¡Al Retiro, a por un selfie y un libro!

UNA LECTURA PARTICULAR DE SUPLEMENTOS LITERARIOS
El pasado viernes se abrió, en su habitual espacio del Retiro, una nueva edición de la Feria del Libro de Madrid con 365 casetas instaladas y la representación de más de mil sellos editoriales. La edición de este año, la 84ª, está dedicada a Nueva York, ciudad de la que Gabriel García Márquez decía, como recuerdan en El Cultural, que “no es una ciudad de los Estados Unidos, sino de todos nosotros y de todo el mundo, […] una ciudad de toda la humanidad”.

Todos los suplementos culturales de los periódicos nacionales de los que nos hacemos eco cada semana para nuestro particular resumen dedican páginas a este evento. Bueno, todos no: Cultura/s, el suplemento de La Vanguardia, no hace ninguna mención a la Feria. Bien es cierto que tampoco se beneficia, publicitariamente hablando, de esta cita al considerar que la mayoría de sus lectores están lejos de Madrid, al contrario de otros medios, a los que las editoriales “animan” con inserciones de publicidad a hacerse eco de tal evento y a la promoción de su producto, el libro. Un solo anuncio del sector editorial hemos contabilizado esta semana en Cultura/s frente a los ocho de Abc Cultural, los nueve de Babelia o los dieciocho de La Lectura, lo que ilustra lo que decimos, pues es bien sabido que una feria del libro como la de Madrid funciona principalmente como motor económico para el sector editorial y librero, además de ser ese “lugar de encuentro de los lectores con sus autores preferidos”, que tanto se proclama. Las cifras hablan: la edición del pasado año concluyó con un volumen de negocio superior a los 10.800.000 euros, según la propia organización y en base a los datos facilitados por los propios expositores. Se vendieron más de 585.000 ejemplares de hasta 245.000 títulos diferentes. Se ocuparon de comprarlos las 1.061.000 personas que acudieron a la Feria durante los quince días que duró.
También es cierto que la Feria es de un tiempo a esta parte un escaparate, además de para escritores con mayor o menor éxito en ventas, para numerosos influencers y algún que otro conspiranoico, militar o civil. Las colas en las casetas donde los autores firman dan buena muestra del estado de la cuestión. Allí se encuentran a pocos metros los que no paran de firmar con los que no paran de mirar a ver si alguien se acerca a pedir su firma. En su columna de Abril, Javier García Rodríguez escribe: “el público, en fin, es el que espera a las divas y los divos de la Feria del Libro en el Retiro, valientes, poderosas, ojalá con más fuerza que un huracán para aguantar los polvos del camino y los lodos de los días de lluvia. Para tratar con afecto y sin afectación a sus lectores entusiastas. Para aguantar críticas veladas –`me gustó más la novela anterior’– y las admiraciones extremas tipo Misery. Para mantener el tipo bajo el implacable sol y las firmas que no llegan. Para sonreír sin que aparezca el colmillo afilado. Para no envidiar la cola del compañero y sus ventas”.
New York, New York

Nueva York es la gran protagonista de esta feria desde la mirada de escritores que escriben en español. El Cultural ha tenido en cuenta esta circunstancia y ha invitado a sus páginas a siete narradores “que han paseado sus esperanzas y desesperanzas por una ciudad legendaria y electrizante para que ofrezcan estampas literarias”, entre ellos a Enrique Vila-Matas, Xita Rubert, María Dueñas o Agustín Fernández Mallo. Babelia ha optado, para hacerse eco de esta presencia de Nueva York en la Feria, por un largo reportaje de Andrea Aguilar en el que recoge testimonios sobre la ciudad de escritores españoles que la visitaron, como Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez o García Lorca, junto a otros que imaginaron situaciones en la ciudad para sus obras, tal que Vila-Matas visitando a Paul Auster en Dublinesca, o Eduardo Lago en Llámame Brooklyn, por citar una pequeña muestra de los muchos ejemplos que recoge en su reportaje que titula “Biblioteca española en Nueva York”.
Una crónica similar encontramos en Abril, firmada por Carmen López. Por no repetir nombres nos quedamos con el relato con el que la inicia dando cuenta de la peripecia neoyorkina de Carmen Martín Gaite en agosto de 1985: “Su hija Marta había fallecido hacía poco y cuando el Vassar College la contrató para dar un curso sobre el cuento español contemporáneo, metió la tristeza en la maleta junto a sus enseres personales y cruzó el Atlántico. Un mes antes del comienzo de las clases, compartió apartamento en la ciudad con Juan Carlos Eguillor, a quien dedicó Caperucita en Manhattan `por la respiración boca a boca que nos insufló a Caperucita y a mí, perdidas en Manhattan a finales de aquel verano horrible´. En ese tiempo se gestó la historia de Sara Allen, una niña de diez años que tiene una abuela en esa isla que parece un jamón con un pastel de espinacas en el centro llamado Central Park. Es uno de sus trabajos más conocidos, posiblemente porque para muchos lectores ha sido y es la primera toma de contacto con el universo gaitiano”.
¡A vender!
En La Lectura, para celebrar la Feria, Andrés Seoane mantiene una conversación con cuatro escritores que “venden mucho”: María Dueñas, Julia Navarro, Lorenzo Silva y David Uclés. Salen fotografiados los cuatro en portada acompañados por este entrecomillado: “Tienes que pedir perdón por vender mucho”. Leyendo luego la transcripción del coloquio descubrimos que la frase es de Julia Navarro, que se lamenta además de la indiferencia de la crítica especializada… y también de que ¡la gente que acude a las firmas ahora no para de pedirte selfies!, “como si la firma no bastara como recuerdo (…) es un horror espantoso”, se queja la escritora… mientras los demás asienten. Y por ahí va la conversación, sobre anécdotas de cuando firmas, de cómo no hay fórmula para hacer un best-seller, de cuánto quieren y agradecen a su público lector su fidelidad; y, de nuevo vuelta a quejarse, ahora de esos críticos que los ningunean, de los que Lorenzo Silva dice: “hay una porción pequeña, pero significativa, de la crítica y de la intelligentsia literaria que piensa que un libro realmente comme il faut debe ser un poco ilegible. (…) y esto ignora que el libro más comme il faut de la literatura española, que es El Quijote, es un libro escrito por un señor que puede entender todo el mundo…”. También coinciden en que leen más las mujeres que los hombres y en que hasta este fenómeno “se utiliza a veces para menospreciar la calidad” de sus lecturas.
Recomienda, que algo queda, y breve, mejor

Además de las inserciones publicitarias de las editoriales, en las que incluyen sus últimos libros publicados, algunos suplementos también incluyen las recomendaciones de sus propios críticos o reseñistas bajo el título general de “libros para comprar en la Feria”, y que vemos repetido en diciembre con el de “libros para regalar por Navidad”. En estas listas, las de los críticos, figuran muchas de las novedades que nos trajo este primer semestre del año, de las que en algunos casos nos hemos hecho eco en estas páginas, por lo que no nos repetiremos.
O sí. Apostemos por lo breve y dejemos constancia de dos libros de cuentos, escritos en español, que están recibiendo parabienes de crítica y lectores: El buen mal, de Samanta Schweblin, y Las iras, de Pilar Adón. Lo hacemos sin revelar qué críticos los recomiendan ni si están publicitados por sus respectivas editoriales, y así evitar suspicacias.
A esta apuesta por la brevedad literaria que es el cuento nos ha inducido un poco, confesemos, leer a Juan Tallón en Abril. Aunque él se refiere en su artículo más a la novela corta o el ensayo breve. Dice: “Ese mal contemporáneo que consiste en carecer de tiempo, y que nos lleva a toda velocidad a través de una infinidad de tareas sin llegar a disfrutar ni prestar suficiente atención a ninguna, posee un alcance profundísimo, al que no es ajeno la literatura: afecta de un modo vago a la manera en que se escribe, y muy enfáticamente a la manera en que se lee”. Por ello, aunque los autores pueden escribir sus libros al margen de la lógica de la velocidad, “los lectores estamos cada vez más pendientes del tiempo que nos demandará terminar tal o cual título, como si leer fuese una cuestión de acabar el libro, de consumirlo, y menos de transitar reflexivamente por él. El placer adopta extrañas derivas. De pronto, se manifiesta a través de proclamas como `¡acabé!´”.

Y se pregunta si será por ello que últimamente se advierte una mayor presencia de las novelas cortas, “capaces de impactar con un menor empleo de medios, así como de los pequeños ensayos, que proporcionan una reflexión condensada pero sólida sobre un tema presente en el debate público”.
Tallón matiza, no obstante, que al margen de las corrientes de consumo, la novela corta, equidistante entre la transcripción súbita del cuento, y la concepción decididamente pausada de la novela, posee, como sostenía Juan José Saer, “la atrayente singularidad de permitir cierto desarrollo narrativo al mismo tiempo que parece surgir de una concepción intuitiva y repentina, e incluso, en cuanto al tiempo material de ejecución, ofrecer la posibilidad de una rapidez relativa, capaz de preservar la frescura exaltante de la inspiración”.
A este mismo asunto dedica un artículo en Abc Cultural Rodrigo Blanco Calderón, en el que, ¡coincidencia!, lo abre citando a Saer: “Alrededor de 1960, entre los narradores jóvenes que se lanzaban al trabajo literario, la forma que encarnaba la máxima aspiración estética, el modelo de toda perfección narrativa, no era ni la novela ni el cuento, sino la novela breve”. Lo dejó escrito Saer en el prólogo a la recopilación de novelas breves de Onetti, y añadía, a modo de crítica a otros autores del boom que “el género de ‘la gran novela de América’, patética superposición de estereotipos latinoamericanos destinada a conquistar el mercado anglosajón, plegándose en el contenido y en el formato a sus normas comerciales, desalojó de las librerías a los discretos y admirados volúmenes de alrededor de cien páginas que perpetuaban tantas obras maestras”.
El articulista de Abc dice no compartir lo que considera una visión mercantilista y anglófila del Boom de la novela latinoamericana, “con ese tonito tanguero de pobre pero honrado”, pero a la vez afirma que la novela breve sigue siendo la hermana pobre de la literatura.
No fue el caso durante el Siglo de Oro español y el Renacimiento italiano, donde sí tuvieron su espacio, aunque en el presente, el columnista atisba una correlación elocuente entre el grado de experimentación en narrativa y la escritura de novela corta: “Pienso en autores como César Aira, Mario Bellatín, Annie Ernaux, Eduardo Halfon o Mircea Cartarescu, quienes han construido buena parte de su obra y de su nombre cultivando estos jardines de dimensiones discretas”; una realidad con lo que no podemos estar más de acuerdo.
La feria y el señor (de) Cuenca

En la portada de Abc Cultural observarán que al lado de héroe de cómic Tintín (pronúnciese TanTan), corre hacia la feria del libro un señor encorbatado de pelo blanco. Se trata del poeta Luis Alberto de Cuenca, al que se homenajea en el suplemento. Momento por lo demás idóneo tras el desplante al poeta por parte de la Real Academia al que hace unos pocos días le negaron sillón por falta de votos suficientes en la pugna con otro aspirante.
Además de este homenaje, el mismo sábado, en su columna semanal, el escritor Juan Manuel de Prada elogiaba a De Cuenca y se despachaba con un artículo contra la RAE bajo el elocuente título de “Los bueyes de la Academia”, en el que dedica a los académicos lindezas como ésta: “Estos curánganos rebotados, puestos a anatemizar la buena literatura, no fallan jamás”. No es este un caso que no se haya dado antes, negar sillón a un magnífico escritor, según De Prada, que lamenta que, “como siempre ocurre con las faunas subalternas, los lingüistas actuaron en cuadrilla, odiadores contumaces de todo candidato que pueda llevar al antro palabras que se resisten a ser desolladas como ranas de laboratorio (las ranas que ellos hacen croar con su prosa garbancera)”. Y pone varios ejemplos sonados de escritores a los que se les cerró la puerta de la Academia. Bueyes, ranas y otros bichos de la fauna autóctona, les llama. Iracundo artículo al modo de De Prada, al que ponemos, en el estilo, solo un pero, del que nos advirtió un vecino del Patio: echa mano para elogiar la escritura del poeta madrileño, de la manida expresión: “escribe como los ángeles”, dicho que escuchamos a menudo por doquier, como en las colas de la Feria del Libro de Madrid, de lectores en busca de una firma y un selfie.
E. Huilson

Escritores, académicos, poetisas y poetastros intercambian maldades y pellizquitos por un quítame allá un sillón o unas ventas. Soy una feria, soy una feria, que cantaba una de aquellas folclóricas de mi adolescencia.
Gran trabajo Huilson