Semanario Cultural

‘Las pruebas de mi inocencia’, intriga política en la posverdad

Rodrigo Fresán, escritor y también crítico ejerciente en Abc Cultural (principalmente de ficción anglosajona), se lamenta esta semana de que cada día hay “menos escritores y cada vez más narradores. Es decir: hay cada vez menos estilo y cada vez más simplemente trama”, lo que no deja de ser una mala noticia –dice–, y lo argumenta: “no seré yo quien condene o siquiera se resista a que le cuenten una buena historia. Pero esta no debería estar cada vez más reñida con el desafío y el gozo de jugarse y jugar, y aprender a primero y enseñar luego un idioma propio. Aunque, de tanto en tanto, aparece el consuelo y lo mejor de ambos mundos: un escritor que narra y escribe, que cuenta y hace que cuente la lectura de su escritura”.

Jonathan Coe (F: Penguin Books UK /Buzz Magazine)

De esta manera abre la puerta del elogio que luego sigue del modo de hacer del autor británico Jonathan Coe, de quien se publica esta semana en España su última novela, Las pruebas de mi inocencia.

La novela, que en la sinopsis distribuida por la editorial se la califica de “detectivesca, política y satírica sobre los tiempos de la posverdad”, nos lleva a 2022, año en que ascendió al poder la efímera primera ministra Liz Truss, y falleció Isabel II. Una joven académica, Phyllida, que aspira a convertirse en escritora, ha tenido que volver a instalarse en casa de sus padres y sobrevive con un trabajo mal pagado en el aeropuerto de Heathrow. Un día su madre invita a cenar a un viejo amigo de la familia que tiene un blog político interesado en oscuras conspiraciones y anda investigando los tejemanejes de un siniestro conjunto de expertos, fundado en la Universidad de Cambridge en la década de 1980 que ha estado conspirando para empujar al Gobierno británico hacia una dirección más extremista, y finalmente está listo para actuar. Hay un asesinato que supone un giro en la narración. “Pero todo esto es más una excusa –o una coartada– para que Coe, como lo hizo en su consagratoria ¡Menudo reparto!, vuelva a disparar” –escribe Fresán– y “a la vez lamentarse por la decadencia del Imperio”, así como dar un buen repaso a “la fiebre de los pódcasts de ‘true crime’, la conspiranoia política, la epidemia de lo ‘woke’, el ascenso de la extrema derecha, la extinción de la sanidad pública y la posverdad como signo de los malos tiempos”. Además, nos avisa, hay un guiño “para ‘connoisseurs’ de lo suyo con el cameo de sí mismo como un tal Tommy Cope”. 

Todo ello contado por un Coe que según Fresán “es alguien a menudo mucho más formalmente audaz, aunque de manera cuasi subliminal, que Amis y Barnes e Ishiguro y McEwan y Rushdie y etcétera”. Un escritor que se mueve “entre la sátira de clase a la Evelyn Waugh, pasando por diversos géneros, que incluye la saga generacional o la novela de espías o la intimidad existencialista, hasta sorprender con destellos metavanguardistas”. 

Y se cierra esta reseña/elogio afirmando que en Las pruebas de mi inocencia lo que acaba imponiéndose “es un virtual y virtuoso tratado acerca de cómo narrar y escribir de la mejor manera posible. Es decir: la pruebas incontestables de que Coe es quien – sí, como en un gran policial– lo hizo y aquí vuelve a hacerlo”. O sea, escribir bien, narrando y con estilo.

Vivir, y triunfar, a los 80

Jane Campbell (Impedimenta)

La escritora británica Jane Campbell es posiblemente la última sorpresa que ha dado la literatura. Ha publicado un libro de cuentos con el que se ha convertido en toda una revelación. Es su primer libro, lleva por título Cepillar al gato y su “joven” autora ha cumplido ya 80 años. Los relatos han sorprendido por “su prosa concisa, incisiva, ingeniosa y exquisita y sobre todo la profundidad narrativa (…) parece que lleve toda la vida escribiendo”, explica en la reseña del libro Francisco Recio en Abril

En los 13 relatos de que consta el libro, Campbell “pone en el centro de cada una de esas historias a mujeres de su edad, mujeres mayores, descaradas, que están hartas de que las traten con condescendencia, preocupadas, decididas a preservar su independencia o a apostar por una felicidad recién encontrada; cada una a su manera busca preservar su identidad”.

Sin entrar en cada una de las historias, sí adelantamos que en Cepillar a gato se cuentan distintas circunstancias de mujeres que se han visto obligadas a abandonar sus entornos familiares y adentrarse en territorios hostiles de familiares, como nueras o sobrinos, u otras que “han escapado a la atención de parientes controladores. Son mujeres desafiantes, subversivas, inteligentes y que se saben con capacidad y poder suficientes para manejar sus vidas sin que nadie las dirija”. Así, desfilan por el libro desde una maestra jubilada que no quiere desprenderse de su gato, hasta una escritora que ha sentido vivir en soledad durante sus matrimonios, romances y la maternidad, o una anciana recluida en una residencia que mantiene una relación afectiva con su cuidadora.

En La Lectura, Aloma Rodríguez escribe del libro y sus protagonistas: “Son viejas, jubiladas, con toda la vida por detrás, hijos criados en algunos casos, maridos enterrados en otros, que van descubriendo, por la vía empírica, que la mayor fuerza para sobrellevar la vejez está en el deseo, incluso cuando seguir ese deseo les lleve a la muerte”. Y recoge estas palabras de la autora: “la vejez no es para los cobardes”.

Cepillar al gato es un libro divertido, concluye la reseñista, aunque también hay escarceos con la crueldad, no hay finales felices pero sí mujeres valientes que siguen su deseo.

Altos funcionarios ¿contra el Estado?

No son pocas las ocasiones en que colamos en estos resúmenes de suplementos literarios algún que otro ensayo cuya reseña nos llamó la atención. En esta ocasión ocurre con la crítica que se puede leer en Babelia de Los dueños del Estado, del que es autor el periodista Rafael Méndez, y que nos ha coincidido precisamente con la lectura del libro. 

Vaya por delante que esos dueños del Estado a los que alude el título es un amplio grupo de altos funcionarios, abogados de Estado, letrados de las Cortes o letrados del Consejo de Estado, principalmente, que mediante un opaco sistema de compatibilidades o excedencias “un día defienden los intereses públicos”, y “al siguiente, ponen esos conocimientos al servicio de grandes bufetes privados para ganar millones, incluso en contra de la Administración a la que pertenecen”, según se cuenta en la contraportada del libro.

La reseña de la obra en Babelia la firma Jordi Gracia, y empieza con esta afilada comparación: “Frente a libros trufados de autojustificaciones de elegantísima petulancia y sobreactuada equidistancia —pienso en La justicia amenazada, de Manuel Marchena—, el periodista Rafael Méndez practica la humildad descriptiva y conjetural de quien ha empezado a aprender algo y sabe que le faltan dos tercios del océano por explorar. Pero en lugar de esperar pacientemente a la era posantropocena para publicar sus hallazgos prefiere hacer camino al andar (…) Los dueños del Estado ofrece múltiples argumentos para que el rótulo no sea solo un eslogan de marketing editorial sino un lujo genuinamente democrático”.

El libro, prosigue Gracia, va “de meter el ojo no en una sino en varias de las cerraduras de los despachos más desconocidos de la alta función pública y con incidencia directa y a menudo multimillonaria en múltiples facetas de la vida civil española”. Y es que las historias que ahí se cuentan provienen de la habilidad del autor para “fundir una suerte de memorias de trabajo de las últimas dos décadas con el relato circunstanciado de los descubrimientos a los que le ha ido llevando el oficio y la curiosidad, primero en EL PAÍS, después en El Confidencial de hace una década (lejos de la inconcusa desolación de El Confidencial de hoy) y por fin como como redactor en Salvados”.

La lectura del libro depara algunas sorpresas (“feas sorpresas”, apunta el reseñista) “y demasiadas zonas grises de colusión de intereses entre lo público y lo privado en quienes pueden haber defendido al Estado contra empresas, bancos o particulares… y a la vez, a la vez, digo, figurar en el entramado societario como asesores o técnicos de esas mismas empresas particulares”.

El sistema por el que esta contradicción se produce lo cuenta Méndez con muchos detalles y “humor resignado y militancia democrática”, y los protagonistas son altos funcionarios, escribe Gracia, “con sus muy frecuentes apellidos pluscuamcompuestos (por ejemplo: Gómez-Acebo y Sáenz de Heredia). Algunos son de traca y merecen serie de Netflix, qué sé yo, el gran Enrique Arnaldo, pero ahí andan también Tomás González Cueto o Elisa de la Nuez. Lo mejor es que la lista de nombres que investiga nos dejaría a la mayoría fríos porque apenas son conocidos: ese es parte de su poder, su fundamental anonimato público”. 

Rafael Méndez (F: Instagram)

Crítica al periodismo que no vigila

Y su lectura es muy amena, añadimos por nuestra parte, por si alguien se siente desanimado por un título que puede llevar a concebir otra cosa. En él también recoge algunos episodios vividos o conocidos al hilo de las investigaciones llevadas a cabo por autor, como “el relato sobre la gestión de Antonio Caño al frente de este periódico (El País) y la protección recibida de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría a través de Telefónica”, un relato que “explicado sin remilgos y con gotas secas de sarcasmo negro (aunque es verdad que ya contó muchas cosas inequívocamente indiscretas Gregorio Marañón en sus memorias)”. En este punto, para curiosos, no faltan nombres de destacados periodistas de los que podríamos decir, leyendo a Méndez, que no cumplieron con su labor de defender, llamémoslo así, el derecho de los lectores a conocer la verdad.

Sin ser exhaustivo, porque además no sería posible, “el libro ofrece lo que hasta hoy no teníamos sobre las zonas grises legales, paralegales o directamente ilegales en que incurren altos funcionarios con un poder efectivo que ignoramos la inmensa mayoría de la población”, leemos en la reseña, y para una mejor ilustración, alude Gracia a que tras su lectura “aprendemos por qué Florentino Pérez tiene siempre cerca (siempre es siempre) a un abogado del Estado (y 13 de las 35 empresas del Ibex tienen a uno como secretario del consejo)”. 

Un buen trabajo periodístico, en definitiva, que trata, y consigue, contar “lo que hay detrás”, a ver si de paso se toman medidas para “afinar los métodos de control de la actividad de los altos funcionarios”.

E. Huilson

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