protagonista”, a lo que éste contesta: “Le he prestado casi todos los detalles insignificantes, desde la marca de tabaco que fuma o el videojuego con el que se entretiene, y también ciertos rasgos de carácter más transversales, como la dificultad de habitar el presente. Y pese a ello, Daniel (el protagonista del libro) y yo somos muy diferentes. Afortunadamente, si nos pareciéramos demasiado, no habría sido capaz de entender a mi personaje tan bien como le entiendo, porque no hay nada tan difícil como entenderse a sí mismo.”
Del argumento, trama y estilo de la novela volveremos cuando nos hagamos eco de las reseñas y críticas, que no tardarán en publicarse.
E. Huilson
