Semanario Cultural

Novedades: La ira de Pilar Adón y la tristeza de Vásquez

De las novedades literarias que se anuncian para este mes de enero una de las más citadas es un libro de cuentos, algo poco habitual por estos pagos. Lleva por título Las iras, y su autora, Pilar Adón, fue entrevistada esta semana en El Cultural (Nuria Azancot) y La Lectura (Andrés Seoane). Adón obtuvo el año pasado el Premio Nacional de Narrativa con la novela De bestias y aves, y eso que, según Seoane “es en el cuento donde descuellan las grandes virtudes de la escritora”, que además de narradora es poeta, editora y traductora. 

Los personajes protagonistas de Las iras son mujeres, siempre jóvenes o muy jóvenes, que guardan un secreto y una honda culpa, que huyen o se encierran o son encerradas. “Sutilmente, sin hacer explícito nada y con una trama al servicio del estilo, de la forma, que va envolviendo al lector en lugares y tiempos que podrían ser casi cualquiera, vamos comprendiendo asesinatos pasados o futuros, mentes desquiciadas por enfermedades o dobles personalidades, celos y envidias, venganzas crueles o incluso violencia nacida de la supervivencia”. Este sería el resumen de una visión del conjunto de los relatos según Seoane. 

Pilar Adón (Ed. Impedimenta)

Explica Adón en El Cultural que cuando aísla a sus protagonistas lo hace para que puedan ser libres, “alejadas de las demandas sociales, de lo que se espera de ellas en público. Mi idea del aislamiento va de la mano de la idea de libertad. La celda mística en la que leer, aprender, vincularse al conocimiento, a salvo de las rutinas tradicionalmente asociadas a las mujeres y que siempre tienen que ver con los cuidados. Todos tenemos en mente esas escenas en las que unas mujeres que están leyendo o escribiendo han de dejarlo todo porque llegan las visitas, y entonces deben estar presentables, serviciales. Le tengo bastante fobia a la palabra visita”. 

A la escritora le siguen interesando los mismos temas desde que ganara, hace años, su primer premio literario con un cuento. En aquél ya encerraba al personaje principal en una habitación. “Lo que ha ido evolucionando ha sido la técnica, el lenguaje más depurado, el atrevimiento y la búsqueda consciente de cierta iluminación, de una sensibilidad y una filosofía que tienen mucho que ver de nuevo con la libertad, con librarse de las ataduras y la gravedad”, argumenta.

Una técnica con la que trata de conseguir que sin mostrar violencia explícita en el texto, ésta se genere en la cabeza del lector: “No hablamos de diversión ni de placer al actuar (las protagonistas), no se deleitan en hacer sufrir a nadie. Sí se sienten traicionadas, abandonadas por quienes tendrían que quererlas, y reaccionan contra lo que les hace daño. Se convierten en monstruos tras sentirse víctimas, y así el tormento previo se mantiene. No se quedan indiferentes, y es en esa lucha interna e inacabable donde reside el interés”.

Volviendo sobre el título del libro viene a cuento que recordemos que la ira está en el origen y en la raíz de Occidente, y que hablando de ella comienza la Ilíada (“Canta, oh diosa, la ira funesta del pélida Aquiles”). Y que, como todas las pasiones, la ira estará muy presente en la literatura posterior. Kipling decía que la ira es el huevo del miedo; nace de aquello que oscuramente perturba y amenaza. Mientras que Chesterton recomendaba que si algo en el universo nos da miedo es obligado que nos enfurezcamos contra ese algo, hasta desenterrarlo y golpearlo en la cara. La ira es un estallido, pues ninguna indignación iracunda, por motivado y necesario haya sido su origen, puede volverse tormento permanente, sin transformarse en una pose falsa.

Pero volvamos a la entrevista de El Cultural para escuchar a Adón ilustrando con un ejemplo de actualidad, uno de esos casos que provocan ira, el caso Pelicot: “Todo lo relacionado con Gisèle Pelicot se va a quedar con nosotros para siempre por las derivaciones que ha tenido y por lo que ha significado, y que me digan si ante lo espeluznante del caso, una de las emociones que nos han embargado de inmediato no ha sido precisamente la ira”.

Vásquez indaga la tristeza de Feliza Bursztyn

JuanGabriel Vásquez (F: Claudia Rubio/El Tiempo)

Otra novedad a punto de llegar a las librerías es Los nombres de Feliza, del autor colombiano Juan Gabriel Vásquez. De la larga gestación de esta novela habla el autor con Berna González Harbour en Babelia. La idea inicial la tuvo con 23 años, cuando vivía en París y estudiaba Derecho, hacia 1996. Allí se topó con un libro-recopilación de las columnas que Gabriel García Márquez escribía para El País. En una de ellas leyó: “La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, murió de tristeza a las 22.15 del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París”.  De aquella lectura –cuenta Vásquez–, algo se le quedó metido entre pecho y espalda: “Yo nunca había oído hablar de ella, pero me nació la pregunta: ¿quién era esa mujer? ¿Y cómo alguien puede morir de tristeza? Fue el germen de la novela”. 

Ahora, veintisiete años después, llega esta narración en la que dice que hay un 25% de trabajo periodístico, un 25% de investigación de aquel momento histórico y un 50% de novelista”. Una novela, como ya ocurriera con la aplaudida Volver la vista atrás sobre la vida del cineasta Sergio Cabrera, que “navega entre la ficción y la realidad y en las que está el ejercicio que he querido hacer aquí: la ficción no como invención absoluta sino como la imaginación del otro, de alguien que existe realmente. Para hacerlo me hacía falta aprender lo que aprendí con esos dos libros”.

Su método pasa por la práctica del periodista: una primera entrevista, “un reportaje que hago para mí” (así lo hizo durante siete años grabando a Cabrera). Después del periodista entra el historiador para “reconstruir un momento con documentos, archivos, fotografías”. Y con ese material ya recopilado actúa el novelista para tratar de “ponerle alma. Contar el lado invisible y secreto de lo que es visible desde los hechos y los datos, contar lo que no se puede comprobar. Todo eso es la razón por la que Guerra y paz nos dice cosas de las guerras napoleónicas que no nos dicen los libros de historia”.

Para recomponer la historia de Feliza Bursztyn entró en contacto con su viudo y con todos los testigos vivos de la época y estableció el perfil de una mujer que le impactó. No era para menos. Bursztyn fue una artista heterodoxa, judía, hija de unos padres que habían huido del nazismo, y a la vez laica. Por una historia de amor abandonó a su marido y sus tres hijas. Izquierdista, aunque no simpatizante con la guerrilla, fue detenida y procesada en una Colombia violenta y convulsa. Terminó refugiada en París “donde la tristeza pudo más que la amistad de personas como García Márquez y Mercedes Barcha;  y que la fuerza de su segundo esposo, que viajó hasta allí para reunirse con ella; o que la beca que estaba a punto de recibir para proseguir en Europa sus trabajos de arte”.

París, lugar y personaje

Feliza Bursztyn (Fuente Facebook Feliza Bursztyn)

La reconstrucción de la historia de Feliza llevó a Vásquez a visitar el local parisino que albergó ese restaurante ruso donde murió (de un infarto), “el piso que fue su última morada, donde los lectores sentiremos el frío que se colaba por sus ventanas desencajadas, y la mencionada escuela en la que Feliza se formó”, escribe González Harbour, porque, según cuenta en la entrevista el autor colombiano, necesita “ir a los lugares de mis personajes, sean reales o de ficción. Cuando me di cuenta de que mi estudio, donde escribí la novela, daba a la calle de la Grande Chaumière, donde estaba la academia en la que ella estudió en los cincuenta, y descubrí que todavía existe, traté de entrar. No me lo permitieron porque solo pueden los estudiantes. ¿Y qué hice? Me inscribí en cursos de escultura, no solo para ver el lugar por dentro sino para sentir el material que ella tuvo que trabajar y cómo es el proceso de aprendizaje”. 

Y cuenta también como con Los nombres de Feliza salda una deuda con ese “París mítico al que llegué en 1996, donde Vargas Llosa escribió La casa verde; Cortázar, Rayuela; García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba, y antes que ellos, Joyce firmó el Ulises y tantos autores que han sido definitivos para mí”. 

Comienzo de Los nombres de Feliza

(A través de la promoción de preventa del libro (llegará a las librerías el próximo jueves) podemos reproducir el comienzo de la novela que, por cierto, está dedicada a Pablo Leyva, el viudo de Feliza con quien habló Vásquez). 

I. El invierno en París.

De manera que así, pensando en la vida breve de Feliza Bursztyn, se me iban los días. Todas las mañanas, desde el comienzo de un otoño demasiado cálido, salía temprano de mi apartamento prestado y caminaba por los bulevares amplios hasta el barrio de Montparnasse, donde Feliza aprendió a modelar la arcilla en su juventud y donde murió de muerte prematura un cuarto de siglo más tarde. Era un recorrido de veinte minutos que empezaba cerca del metro Gobelins, pasaba frente al edificio donde vivió la escultora Camille Claudel y acababa en mi lugar de trabajo, una habitación pequeña cuyo ventanal daba a una acacia de ramas largas y a la rue de la Grande Chaumière. Allí, en esa calle corta que era visible desde mi ventana, estaba la academia de arte donde estudió Feliza en los años cincuenta, y bastaba darle la vuelta a la cuadra, caminar tres o cuatro minutos más, para llegar al local donde murió en 1982. Toda una vida contenida en un par de cuadras parisinas, pensaba yo mientras recorría esas calles, absurdamente convencido de que sólo así, viendo con frecuencia lo mismo que ella había visto, podría comprender lo que pasó para que muriera tan joven, con apenas cuarenta y ocho años, y además tan lejos, a ocho mil kilómetros de ese país nuestro que ella siempre quiso a pesar de haberlo padecido tanto.

Un año para leer… despacio.

Paula Ducay (Altamarea Ediciones)

En este comienzo de año lleno de propósitos lectores y abundancia de novedades sería bueno seguir el consejo que da en su artículo de El Cultural la escritora Paula Ducay, que, resumido, viene a ser: leer menos libros para leer despacio los que leamos y así leer mejor. Ducay habla en su artículo de las listas que hacemos de libros leídos cada año, que muchos lectores gustan además compartir en las redes sociales. Dice que con cada comienzo de año se interroga acerca de su relación con la lectura: “El año pasado no compartí con el mundo mi inventario de libros leídos (aunque disfruto viendo los del resto), pero no puedo evitar elaborar la lista en las últimas páginas de un cuaderno pequeño, negro, discreto, donde anoto desde 2019 el título, autor y editorial de cada libro que termino. Me digo que tiene sentido, que es posible que olvide los títulos si no hago esto. Y es verdad, porque soy despistada y cuando alguien me pregunta qué me ha gustado de aquello que he leído últimamente mi cabeza se nubla y parece que no he leído un libro en la vida. Pero también es evidente que al elaborar esa lista estoy ejerciendo un acto de vanidad. Con el ansia por intentar leer más que el año anterior muchas veces me olvido de leer mejor. ¿Por qué esta obsesión por la cantidad frente a la calidad? ¿Acaso porque es más fácil comparar números que comparar reflexiones, ideas, impresiones?”.

Y luego está la industria editorial cuyo negocio les obliga a “alimentar al mercado, a la bestia, a nuestra propia ansia lectora. (…) Así, a veces parece que la industria cultural conspira contra aquello que de verdad nutre la lectura: la quietud, la calma, la soledad. Leemos para cumplir objetivos en vez de para, como diría Pau Luque, ensanchar los límites de nuestra comprensión moral. Ojalá este año sepamos leer menos para leer mejor”. 

Podemos poner en práctica este nuevo método con Las iras y Los nombres de Feliza.

¿Cumpliremos el propósito? 

                                                                                                    E. Huilson

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