Semanario Cultural

Crímenes novelados (La última puerta antes de la noche)

1.- Hay novelas que no cuentan una historia, sino que registran el proceso por el cual la vida se deshace en fragmentos…

2.- Hay novelas policiacas que supeditan la trama a la intriga, sin otro propósito que crear un clima de suspense capaz de mantener al lector en vilo. Otros autores prefieren subordinar la trama a una meta más ambiciosa: explorar el interior del ser humano, recrear sus conflictos morales, determinar el origen del mal, dilucidar el significado de conceptos como la culpa, el perdón o la redención.

Estas dos frases son parte de dos reseñas literarias diferentes, pero el motivo, la novela que las justifica, para situar al lector y sepa a qué atenerse, es la misma, la última que se acaba de publicar en España del portugués António Lobo Antunes, que lleva por título La última puerta antes de la noche. 

António Lobo Antunes (F: Miguel Baltazar/Jornal de Negocios)

Rafael Narbona escribe la reseña del libro en El Cultural y nos avisa de que esta novela policiaca responde a la categoría de las que subordinan la trama al objetivo de explorar asuntos como el origen del mal, la culpa o el perdón, por lo que el lector que busque “misterios inextricables, giros sorprendentes o un desenlace impactante, se llevará una desilusión”.  

La historia que se cuenta es la de un crimen ocurrido en Portugal hace casi una década que fue cometido por cinco hombres que trataban de ocultar una estafa. La víctima era un empresario, al que secuestraron delante de su hija y posteriormente asesinaron, y cuyo cadáver disolvieron en ácido sulfúrico. Lobo Antunes disecciona la mente de estos cinco hombres que “no son espíritus atormentados que desafían a la moral convencional, como Raskólnikov, sino individuos mediocres movidos por una motivación vulgar”, escribe Narbona, pues, “al igual que Patricia Highsmith, Lobo Antunes piensa que cualquier ser humano puede convertirse en un asesino en determinadas circunstancias”. Y, en efecto, los autores del crimen son hombres comunes, no especialmente crueles ni perversos, cuya principal preocupación es no dejar huellas, pues “sin cadáver, no hay crimen”, se repiten una y otra vez. 

En La Lectura, Marta Rebón incide, como se exponía en la primera frase (“Hay novelas que no cuentan una historia) en cómo el autor “aleja el tejido narrativo del registro meramente documental, que sustituye por una trama de relatos con una clara dimensión lírica”. Para ello, desplaza el centro de gravedad de la novela a los monólogos interiores de los ejecutores del crimen. Y a través de ellos “emergen recuerdos fragmentarios, miedos larvados, traumas familiares o la certeza de un mundo en ruinas”. Y concluye Rebón insistiendo en que “lo que importa no es el avance de la trama, sino las modulaciones emocionales que cada recuerdo, cada imagen, nos despierta”.

También destaca Narbona la “prosa poética y altamente introspectiva” con la que está escrita la novela, “muy alejada de la truculencia y el mal gusto”. No hay empatía con los asesinos, pero tampoco los deshumaniza, porque “el mal no es un fenómeno demoníaco, sino una excrecencia que nace de la frustración, la codicia o el resentimiento. Los monstruos son anodinos”. De hecho, los asesinos del empresario son meticulosos, pero no inteligentes, como demuestra que compren las garrafas de ácido en tiendas diferentes, “pero las almacenan de forma negligente, como si prepararan una barbacoa”.

Y termina la reseña reiterando el aviso al lector: “La última puerta antes de la noche, es un gran libro, pero no es entretenido: Leerlo se parece a caminar entre dunas. Sientes el peso de las palabras, su densidad, su carácter poliédrico. Y no hay conclusiones. Las cosas suceden y los escritores las evocan, las observan y las recubren de palabras. Indiferente a las exigencias del mercado, Lobo Antunes no proporciona facilidades al lector”.

Los cuchillos largos para una venganza

En 1993 el escritor escocés Irvine Welsh publicó Trainspotting, la novela que le haría famoso, en la que contaba las andanzas de un grupo de jóvenes heroinómanos, en paro, adictos al fútbol, las chicas y el rock, con un tono duro y a la vez con buenas dosis de humor. Dura era la vida de esos chicos, nacidos en entornos de pocas esperanzas de cambio y abundante en actividades ilícitas. 

Irvine Welsh (F: Maria Teresa Slanzi)

Su última novela se acaba de publicar en España, Los cuchillos largos, en la que regresa como protagonista el atormentado inspector Ray Lennox, víctima de abusos en su niñez, para tratar de resolver un caso sobre una red de corrupción de menores que involucra a miembros prominentes de la clase alta británica. Con motivo de esta publicación, Welsh es entrevistado por Andrés Seoane en La Lectura. Empieza la conversación hablando del comienzo de la novela, donde se narra la castración y posterior asesinato de un político conservador, una escena escalofriante: “Es cierto que ese arranque es un poco bestia, pero el humor lo equilibra”, explica Welsh, “es importante usarlo para dar un respiro al lector y para disipar la tensión. Si obligas a la gente a leer algo potencialmente intolerable, debes darles espacio para que se recuperen”. 

¿Estamos ante una nueva novela negra? Welsh la define como un “thriller existencial”, la historia de un hombre que trata de superar (o aceptar) su propio trauma por abuso. “Lo de los géneros es cosa de los editores y los publicistas, yo no me considero un escritor de crímenes, ni de ficción literaria, ni de suspense (…) simplemente escribo”, dice el autor.  Es interesante, explica Seoane, como la novela bucea en el sentimiento de venganza, un instinto o “cualidad humana esencial”, pues “como sociedad aspiramos a la justicia, pero como individuos solo buscamos venganza”, responde Welsh, mientras se pregunta cómo poder superar un sentimiento que en el caso del inspector Lennox lo está matando. 

En la entrevista se deslizan otras reflexiones interesantes, como por ejemplo que hemos olvidado que sentir dolor e incomodidad es parte de la humanidad, así que intentamos eliminarlo de nuestras vidas, y la culpa de esto, según el escocés, la tienen los móviles. Lo dice mientras agita el suyo propio, cuenta Seoane. Y no duda Welsh en afirmar que “con suerte, si la raza humana sobrevive, veremos estos aparatos como una locura y a la gente que los use con la misma sorpresa con la que vemos hoy a la gente que fumaba en los 50 un cigarrillo detrás de otro”. ¿Hay salvación? Pues, de haberla, vendrá de la inquietud y la curiosidad, afirma Welsh: “no hemos logrado construir una sociedad que pueda activar sus mejores aspectos y reprimir los peores (…) por eso la gente está más interesada que nunca en las grandes ideas, en plantear las grandes preguntas existenciales sobre la vida y la muerte, el bien y el mal, para las que la tecnología tiene un conjunto de respuestas muy limitado”. Y como buen creador, defiende el papel de la ficción y el arte, pues no trata de ejercer poder sobre los demás sino responder a esas preguntas transcendentales. 

¿Hay un noir vasco? Sí, el mystic noir

Cuenta Lara Gómez en el suplemento Cultura/s que el valle de Baztan ha visto como se han multiplicado las visitas gracias a la literatura.  “En las calles de Elizondo, uno de los escenarios principales de las novelas de Dolores Redondo, no es extraño encontrar carteles promocionando rutas literarias con su nombre o tiendas con souvenirs que son un guiño para los lectores. Han abierto muchos negocios y, otros tantos, han crecido. Ocurre lo mismo con las diferentes localidades de Navarra y el País Vasco que protagonizan escenarios de novela negra”. En el descubrimiento del fenómeno literario de Redondo está, entre otros, Emili Rosales, director literario de Grup 62 y Destino, que considera que la autora ha creado un nuevo género a partir de su Trilogía del Baztán. En su primera entrega se podía ver la clásica estructura de asesino en serie y policía que indaga, “mientras van apareciendo adolescentes muertas en las orillas del río. La trama insufla, además, la fuerza de las creencias ancestrales vascas. Una característica que comparten muchas de las novelas que vinieron después y que ayudaron a poner nombre a lo que hoy llamamos mystic noir”. Redondo matiza que su novela “no es negra, sino mestiza. Hay partes oscuras, pero también fantásticas, románticas, de aventura e históricas”.

La situación geográfica viene a ser la misma para la mayoría de estos escritores pues alternan con facilidad espacios de Navarra y del País Vasco, nada extraño según la escritora Laura Azcona pues comparten “una cultura, una lengua y unas tradiciones comunes”. Así situó ella su primera novela, en un campamento de verano en la costa vasca de Hondarribia; y, un año más tarde, la segunda en una laguna a las afueras de Viana, en Navarra, donde un joven aparece muerto. “En ambas historias no faltan la brujería ni las leyendas”, según la autora del reportaje. 

Otro escritor que sitúa sus crímenes y tramas es esta zona geográfica, Ibon Martín, denomina a sus novelas como “euskandinavas”, argumentando que el País Vasco y Navarra tienen cosas en común con los países nórdicos: “llueve mucho y a menudo hay niebla y zonas aisladas que invitan a que ocurran cosas en la ficción”. Pero matiza que sus thrillers son menos sangrientos, más psicológicos. 

Además de menciones a las adaptaciones al cine que se están haciendo de estas novelas, el reportaje cita otros escritores como Mikel Santiago, Eva García Sáenz de Urturi, Nagore Suárez o Susana Rodríguez Lezaun que aprovecha para remarcar que no estamos ante una burbuja del noir norteño: “Hace más de una década que vivimos un momento dorado y venimos para quedarnos”. 

Muchos libros, pero más cortos

La industria editorial tendrá la última palabra, que dictará en función de las ventas. Siempre atentas a los gustos de los lectores, las editoriales buscan cómo satisfacer necesidades, y, por lo que parece, empieza el público a reclamar ahora libros de menos páginas. Lo cuenta Eduardo Bravo en Abril, que observa cómo en los últimos tiempos las librerías exhiben libros breves, “una tendencia en la que confluyen la calidad literaria y los nuevos hábitos de lectura”. Se rompe así la idea de que es mejor publicar libros “con una cierta presencia en el punto de venta”. Libros que ocupen espacio desde la lógica comercial, pues si al año se publican más de 90.000 libros, “destacarse, aunque solo sea por el volumen ocupado, es una necesidad”. 

Pero parece que esto está cambiando. Algunas editoriales ya apuestan por el texto breve, algo, por otra parte, que no es nuevo. Se dan algunos ejemplos: “Lumen publicó los inmensos y, confesémoslo, aburridísimos libros de Beckett, Molloy, Malone muere, etcétera, y, no obstante, se vendieron bien y fueron bien recibidos durante un tiempo”. 

Se ofrecen otros ejemplos de libros breves por los que apostaron editoriales como Tusquets o Anagrama. Esa popularidad del libro breve, explica Bravo, decayó en los 80, “tal vez víctima del florecimiento de la industria editorial española”.  

Que ahora vuelva esta proliferación del texto breve puede tener que ver con el poco tiempo que se dedica a la lectura. David Gargallo, editor de Altamarea, apunta a que ni el propio acto de leer escapa al ritmo frenético que nos rodea, algo que no deja de ser triste, porque atenta contra las propiedades que se han asociado siempre a la lectura: pausa, reflexión, lentitud, entre otras. La gente no tiene tiempo para leer y resulta lógico que opte por comprarse libros cortos o de pequeño formato, para consumir en el transporte público o para conseguir terminarlos lo antes posible (…) Nuestro tiempo está profundamente capitalizado y disfrutar de la cultura, también».

Llevar la contraria

Georges Perec (Impedimenta)

Pues por aquello de llevarle la contraria a las editoriales, unas páginas después, en el mismo Abril, nos encontramos con la reseña de un libro de ¡825 páginas! que no podemos dejar pasar pues se trata de un inédito de Georges Perec, Lugares. Escribe Lucas Martín: “llega al lector en español con el estruendo causado en Francia por su reciente recuperación, que acredita al libro no como un apéndice, sino también como una síntesis ciclópea y una culminación del resto de su literatura. Solo a Perec se le ocurriría abordar su autobiografía en cuatro libros y dejar para el final este providencial título”. Y añade que supone todo un tratado sobre la imposibilidad de la memoria y del olvido, las calles y la literatura; un mapa vivo y alternativo del París de los setenta y una investigación sobre la relación con el entorno y con los objetos. 

Para no perdérsela, vamos, si el tiempo que le queda para leer se lo permite.

                                                                                                                        E. Huilson

Un comentario en «Crímenes novelados (La última puerta antes de la noche)»

  • Inquietantemente desorbitada la mirada de ese Georges Perec; supongo que tanto como su novela.

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