Libros para la playa: la crítica quiere ayudarte

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
Una vez clausurada la Feria del Libro de Madrid podemos dar por terminada la temporada en cuanto a novedades literarias “de postín” se refiere, y las editoriales ya se preparan para la rentrée, la apertura de un nuevo curso literario que llegará después del verano. Ahora son días de preparar las vacaciones y elegir qué libros meter en la maleta. Una ocasión para hacer listas de recomendaciones, como la que esta semana publica Cultura/s en una crónica de Mey Zamora bajo el estimulante (y estival) título “Literatura de mar y montaña”, en el que se citan La dulce existencia, de Milena Busquets, Los hechos de Key Biscayne, de Xita Rubert, o Cuéntamelo todo, de Elizabeth Strout, relacionándolos con el agua de Cadaqués, el primero, o los acantilados de Maine este últimos. ¡Cómo les gusta a los coordinadores de los suplementos literarios publicar listas de recomendaciones!

No entraremos en esta última entrega de la temporada de nuestro particular resumen de suplementos literarios en muchas recomendaciones, aunque sí queremos dejar testimonio de que a las excelentes críticas que está teniendo la reeditada Prohibido morir aquí, de la británica Elizabeth Taylor, se suma esta semana, en Abc Cultural, la de Rodrigo Fresán, que la empieza con estas elegíacas palabras: “Elevemos todos una tan piadosa plegaria por Elizabeth Taylor (Reino Unido, 1912-1975) quien –como tantas otras escritoras de su generación injustamente opacadas por el gran resplandor– hizo lo suyo entre los soles de Virginia Woolf e Iris Murdoch. Y –para colmo de injustos males– lo hizo con y bajo semejante nombre. Hagan la prueba y googleen Elizabeth Taylor y ya bien supondrán quién sale”.
Su obra, no obstante, no le pasó desapercibida a una buena parte de lectores avisados y a varios de sus colegas, entre ellos Kingsley Amis (sí, el padre de Martin) o Anne Tyler.
De Prohibido morir aquí, recientemente reeditada (es de 1971, y en su día fue traducida, “y hoy inhallable”, como El hotel de Mrs. Palfrey,) escribe Fresán que es “la gran obra maestra entre sus obras maestras (…) a la que The Guardian incluyó entre las cien mejores obras en lengua inglesa de todos los tiempos. Y también recuerda el crítico de Abc Cultural que, allá por 1973, el novelista Paul Bailey publicó un encendido elogio de Taylor buscando hacerle justicia en el New Statement, recibiendo, días después, una tan agradecida como renuente carta donde se leía: “Sentía que, pasado tanto tiempo, mis libros habían caído en un pozo y ahí yacerían por siempre jamás”. Una resignación a la que Fresán nos invita a hacer frente: “Aquí y ahora, una vez más, la renovada oportunidad de coger pala y cavar y reencontrar un hospitalario tesoro”. O lo que es lo mismo –añadimos por nuestra parte–: ir a una librería cercana, comprar el libro, y meterlo en la maleta de vacaciones.
Recomendar no es tan fácil
Y ejemplo de que no es fácil recomendar un libro lo encontramos esta semana en torno a la novela del novel Benjamín G. Rosado El vuelo del hombre. En la mencionada lista de recomendaciones de Cultura/s aparece elegida por el crítico J.A. Masoliver Ródenas, pues ve en ella “un proceso de recreación que el lector sigue con enorme interés, interés que no decae en ningún momento”. Ya en anteriores semanas la elogiaron otros reseñistas, de lo que dejamos aquí constancia en su día. Tal era el caso de la entusiasta reseña de Juan Marqués en La Lectura, donde por cierto colabora G. Rosado como crítico musical. “¡Qué ganas tenía yo de leer un libro así! Y qué necesidad de esta literatura tan primitiva y a las vez tan elaborada y cuidadosa, qué hambre de una ficción tan pura, llena de trampillas, de niveles de sentido”, escribía Marqués.

Desde las páginas de Abc Cultural también se entonaban aleluyas por el feliz alumbramiento. El columnista Jorge Freire daba la bienvenida a un “debutante que tiene algo que contar” en contraposición a lo que escriben “tantos carcamales de la prosa”, decía, con cierto asco y eso sí, cuidándose de citar a esos carcamales; o las de la también periodista cultural Karina Sainz Borgo, que sentenció: “Ha salido a la luz un narrador. Y de los buenos”.
Rebajando el tono, en El Cultural, Santos Sanz Villanueva le reconocía al autor haber construido su historia con auténtico virtuosismo, con la pericia de un relojero. En una trama tan rebuscada, todo encaja a la perfección”, pero a partir de ahí se distanciaba de la entusiasta troupe: “Estas admirables e infrecuentes cualidades no consiguen que la historia imante al lector por culpa del excesivo rebuscamiento formal y del atosigante juego de espejos culturalista. Una historia que debiera ser amena, resulta fatigosa».
En este mismo patio, J.A. Sanz no le escatimaba a la novela un lacónico “recomendable”, pero no antes sin avisar que era “demasiado larga y con recovecos difíciles para el lector”.
Y según vamos constatando la reducción del entusiasmo por la ópera prima de G. Rosado, el aterrizaje brusco lo leemos esta semana en Babelia, en la reseña que firma Nadal Suau: “Durante la lectura de El vuelo del hombre hay un momento en que te resignas a asumir que el Biblioteca Breve ha premiado una novela sin literatura. No hay escapatoria. Aquí reconoces todos los trucos de la narrativa comercial, sección estética conservadora, subtipo convencional (esto último es lo realmente mortal para un libro): diálogos explicativos, cliffhangers de acabado televisivo, giros con trampa, secundarios que ejercen de alivio cómico, situaciones tópicas pero sin ironía”, y así va señalando una tras otra varias deficiencias. Y tampoco las ahorra al hablar del estilo, que ve “diluido en una prosa que no da permiso al lector para ir por libre ni un segundo, a base de clichés y una obviedad adjetival muy mal llevada, sin duda lo peor de la novela: un vino caro es una `excelente elección´, bajo la `discreta luz´ del restaurante, un personaje hace una observación `con agudeza´, los atardeceres de la estepa africana son, naturalmente, `lánguidos´, y en apenas cinco líneas se nos habla de `atormentados escritores´ y `ávidos lectores”.
Libros y estrellas
Los libros son libros, pero cuando decimos “estrellas” hablamos por un lado de youtubers, famosos, y otros prescriptores online que en algunos casos escriben libros; y por otro, de esas estrellas que se les pone al lado de los títulos en las reseñas en algunas revistas culturales en función de si le ha gustado más o menos al crítico de turno. Por ejemplo, estas estrellas las utilizan en Abc Cultural. Cuenta su coordinador, Jesús García Calero, que a lo críticos no les gusta ese sistema de valoración de sus reseñas (entre 1 y 5), “un resumen simple, y por tanto falto de matices, injusto, prescindible para muchos de ellos”, explica, porque defienden “la soberanía del texto de la crítica, donde los matices medran y los reproches legítimos y las dudas encuentran el espacio necesario para no parecer sumarios”. Los críticos, dice Calero, “prefieren la esgrima de las frases, la verdadera destreza del escritor, al bruñido de unas pocas estrellas” y, por ello, algunos críticos abogan por abolir el sistema de estrellas “que acompaña –nunca suplanta– a sus textos”. Pero hemos preferido no pensar en ellos, sino en los lectores –informa Calero– por lo que seguirán “poniendo cinco a los libros que ustedes deberían leer ya. Cuatro a los buenísimos, tres a los buenos…”. (Nota: Al libro de Taylor, Prohibido morir aquí, le han otorgado 5 estrellas, que lo mismo designa un hotel de lujo que un lujo de libro).

Siguiendo sobre el ejercicio de la crítica literaria, nos ha llamado la atención la reflexión de la escritora Elvira Navarro en Abc Cultural. Cuenta que durante su participación en una mesa redonda de un festival literario sobre la influencia de las nuevas tecnologías en la literatura, y mientras se hablaba de la crítica literaria en internet, una joven que hacía reseñas de libros en Instagram, con decenas de miles de seguidores, “dedicó la mayor parte de su intervención en atacar la crítica literaria tal y como la entendemos (o la entiendo yo, al menos): esa que se apoya en un conocimiento de la historia de la literatura y es capaz de situar los libros en un contexto amplio, ver qué técnicas usan y qué aportan, etcétera”. Según Navarro, en su intervención, la instagramer insistió en que sólo hablaba de sus gustos personales, “y de ningún modo quería parecerse a esos hombres pedantes que se creían por encima de los demás enarbolando sus conocimientos (en su opinión, todos los que hablaban sobre libros desde el conocimiento eran hombres, e invariablemente lo hacían para sentirse superiores)”.
Ante tal situación, Navarro pensó que “la joven estaba a la defensiva porque seguramente había recibido insultos machistas por su manera de hablar de los libros”, pero corrigiendo una primera impresión, luego afirma que le “preocuparon dos cosas: que señalara a los hombres, excluyendo a las mujeres de eso tan malo que, al parecer, es el conocimiento (…), y que no fuera capaz de distinguir entre el buen o el mal uso que puede hacerse de él”. Reconoce que es cierto que “a menudo se utiliza para distinguirse” pero también lo es que “a través de él se va más allá de lo personal”. Y aquí llega la reflexión que más nos interesó: “Esto, en el caso de la crítica literaria, significa dejar aparcado el propio y limitado gusto en el ejercicio de reconocer el mérito ajeno y otros criterios. Pues de eso va también la crítica: de localizar y cuestionar los propios condicionantes. Se me ocurren pocas cosas más generosas y antielitistas”. Con lo que no podemos estar más de acuerdo, aunque se le olvidó citar a Navarro cuánto afecta en la reseña ser amigo del reseñado, o que haya sido tu alumno, o que por alguna razón lo consideres enemigo, o amigo de tu enemigo. El prestigio del crítico tiene una máxima que nunca debería perder de vista: respetar a su lector.
Eso cuando se es profesional y se obtiene de un modo u otro la correspondiente remuneración. Porque luego está el crítico casero, ese amigo o familiar que te recomienda, o no, lo último leído, como la madre de un amigo, buena lectora, a la que escuché una de las mejores críticas sobre una novela muy famosa, y que no viene al caso nombrar: “empieza bien” –dijo–, “pero se va liando y al final es un tostón. ¡Qué ganas tenía de acabarla!”
Y es que no es tarea fácil recomendar lecturas, amigos. Disfruten de las que hayan escogido para este verano, pero al hacerlo sigan el consejo de Borges: la lectura debe ser una experiencia placentera y personal, no una obligación.
E. Huilson

Hasta setiembre
Dulce existencia …
Lo de Benjamin muy bien contado…tiene razón Nadal Suau, pero los demas criticos y reseñistas también…Recomendable.